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Falsificaciones y falsedades

Falsificaciones y falsedades
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La generación de los 'hijos' de la Guerra Civil, que es la de Felipe González, acordó en 1978 la Constitución de la reconciliación y hoy una fracción de la de los 'nietos' del fratricidio, que es la de Pedro Sánchez, ha levantado un muro y ha dividido a los españoles en bloques. Leer
Ensayos liberalesFalsificaciones y falsedades
  • TOM BURNS MARAÑÓN
20 FEB. 2026 - 01:20El rey Felipe VI durante el acto institucional celebrado en el Congreso para conmemorar la Constitución de 1978.Casa S.M. El ReyEFE

La generación de los 'hijos' de la Guerra Civil, que es la de Felipe González, acordó en 1978 la Constitución de la reconciliación y hoy una fracción de la de los 'nietos' del fratricidio, que es la de Pedro Sánchez, ha levantado un muro y ha dividido a los españoles en bloques.

Una de las censuras más célebres desde que se inventó la fotografía hace doscientos años es la que sufrió la imagen de Vladímir Lenin que, subido a un estrado en la plaza Roja de Moscú, arenga a la masa mientras que León Trotski, el comisario del pueblo para asuntos militares, erguido al pie de la tribuna, mira fijamente a la cámara.

Los dos camaradas estaban celebrando el segundo aniversario de la Revolución Bolchevique de 1917 y el triunfo de los soviets que habían creado. Muerto Lenin en 1924, Iósif Stalin se hizo con el poder y el retrato de aquella escena pasó por el photoshop del nuevo zar comunista. Trotski desapareció de ella.

Un conocido dotado de buena memoria y riguroso con los hechos históricos recordaba estos días el retoque estalinista de esa imagen al comentar el acto en el Congreso de los Diputados que el martes celebraba la Constitución de 1978. Se esfumó a Trotski y comenzó la gran mentira de Stalin. Algo parecido, dijo este conocido, está ocurriendo con la figura de Juan Carlos I y la distorsión de lo que fue el tránsito a un sistema constitucional y parlamentario.

Los oradores en el acto que organizó el Congreso, Felipe VI y la presidenta del hemiciclo Francina Armengol, elogiaron la Carta Magna más longeva de cuantas se ha dotado este país desde la de Cádiz en 1812. Pero no se refirieron en ningún momento al papel que jugó Don Juan Carlos en la transición de la dictadura a la democracia.

No hubo mención alguna de cómo el sucesor de Franco quiso ser el Rey de todos los españoles y como defendió la Constitución de la concordia que ya ha cumplido 47 años de vigencia. Sencillamente el Rey emérito no estuvo allí para ganarle el pulso al búnker franquista, como tampoco estuvo Trotski, el dirigente que al frente del ejército rojo que formó, dirigió y venció a los contrarrevolucionarios.

Este olvido no pudo menos que chocarles a los todavía vivos diputados y senadores de las Cortes Constituyentes de 1977, entre ellos Felipe González, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón y Miquel Roca, que fueron los invitados de honor en el acto. Ellos saben muy bien lo que ocurrió entre la muerte de Franco en 1975 y la multitudinaria aprobación por referéndum, tres años después, de un régimen de libertades.

Les habrá sorprendido, también, a estos supervivientes de aquel glorioso consenso en torno al cambio político la nula referencia a Torcuato Fernández Miranda, el presidente de las Cortes del Régimen, que elaboró la Ley de Reforma Política, la piedra angular de la Transición. Tampoco la hubo a Adolfo Suárez, el presidente del Gobierno preconstitucional, que gracias a esa ordenanza pudo legalizar los partidos y, al año y medio de la muerte de Franco, convocar las primeras elecciones libres desde las de febrero de 1936, que fueron las últimas de la Segunda República.

Ambos exfuncionarios del franquismo que habían ocupado el cargo de ministro secretario del Movimiento Nacional, fueron nombrados a sus respectivos puestos por Don Juan Carlos con la expresa misión de desmontar el Régimen en una acelerada y pactada ruptura. El Rey puso en marcha un proceso, "desde la ley a la ley" como se decía entonces, que desembocó en la Constitución "más longeva" y "de todos". Pero, al igual que él, Fernández Miranda y Suárez han sido borrados de la foto.

El relato

El solemne acto del pasado martes en el Congreso de los Diputados se ajustó al pie de la letra al "relato" que ha sido escrito por la Ley de Memoria Histórica que introdujo José Luis Rodríguez Zapatero y a la de Memoria Democrática que introdujo Pedro Sánchez. No es un relato que le guste al veterano socialista González, el más longevo de los presidentes del Gobierno, que le saludó fríamente a Sánchez el pasado martes, ni a ninguno que participó activamente en la Transición.

La generación de los "hijos" de la Guerra Civil, que es la de González, acordó en 1978 la Constitución de la reconciliación y hoy una fracción de la de los "nietos" del fratricidio, que es la de Sánchez, ha levantado un muro y ha dividido a los españoles en bloques. Estos "nietos" impugnan "la indisoluble unidad de la Nación española" y rechazan que la monarquía parlamentaria sea la "forma política del Estado español".

La impugnación estuvo servida en el homenaje a la Constitución "más longeva". El acto fue boicoteado por los diputados separatistas que, al asegurar la mayoría de la investidura de Sánchez, son los aliados indispensables del sanchismo y, por ello, son constantemente recompensados por Sánchez. Y el rechazo a la Corona constitucional flotaba en el ambiente. El sanchismo y sus socios en la izquierda de la izquierda rezuman nostalgia por la Segunda República.

Con la misma ligereza que empleó para tachar cualquier recuerdo del papel de Don Juan Carlos como motor de la Constitución y defensor de la libertad restaurada, la presidenta del Congreso de los Diputados alabó la Magna Carta de 1931 que "llevó al país a ser una república democrática y se recordará siempre porque permitió por primera vez el voto de las mujeres". Armengol explicó que la dictadura franquista había truncado un texto constitucional que fue "uno de los más renovadores y progresistas de su tiempo."

El discurso de Armengol fue ajeno al espíritu de la Transición y fiel al selectivo y sectario relato sanchista. No todos los socialistas fueron favorables al sufragio femeninos y muchos socialistas apoyaron la Revolución de 1934 que tambaleó la Republica dos años antes del golpe militar. Aquel renovador y progresista régimen que crearon unos burgueses antimonárquicos fracasó porque tuvo tantos enemigos asesinos en la izquierda como en la derecha.

La censura política intenta acallar las verdades incómodas y Stalin creó un violento régimen totalitario sobre la base de la mentira. A los diez años de borrar a Trotski de la foto, orquestó una serie de juicios espectáculo en Moscú y purgó a los viejos líderes bolcheviques para aterrorizar al pueblo y consolidar su poder absoluto. Obtuvo, bajo tortura, confesiones falsas de sus rivales, los acusó de traición y uno a uno los fusiló.

El mes pasado en Davos, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, habló de la mentira al citar un ensayo, titulado El poder de los sin poder, que escribió Václav Havel, el disidente checo, dramaturgo de oficio y demócrata de convicción, que fue el primer presidente de la entonces Checoslovaquia tras la caída del Muro. Havel centró su ensayo en una pregunta muy sencilla que era ¿cómo se sostuvo el sistema comunista? y la contestó con la historia de un frutero que se inventó.

El frutero de Havel colgaba todas las mañanas en el escaparate de su tienda un letrero que decía "trabajadores del mundo uniros". No creía para nada en lo que proclamaba el rótulo. De hecho eso no lo creía nadie. Pero el hombre lo exponía porque así lo hacían los demás comerciantes de la calle y para no tener problemas. Havel explicó que además de por la violencia, el sistema se sostenía porque la gente corriente participaba en rituales que sabían que eran falsos.

El estadista checo llamó a este estado de las cosas "vivir dentro de la mentira" y escribió que por ello el sistema resultante era fundamentalmente frágil. El poder del sistema no se basaba en la verdad sino en la voluntad colectiva de convivir con la falsedad. Pero si el frutero retiraba el letrero de su escaparate porque ya no le daba la gana de seguir participando en una mentirosa representación, los demás comerciantes seguirían su ejemplo y el sistema se quebraría. Como líder de la disidencia, Havel, que entraba y salía de la cárcel, predicó la no conformidad con las falsificaciones.

Carney, el político canadiense, citó El poder de los sin poder en Davos para referirse a la necesaria alianza de estados intermedios frente a los hegemónicos porque la verdad es que los superpoderes, concretamente Estados Unidos, ya no cuentan con sus aliados. Pidió que se retirase la leyenda de la "unión" porque era una mentira.

El relato del frutero es igualmente aplicable a la falsedad del sistema sanchista. Los españoles saben que el presidente del Gobierno no ha creado un bloque ni ha levantado un muro para defender la democracia liberal que estrenó la Constitución de 1978. Ha polarizado la política para salvaguardar su poder personal y confía que la gente normal y corriente se acostumbre a vivir esa "mentira".

Trotski fue asesinado en Méjico, el último refugio de su largo destierro, en 1940 por el catalán Ramón Mercader que, cumpliendo órdenes de Moscú, le propinó un golpe en la cabeza con un picahielos. Cualquiera sabe si, de haber sucedido a Lenin, Trotski hubiese sido un dictador algo menos desagradable que lo fue Stalin. Probablemente no.

Lo que sí se sabe es que los 39 años del reinado de Don Juan Carlos, que exilado en Abu Dabi sufre los achaques de su avanzada edad, constituyen la etapa más prolongada de paz, progreso y prosperidad que ha conocido España. Y que a efectos oficiales Don Juan Carlos ha sido borrado de la historia.

*Tom Burns Marañónes el autor de 'El legado de Juan Carlos I' (Almuzara)

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Fuente original: Leer en Expansión
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