Ya anciano, el rey Lear decide dividir su reino y entregárselo a sus tres hijas. La asignación se hará con un juego perverso: declararán ante la corte su amor por su padre, que juzgará la calidad de sus intervenciones y actuará en consecuencia. Lo que medirá Lear, claro, no es su amor, sino su capacidad de fingirlo. Gonerilda y Regania entienden la tarea, y se deshacen en palabras grandilocuentes hacia su padre y señor. Pero Cordelia, la más joven y quien más lo ama, calla al no ser capaz de convertir sus sentimientos en palabras. Lear la repudia y la expulsa del reino.
Esta escena siempre se ha interpretado como una advertencia sobre la vanidad. Pero también puede leerse como una advertencia sobre la forma en que las instituciones asignan sus recompensas. Favorecen lo que puede representarse. Elevan lo que se puede incorporar a una narrativa. En la vida pública, la sinceridad suele tener menos valor que la utilidad. El destino de aquellos que no quieren -o no pueden- ajustarse al guion es el silencio o el olvido.
De vez en cuando, observando los acontecimientos con distancia y cinismo, resulta inevitable concluir que la política española ha desarrollado su propia versión de esa prueba maldita. El premio no son reinos, sino atención y compasión pública. Hay sufrimientos que atraen más cobertura mediática y minutaje parlamentario porque encajan con el relato del momento o porque exhiben una moraleja sencilla y conveniente. Pero hay otros sufrimientos, no menos reales, que pasan ingrávidos, desentendidos por su incompatibilidad con el guion oficial.
Pensemos en el caso de la activista Reyes Rigo, tripulante de la Flotilla Global Sumud y retenida en Israel tras ser acusada de agredir a una funcionaria. Durante los días que pasó en prisión, hasta que compareció ante el juez y se confirmó su deportación, muchos medios trataron su detención como un caso de secuestro. Abrió telediarios, portadas, y a su regreso tuvo ocasión de detallar las penurias de su breve cautiverio. La atención recibida por Rigo contrasta con la que hemos dado a los españoles Maya Villalobo e Iván Illarramendi, asesinados por Hamas el 7 de octubre. O a Yaakov Pinto, español de Melilla asesinado en Tel-Aviv un año después.
Hay tragedias que no se prestan fácilmente a la dramaturgia política. La idea me ronda de nuevo estos días, tras observar la frialdad con que se ha recibido a los españoles liberados por el gobierno venezolano y la indiferencia con que se asume que muchos volverán a dormir esta noche en el Helicoide. Que España quiera levantar las sanciones a una dirigente cuyo régimen mantiene ilegalmente encarcelados a ciudadanos españoles resulta, como poco, desconcertante.
Uno desearía que el gobierno se preocupara por nuestros españoles por el mundo con independencia de su utilidad marginal. Que las injusticias que sufren los nuestros le dolieran igual. Es triste comprobar que su solidaridad es propia de la corte de Lear: muy generosa con las historias que lo refuerzan, tan limitada con las que no.