Es comprensible interpretar como un síntoma agudo de desconexión mental con la realidad el discurso con el que Pedro Sánchez encara la corrupción y el papel de doble víctima que interpreta a la manera de un galán compungido -víctima de la traición de Ábalos y víctima, por supuesto, de la cacería de la «fachosfera»-. Sin embargo, cada vez parece más evidente que detrás de esta actitud presidencial hay una manera absolutista de entender y ejercer el poder: no importan las leyes, ni las instituciones, ni las sentencias judiciales, ni el pasado, ni el Congreso, ni la moral; solo importa y todo lo decide la voluntad de Sánchez.
Durante demasiado tiempo sus cómplices y acólitos celebraron la supuesta «capacidad de resistencia» de Sánchez como la virtud de un gran hombre de Estado en tiempos difíciles, pero esa mitificación solo ayudó a blanquear y potenciar la característica más peligrosa que le define: todo está sujeto a su capricho, mirada e interés, como en los monarcas del medievo. «Si Sánchez te dice que el plátano es azul, debes asumir que es azul; si no lo haces, estás muerto en ese gobierno», me confesaba un exalto cargo del sanchismo.
Al presentar el actual contexto como una lucha mesiánica contra las élites del 78 y el «Estado profundo», en la que él es el único garante de democracia y prosperidad para el pueblo español, Sánchez deja entrever la aspiración de convertirse en Rey, un líder absoluto que actúe por encima del Estado de derecho. No sería ni el primero ni el último en intentarlo. En EEUU cobra fuerza el movimiento 'No Kings' contra las tendencias autoritarias de Trump y su pretensión de expandir los límites del poder presidencial mediante decretos y desmantelando los contrapesos. En la UE, Orbán en Hungría y Kaczyski en Polonia también intentaron controlar el Estado de derecho, a jueces fiscales, periodistas, y transformar sus países en autocracias. Fracasaron, pero fracturaron la sociedad y erosionaron las instituciones.
Junto a esta tendencia a convertirse en un presidente absolutista, y en la particular relación de Sánchez con la realidad incómoda -como si fuera un mero observador y, en ocasiones, un héroe o una víctima-, hay además una estrategia electoral que conecta con el frente popular que propició su investidura. El mismo que Sánchez trata de reeditar de cara a las próximas elecciones prometiendo un cambio de régimen: avanzar hacia la España confederal. Este rediseño de la arquitectura constitucional es de nuevo la oferta de Sánchez a los nacionalistas vascos y catalanes, que son quienes le mantienen vivo en la Moncloa y quienes le pueden ayudar a perpetuarse, y es el que también explica que mantenga intacto su apoyo público a Zapatero -«defiende el entendimiento entre los pueblos de España»- pese a los nuevos indicios que le señalan como turbio comisionista internacional.
Sánchez no puede prescindir de él porque su proyecto confederal es la continuación de la "España plural" de Zapatero. Y si este cae, toda la narrativa plurinacional del pacto de la izquierda y los nacionalistas con la que Sánchez aspira a prevalecer en el poder amenazará derrumbe. La suerte del 'Rey' Sánchez, pues, está atada a la de su Zapatero.