Una década atrás, en diciembre de 2015, José Luis Rodríguez Zapatero aterrizaba en Venezuela en calidad de observador de las elecciones. Iniciaba así una suerte de segunda juventud política, una prórroga del personaje, y este país se le presentaba como el escenario propicio -exhausto y al borde de sí mismo- para volver a pronunciar grandes palabras -paz, diálogo- con las que disfrazarse, de nuevo, de gestor de paz. "Si he sido capaz, como jefe del Gobierno español, de que ETA abandonara las armas, ¿cómo no lo voy a lograr aquí?", afirmó el ex presidente en vísperas de otras elecciones venezolanas, en 2018, y ya como figura recurrente de aquel paisaje político.
Ahora, a tiempo corrido, aquel aterrizaje no parece tan inocente. Zapatero llegó acompañado del futuro Grupo de Puebla -constante defensor de la causa bolivariana y del que es cofundador- y, poco a poco, sus vínculos con Nicolás Maduro se estrecharon, volviéndose más densos y difíciles de explicar sólo desde la diplomacia. Con los años, su figura (una especie de notario de la democracia) mutó a una más ambigua oscilante entre la de empresario o conseguidor. Así, en esta década, son numerosos los gestos polémicos: desde el uso reiterado de aviones de PDVSA, la petrolera venezolana sancionada por Estados Unidos; su controvertida intercesión en la concesión a empresarios españoles de un pozo petrolero en la Faja del Orinoco; su mediación en 2019 para el desembarco de Interbanex, una plataforma cambiaria necesaria en el engranaje financiero del país o, ya en los últimos meses de 2025, su reunión secreta con el empresario Julio Martínez y el rescate a la aerolínea Plus Ultra, investigada por la Unidad Central de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF) de la Policía por un posible desvió de dinero procedente del rescate para blanquear fondos del régimen chavista.
Venezuela, en cualquier caso, nunca ha dejado de ser una pieza en el tablero de la política española, utilizada con diferente entusiasmo según el signo. En la izquierda, la afinidad con el chavismo ha sido más explícita entre los sectores en los márgenes del espectro, mientras que en el socialismo -especialmente desde las responsabilidades de Gobierno- ha predominado una calculada tibieza y una equidistancia más retórica que real. En ese espacio es donde Zapatero se ha movido con comodidad.
Zapatero, a su llegada a Caracas como observador de las elecciones legislativas celebradas en diciembre de 2015.Miguel GutiérrezEfeEn sus apariciones públicas ha esquivado las preguntas sobre el régimen, refugiándose en el lenguaje de la mediación. "Cuando alguien media debe ser extraordinariamente respetuoso. Es un derecho y es un deber mantener la discreción y la lealtad a las personas que han permitido que facilites alguna tarea", afirmó en septiembre de 2024. Tampoco dudó en admitir su participación "en la tarea de facilitación" para que el opositor Edmundo González pudiera exiliarse en España en 2024 después de que se dictara contra él una orden de detención, pero sin ofrecer más detalles "para no romper la confianza".
En aquella ocasión también presumió de tener "buena relación" con muchos opositores venezolanos y de estar "plenamente convencido" de que en el país se darían "intentos de solución política, de diálogo político". De lo que nunca quiso dejar constancia fue de su cercanía con figuras claves en el régimen como su "amiga" -como la definía en un whatsapp enviado al entonces ministro Ábalos y revelado por EL MUNDO- Delcy Rodríguez, vicepresidenta con Maduro y ahora al frente.
Las continuas visitas a la embajada en Caracas y al palacio de Miraflores lo convirtieron en uno de sus principales avalistas internacionales, "blanqueador del régimen", según subrayaba el PP ayer. Del diálogo pasó a la defensa abierta del Consejo Nacional Electoral (CNE) y de procesos electorales fraudulentos, hasta el punto de afirmar en 2020 que "lo que la gente vota lo hace libremente y no se puede modificar". Se negó a calificar a Maduro como dictador -"ganó muchas elecciones y la última... está ahí el debate"- y justificó que las fuerzas armadas impidieran la entrada al Parlamento a Juan Guaidó, presidente interino reconocido por Estados Unidos y países europeos, entre ellos España. Según Zapatero, se trataba de evitar que accediera junto a diputados con orden de detención, mientras el chavismo imponía a Luis Parra como presidente de la Asamblea.
Desde el Gobierno bolivariano nunca han ocultado su gratitud. Jorge Rodríguez, ministro de Comunicación y hermano de Delcy, lo definió como "un hombre decente, digno", y Maduro pidió a los españoles que defendieran al "honorable" Zapatero frente a "un piche [poca cosa] subsecretario de Estados Unidos". Un retrato no ya de un observador neutral, sino de un actor alineado con el poder que iba a fiscalizar.