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Los que miran el mundo desde arriba siempre buscan algo de lo que convencernos a los demás, o sea, a los que miramos el mundo desde la altura de nuestra butaca. Y entre esas visiones desde lo alto se nos asegura que llega una oleada ... de tendencias conservadoras, tradicionales, de derechas. Tras años, décadas, de sentimiento y resentimiento 'progresista' y de eso que se llama 'cultura woke' y sus cromáticas propuestas y experimentos para ser mejores en la vida, en el arte, la ciencia, el sexo y hasta en la gastronomía, ahora resulta que se empiezan a añorar los huevos fritos con patatas.
Sin menosprecio a las opiniones de los sabios, filósofos, politólogos y tertulianos, desde aquí abajo se puede ver que las cosas no cambian tanto como amenazan: los huevos fritos con patatas siempre han sido imbatibles (es célebre que Juan Mari Arzak, después de llenar de vapores, mousses, reducciones y florituras a su feliz clientela, se cenaba un par) y, por ejemplo, el cine siempre ha sido conservador, tradicional, de derechas, aunque es cierto que los cineastas son de izquierdas, o así se lo proclaman a todo el mundo. Y no vamos a poner en la misma balanza el tiburón de Damien Hirst y 'Las Meninas'.
Pero, vamos a lo del cine, que tanto aquí como allá, en Hollywood, lo hacen profesionales progresistas, de izquierdas, directores, actores, estrellas… Y suelen mostrar abiertamente sus preferencias políticas y hasta su idolatría al líder de turno con declaraciones y gestos chocantes, como lo del dedo en la ceja. Es evidente: los del cine son de izquierdas y las películas son de derechas, o al menos están cargadas de valores tradicionales, espirituales y de una defensa de la familia, la rectitud social, la identidad, la propiedad privada y todos esos aspectos que defiende una sociedad que prefiere la pipa de la paz que las pinturas de guerra.
De todo esto, de la oleada conservadora, de las estrellas del cine de izquierdas, de las películas de derechas y del progreso sexual y gastronómico, uno se puede reír un poco desde su butaca y hacer una lista de sus diez o veinte películas preferidas y comprobar, por mucho que se crea en 'el lado correcto de la historia', que todas son de derechas, incluso las que parecen de izquierdas. Por ejemplo, 'Casablanca', un título irreprochable para cualquier progre de carril, una historia que coloca en su lugar el nazismo y a los que luchan por lo ideales democráticos, en fin, asuntos muy sentidos por la izquierda (aunque también los comparta la derecha), pero, en el fondo, en su esencia, 'Casablanca' emana valores tradicionales, habla de la fidelidad, el sacrificio, la renuncia, el esfuerzo individual y, no nos olvidemos, el avión que los libera va rumbo a EE.UU., no a Rusia.
Muchas de las mejores películas tienen el sello de la izquierda, pero no pueden ser más de derechas, como el caso de '¡Qué verde era mi valle!', con su fondo social, su conflicto minero y que se cuece en el caldo más conservador, en el seno familiar, con el aroma de la nostalgia y del amor a la tierra y a sus tradiciones. Títulos como 'Las uvas de la ira', 'Rocco y sus hermanos', 'Senderos de gloria' y hasta 'Los lunes al sol', que abordan problemas sociales como el hambre, la inmigración, la injusticia o el paro están a la vez impregnados de conservadurismo, de espíritu familiar, doméstico, de rectitud y valores tradicionales.
Dicho sea con todo respeto (aunque algo jocoso) para estos directores tan irreprochablemente de izquierdas como Fernando León de Aranoa, autor de 'El buen patrón', película que cualquier persona inteligente de derechas admitirá como próxima y asumible por sus ideas políticas. O como Pedro Almodóvar, inconfundible en su adhesión al socialismo, y que hace películas como 'Volver', que cualquier manchego (o palentino) de derechas verá su alma reflejada en ella. Y no hay por qué ofenderse con estas contradicciones, pues hasta a Godard, iluminado, marxista, maoísta, ¿qué se yo?, se le veía el plumero detrás de la pose.
'La vida de los otros' es una película de izquierdas, de denuncia, aunque lo que denuncie sea el cáncer de una sociedad de izquierdas
Y la pose es importante, sí, pero no lo que más, pues, por ejemplo, el caso de la película alemana 'La vida de los otros', de Florian Henckel von Donnersmarck, revela el cacao ideológico en las alturas. Es una crítica feroz a la Alemania socialista y es, a la vez y porque sí, una película de izquierdas, de denuncia, aunque lo que denuncie sea el cáncer de una sociedad de izquierdas. A ver si no nos hemos dado cuenta y 'La vida de los otros' es una peligrosa película de derechas…
Tal vez lo que más ha empujado a esa idea de la oleada que amenaza al mundo y al cine sea la supuesta moda espiritual 'recién llegada', y valga como ejemplo más potente y reciente el de 'Los domingos', de Alauda Ruiz de Azúa, maravillosa película que ha conmocionado a los espectadores y descolocado al izquierdismo oficial, siempre rápido en trazar la raya: ¿critica o elogia la fuerza de la fe católica? La propia directora tuvo que explicarse ('sobreexplicarse', justificarse) a pesar de que, como la gran película que es, señalaba la fuerza de la fe, el poder de la llamada de Dios y también los pliegues y repulgos que podían encontrar los escépticos en la pujanza de la Iglesia.
Y en ese «¡Cuidado, que llega oleada de cine espiritual, cristiano y de valores rancios!» habrá que convenir que es un 'llega' que ha estado siempre y que tal vez los que miran desde lo alto se hayan olvidado de Dreyer, de 'Ordet', de McCarey, de 'Siguiendo mi camino', de 'Marcelino pan y vino', de 'Camino'… Sí, mucho 'ino' que si fuera sufijo significaría pertenencia o diminutivo, algo que la derecha cultural debería asumir sin complejos y convertirlo en aumentativo.
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