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Falacias, sombras y barbarie en el ámbito artístico

Falacias, sombras y barbarie en el ámbito artístico
Artículo Completo 826 palabras
Nos regodeamos en los clichés. Mejor que el cuento del rey desnudo, nos describe el pasaje de 'Macbeth' del idiota lleno de ruido y furia que «no significa nada». Como lúcidamente ha apuntado Carlos Granés, el rugido de nuestra época es un quiasmo de 'arte wokista' y políticos desaforados con ínfulas demiúrgicas. La inanidad crítica del arte (pretendidamente) radical sintoniza con sus 'antagonistas': esos líderes que se comportan de una forma tan delirante que parecen herederos (inconscientes o analfabetos) de la paranoia-crítica daliniana. No es extraño que, en plena activación de lo que llaman 'batalla cultural', los más obsesivos lectores de Marcuse & Cía sean extremo-derechistas como Agustín Laje.Rearmar el discursoLa conciencia de que la izquierda ha construido, durante décadas, una hegemonía, en el sentido gramsciano, conduce a una arrebatada llamada a 'rearmar' el discurso (artístico) en una mezcla de neoliberalismo, conservadurismo y regresión tradicional. El pastelón no es, precisamente, dulce; al contrario: parece que habría, literalmente, que comulgar con ruedas de molino en una contraofensiva que solamente rescata del posmodernismo la pasión por las 'verdades alternativas'. Los complejos de la derecha en el pantanoso campo del arte contemporáneo están, valga la obviedad, cimentados en una fraudulenta historia de las políticas de la modernidad o, en otros términos, en una mistificación del vanguardismo al que se considera 'genéticamente' progresista. Tal cosa, como apuntó Jean Clair en su libro 'La responsabilidad del artista', es soberanamente falsa. Para poder soltar esa 'cantinela' de que la cultura es 'de izquierdas' hay que ser o muy ignorante o descaradamente cínico.Sigue siendo oportuno leer, de cuando en cuando, aquella demoledora diatriba que Rafael Sánchez Ferlosio compuso en los años de bonanza del PSOE (mientras el alcalde faraónico, esto es, el viejo profesor llamaba a 'colocarse' y 'estar al loro'): «La cultura, ese invento del gobierno». La derecha, acobardada y lastrada por la sombra del franquismo, tragó quina con tanto progre apalancado en los pasillos del poder. Lo más curioso es que, cuando el PP tuvo la posibilidad de gobernar, decidió aceptar el 'status quo' cultural, añadiendo alguna musa como Norma Duval o, en los 'fruteríos' de Ayuso, al Nacho Cano desmelenado y convertido en hermeneuta de Moctezuma. «Menuda tropa», dijo, hace unos años, Rajoy, verdadero rey del circunloquio y el oxímoron accidental. NietoUn 'performer', más malo que pegar a un padre, se auto-condecoró, en algunas cadenas de televisión visibles en momentos de zaping errático, como «el único artista español de derechas». Triste constatación de que algo más que un «complejo» late aquí. Históricamente, la derecha española no ha dejado de dar prebendas a quien las aceptara y el pesebre cultural ha alimentado a 'radicales' que buscaban el confort institucional. Bastantes políticos del PP han demostrado que apreciaban y defendían el arte contemporáneo con mucho más criterio y pasión que socialistas altaneros o podemitas que, salvo cantar una de Sabina en plan tuno, no han demostrado, casi nunca, otra cosa que desprecio (absolutamente ignorante) hacia las estéticas de nuestro tiempo.Bastantes políticos del PP han demostrado que apreciaban y defendían el arte contemporáneo con mucho más criterio y pasión que socialistas altaneros o podemitasToda esa retórica apelmazada archivístico-decolonial-post-identitaria ha terminado por aburrir a las ovejas: el rebaño está cansado de un pastoreo que redujo la indignación a carteles fosilizados en el Museo. Y, a pesar de que el 'activismo' izquierdista es inercial, la batalla cultural que formula la derecha sigue teniendo sombras inquietantes : resulta difícil aceptar el 'rearme moral' de los que tienen líderes con una motosierra en la mano en plan 'La matanza de Texas'. Si al final del ensayo 'Crítica cultural y sociedad' (1951), Adorno planteaba la la posibilidad de la poesía después de Auschwitz, hoy, aunque parezca oportunista, es importante meditar sobre cómo mantener el anhelo de felicidad y belleza cuando la poeta Renée Nicole Good ha sido asesinada cruelmente en Minnesota. La barbarie impone su ley indecente y eso, tal vez, obliga a la derecha a repensar, lejos de todas sus fobias a lo diferente, las antiguas 'leyes de la hospitalidad' porque en ellas se encuentra la energía o la resonancia para poder vivir en común.

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Nos regodeamos en los clichés. Mejor que el cuento del rey desnudo, nos describe el pasaje de 'Macbeth' del idiota lleno de ruido y furia que «no significa nada». Como lúcidamente ha apuntado Carlos Granés, el rugido de nuestra época es un quiasmo de ' ... arte wokista' y políticos desaforados con ínfulas demiúrgicas.

La inanidad crítica del arte (pretendidamente) radical sintoniza con sus 'antagonistas': esos líderes que se comportan de una forma tan delirante que parecen herederos (inconscientes o analfabetos) de la paranoia-crítica daliniana. No es extraño que, en plena activación de lo que llaman 'batalla cultural', los más obsesivos lectores de Marcuse & Cía sean extremo-derechistas como Agustín Laje.

La conciencia de que la izquierda ha construido, durante décadas, una hegemonía, en el sentido gramsciano, conduce a una arrebatada llamada a 'rearmar' el discurso (artístico) en una mezcla de neoliberalismo, conservadurismo y regresión tradicional. El pastelón no es, precisamente, dulce; al contrario: parece que habría, literalmente, que comulgar con ruedas de molino en una contraofensiva que solamente rescata del posmodernismo la pasión por las 'verdades alternativas'.

Los complejos de la derecha en el pantanoso campo del arte contemporáneo están, valga la obviedad, cimentados en una fraudulenta historia de las políticas de la modernidad o, en otros términos, en una mistificación del vanguardismo al que se considera 'genéticamente' progresista. Tal cosa, como apuntó Jean Clair en su libro 'La responsabilidad del artista', es soberanamente falsa. Para poder soltar esa 'cantinela' de que la cultura es 'de izquierdas' hay que ser o muy ignorante o descaradamente cínico.

Sigue siendo oportuno leer, de cuando en cuando, aquella demoledora diatriba que Rafael Sánchez Ferlosio compuso en los años de bonanza del PSOE (mientras el alcalde faraónico, esto es, el viejo profesor llamaba a 'colocarse' y 'estar al loro'): «La cultura, ese invento del gobierno». La derecha, acobardada y lastrada por la sombra del franquismo, tragó quina con tanto progre apalancado en los pasillos del poder. Lo más curioso es que, cuando el PP tuvo la posibilidad de gobernar, decidió aceptar el 'status quo' cultural, añadiendo alguna musa como Norma Duval o, en los 'fruteríos' de Ayuso, al Nacho Cano desmelenado y convertido en hermeneuta de Moctezuma. «Menuda tropa», dijo, hace unos años, Rajoy, verdadero rey del circunloquio y el oxímoron accidental.

Un 'performer', más malo que pegar a un padre, se auto-condecoró, en algunas cadenas de televisión visibles en momentos de zaping errático, como «el único artista español de derechas». Triste constatación de que algo más que un «complejo» late aquí. Históricamente, la derecha española no ha dejado de dar prebendas a quien las aceptara y el pesebre cultural ha alimentado a 'radicales' que buscaban el confort institucional.

Bastantes políticos del PP han demostrado que apreciaban y defendían el arte contemporáneo con mucho más criterio y pasión que socialistas altaneros o podemitas que, salvo cantar una de Sabina en plan tuno, no han demostrado, casi nunca, otra cosa que desprecio (absolutamente ignorante) hacia las estéticas de nuestro tiempo.

Bastantes políticos del PP han demostrado que apreciaban y defendían el arte contemporáneo con mucho más criterio y pasión que socialistas altaneros o podemitas

Toda esa retórica apelmazada archivístico-decolonial-post-identitaria ha terminado por aburrir a las ovejas: el rebaño está cansado de un pastoreo que redujo la indignación a carteles fosilizados en el Museo. Y, a pesar de que el 'activismo' izquierdista es inercial, la batalla cultural que formula la derecha sigue teniendo sombras inquietantes: resulta difícil aceptar el 'rearme moral' de los que tienen líderes con una motosierra en la mano en plan 'La matanza de Texas'.

Si al final del ensayo 'Crítica cultural y sociedad' (1951), Adorno planteaba la la posibilidad de la poesía después de Auschwitz, hoy, aunque parezca oportunista, es importante meditar sobre cómo mantener el anhelo de felicidad y belleza cuando la poeta Renée Nicole Good ha sido asesinada cruelmente en Minnesota. La barbarie impone su ley indecente y eso, tal vez, obliga a la derecha a repensar, lejos de todas sus fobias a lo diferente, las antiguas 'leyes de la hospitalidad' porque en ellas se encuentra la energía o la resonancia para poder vivir en común.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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