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Política

El Papa que no cabía en el Congreso

El Papa que no cabía en el Congreso
Artículo Completo 542 palabras
"Prevost fue capaz de hilvanar con gran coherencia afirmaciones que pudieron molestar a las izquierdas, a las derechas y a los separatistas" Leer

Si algo mostró el discurso del Papa en el Congreso es que el discurso del Papa no cabe en el Congreso. Y no porque sus reflexiones no fueran interesantes, ni porque supusiera una afrenta que un líder religioso se dirigiese a los diputados. Sencillamente, León XIV mostró que los razonamientos de la Iglesia se sitúan en un plano distinto al de nuestra política cotidiana. Un plano que se interesa por algunas de sus mismas cuestiones, pero que lo hace desde coordenadas muy diferentes.

En un tiempo de packs ideológicos, Prevost fue capaz de hilvanar con gran coherencia afirmaciones que pudieron molestar a las izquierdas, a las derechas y a los separatistas -al fin y al cabo, sostuvo que España es «una noble nación» que ya existía hace quinientos años-. Si algo debían haber sacado todos en claro es que resulta fundamentalmente ridículo encajar la visita del Papa en nuestras batallas políticas diarias. Justo la lección que varios portavoces, de Patxi López a Gabriel Rufián, se apresuraron a mostrar que no habían entendido.

Ahora bien, esa capacidad de crear un discurso coherente y diferenciado de los que dominan nuestra vida política -un pack propio- no debería ser tomada como una señal de superioridad. Es cierto que el Papa expuso sus ideas de una forma más clara y profunda de lo que se estila en el Congreso, sobre todo en los últimos tiempos. Pero esto fue, en buena medida, porque piensa y habla desde un sitio distinto al que ocupan nuestros representantes. Y del mismo modo que abarca algunos ángulos ciegos de nuestra conversación pública, también deja desatendidos otros que merecen foco. No cabe reprocharle, por ejemplo, que no dijera una sola palabra sobre la corrupción, porque sus preocupaciones se centran en otros asuntos; pero esto no le coloca en un plano más elevado del de aquellos -políticos y no políticos- que sí hablan sobre este tema.

En realidad, lo más saludable del discurso del Papa no fue que suscitara un acuerdo forzadamente transversal, sino que invitase respuestas y discrepancias muy distintas de las que suelen ocupar nuestro debate público. Uno se pregunta, por ejemplo, hasta qué punto puede un no-creyente aceptar las apreciaciones morales del Papa cuando no comparte el elemento esencial del que se derivan: la fe en la existencia del Dios cristiano. Como podemos preguntarnos si alguien, por mantenerse en un plano moral y espiritual, puede desentenderse de las implicaciones materiales de sus posturas. Si se puede, por ejemplo, intervenir en el debate sobre la inmigración tratándolo únicamente como una cuestión ética -algo que se resolvería reconociendo al inmigrante como «prójimo»- y orillando que su acogida e integración requieren recursos. Recursos de unas administraciones que también tienen que equilibrar muchas otras exigencias. Y si bien nadie espera que el Papa cuadre unos presupuestos, tampoco parece razonable hablar como si esto no fuera también un asunto de presupuestos. En definitiva, el tipo de relevancia que quiere Prevost para su Iglesia también anima a formularle preguntas. Y esas preguntas sí caben en el Congreso.

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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