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Hay un espejismo en nuestro país: tenemos una derecha intolerante y poco cultivada frente a una izquierda tolerante que se desvive por el bien de las artes. Es una imagen beatífica que casi todos los políticos de izquierda se aplican como un perfume cada ... mañana antes de salir de casa a tomar decisiones, pero la experiencia ha demostrado que su gestión ha estado mucho más apegada al sectarismo que la de los conservadores.
El campeón progresista blande un buen motivo, una mejor causa para borrar o no convocar: dice estar en el lado correcto de la historia. Pero han practicado las políticas de la cancelación lobuna durante el breve reinado del 'wokismo'; dictan lo que hay que pensar, leer, escribir y abandonar, y lo que no; han prohibido los toros (solos o en compañía de otros) e incumplido leyes que los protegen (el ministro Ernest Urtasun se cargó el Nacional de Tauromaquia, borró a ganaderos y toreros de la lista de invitados a una entrega de premios y ha tenido que aclararse la garganta con el veto a Sánchez Mejías en la Generación del 27).
En España no se decide quién escribe mejor, sino quién merece ser leído sin recelo. Nadie censura, basta recordar la ideología de quien se le da la espalda
Militan en 'la ceja' y construyen el 'Muro' también en la cultura, profilaxis ideológica, cordón sanitario, todos ellos sinónimos de censura, que ejecutaron en varios ámbitos pero en ninguno como en Matadero de Madrid, borrando los nombres de Max Aub y Fernando Arrabal de las Naves teatrales a las que llevaron al desastre en tiempos de Carmena.
Que se lo digan, por ejemplo, a Juan Manuel Bonet, a quien el PSOE echó de la dirección del Reina Sofía en el minuto uno de Zapatero, y en el minuto uno de Sánchez, de la dirección del Cervantes. Por contrastar los datos, el PP sostuvo a José Guirao -con el tiempo, ministro de Cultura socialista que paró la programación de Tabacalera para imponer una muestra sobre Almodóvar-, al frente del Reina Sofía durante cinco años antes de nombrar a Bonet. Podríamos decir que la derecha ha sacado buena nota en tolerancia en la gestión cultural en los parciales, pero suspende los finales casi siempre. ¿Por qué? Porque sale gratis.
Otro ejemplo: Nacho Duato acusó a Ayuso (que prefiere otros Nachos) de censurarlo. Entonces asistió al pleno de la Asamblea de Madrid, invitado por el PSOE, pero allí tuvo que escuchar de boca del consejero Mariano de Paco que ha hecho el 25% de su gira en la Comunidad de Madrid y el 60% en otras gobernadas por el PP, partido bajo cuyo mandato recibió dos premios Nacionales, contra ninguno del PSOE, y que fueron los socialistas quienes le hicieron salir de manera destemplada de la Compañía Nacional de Danza en un momento dulce de su carrera. Duato hizo mutis.
¿Saben de alguna institución bajo un gobierno de izquierdas que mantenga a un autor de derechas?
Como se decía en tiempos de Aznar, 'hay motivo' para criticar a la derecha, porque además lo premian al otro lado del río, pero se impone un temor ancestral si la crítica le toca al lado izquierdo. ¡Qué silencios! ¿Saben de alguna institución cultural bajo un gobierno de izquierdas, una sola, que mantenga a cualquier autor de conocida ascendencia de derechas? No existe. Pero al contrario, sí. No hay nada comparable a mantener al admirado Juan Mayorga en La Abadía, donde hubo episodios tensos como el estreno de 'Altsasu'; haber hecho el Festival de Otoño con Alberto Conejero, o haber tenido a Manuel Segade en el centro CA2M antes de ser nombrado director del Reina Sofía. Punto para la derecha.
Pero que el espejismo no nos nuble la vista. La derecha yerra muchísimo cuando responde a su sambenito intolerante, y lo hace demasiadas veces. Fue un desastre que un ministro de Hacienda del PP, Cristóbal Montoro, o un vicepresidente de la Junta de Castilla y León de Vox, como Juan García-Gallardo, se metiesen a críticos del cine español y las subvenciones en un país que abona otros sectores con más ahínco y sin mayor queja. Quedó para siempre la ecuación: derecha=recortes. ¿Acaso la ley de Mecenazgo no la rompería inyectando más dinero con la iniciativa privada?
Pero la torpeza llegó al éxtasis tras las elecciones de mayo de 2023, cuando algunos nuevos alcaldes y concejales de Vox y del PP se apresuraron a retirar obras y otros eventos como las de Alberto Conejero en Briviesca, o en Bezana, Valdemorillo y Quintanar de la Orden. Y asfixiar el festival Periferias, todo ello antes de pensar qué política cultural iban a poner en pie. La censura es intolerable, no importa quien la cometa. Y da munición al contrario.
En 2023 pasó por España Gennaro Sangiuliano, entonces ministro de Cultura del primer Gobierno de Giorgia Meloni, al que pregunté por el tema: «No se debe cancelar nada, está mal. Se debe añadir, sumar tu propuesta. Hay que competir en el campo cultural. No escapar diciendo no. Decir no, en cultura, no basta». Y ese es el pecado de la derecha en España. Quizá ha renunciado a programar lo suyo, a construir una política cultural propia, en lugar de defenderse o, lo que es peor, asumir la del adversario.
Cuando no hizo eso, acertó. Como Madrid ha logrado borrar con su celebración de la Hispanidad la batucada perpetua de los militantes de la tristeza y el 'nada que celebrar'. No tienen nada que hacer. La sociedad ha virado mayoritariamente hacia valores próximos al discurso conservador, pero la derecha no ha sabido acompañar ese movimiento con una política cultural abierta y ambiciosa como alternativa a la del llamado 'Gobierno de progreso', que lo denosta.
La falta de estrategia de la derecha sólo es achacable a una dolencia crónica, cierta alergia a implicarse de continuo en la vida cultural
Tal falta de estrategia sólo es achacable a una dolencia crónica, cierta alergia a implicarse de continuo en la vida cultural, sin excesos ni espantadas. La derecha tiene ideas solventes en la gestión, pero le cuesta mantener la lucidez y superar complejos autoinfligidos. Y programar o promover aquellas obras o ideas que pueden ayudarles a explicar su visión del mundo y de la convivencia.
Ha habido excepciones, claro, pero resulta incomprensible que la cultura no figure entre sus cuatro o cinco prioridades esenciales para consolidar el discurso. Una política de Estado. Uno recuerda siempre la frase apócrifa de Churchill: Si no defendemos la cultura, ¿para qué luchamos? (justo al revés que Rodríguez Uribes en su alocución estelar de la pandemia, por cierto, citando a Welles).
Tal vez para la derecha la cultura sigue siendo territorio comanche, un lugar donde hay figuras militantes de la izquierda que les critican, les señalan y a veces les humillan. El PP ha contemporizado con ello bastante mansamente, no pelea por la neutralidad institucional, que es el mínimo respeto.
Quizá es una labor de presencia continua y acompañamiento, a la que le faltan horas de vuelo y -una vez más- capacidad de programación. Y sobran los bandazos radicales, si se decide recortar subvenciones (las polémicas en Madrid con el Ateneo o el Círculo de Bellas Artes recientes) hay que hacerlo sin un revanchismo que sólo significa que no se ven aliados naturales en el mundo de la cultura.
El caso de Vox merece atención aparte. Ha mostrado visión estratégica sobre el valor de la cultura, para empezar, exigiendo consejerías culturales en las negociaciones autonómicas. La médula espinal de su visión está en el cultivo de la historia de España relacionada, eso sí, con la identidad nacional, en choque con los nacionalistas periféricos.
Hay una sociología que acompaña ese empeño, un público que busca anticuerpos contra el desprecio de la izquierda hacia sus propias tradiciones y el pacto del PSOE con Junts, ERC y Bildu. El éxito de los libros históricos, los eventos y los grupos de recreación, amplían el interés hegemónico. Como hacen los populistas, aplican en la formación de Abascal tácticas de Gramsci para la batalla cultural -y de Laclau- que la izquierda ha usado antes para generar conflicto, pero a la contra, y han combatido por un espacio cultural propio. La duda estriba en el calado integrador de su visión cultural cuando la polarización arrecia incluso en la pelea por el espacio conservador. Por qué no modular esta defensa de la identidad nacional para sumar fuerzas contra una izquierda que la carga de culpa y exige que renunciemos a ella.
El retorno de los valores tradicionales ha pillado a la izquierda utilizando la familia y la tradición como espacio de adoctrinamiento en interés de una casta peculiar de militantes. He ahí un flanco para ganar terreno, defendiendo la libertad de elección frente a cualquier inquisición ideológica. No parece difícil dar la vuelta a determinados clichés que la derecha carga y son impuestos por el adversario. En un terreno económico, sin duda es la inversión en el sector cultural para que esté más profesionalizado, un valor que genera riqueza, frente al óbolo medieval del famoso bono cultural, por no hablar de los varemos de una determinada agenda progresista con los que se ha amurallado el acceso a las ayudas públicas y que nada tienen que ver con cuestiones culturales. Al final se premia siempre el mismo tipo de producto cultural, porque es el que dibujan esos varemos, alejados de la cuestión central de la calidad.
Nada hay más feudal que el poder puesto en marcha en la cultura desde la izquierda. La idoneidad de otras propuestas, más de acuerdo con nuestra sociedad, debería comunicarse con facilidad. No puede ser difícil presentar una alternativa de modernidad, variedad y respeto al sector y a sus profesionales. Preguntarse, más con Churchill que con Lenin: Cultura, ¿para qué?
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Periodista. Director de ABC Cultural. Especializado en información de patrimonio y divulgación. Coautor de 'Don Juan contra Franco' (Plaza y Janés) y 'Lecciones de Tiniebla' (Visor)
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