En el ecosistema cultural español hay palabras convertidas en moneda de uso corriente en convocatorias y proyectos curatoriales, como marcadores de legitimidad.
Su retórica anticipa la crítica antes de formularla, como si bastara con enunciarlas para activar un horizonte de sentido progresista cuya inflación semántica ... produce un efecto paradójico: cuanto más se repiten, menos significan.
En este contexto, la I edición de la Bienal Climática parte de una encrucijada compleja apoyada en términos –clima, territorio, industria, ciudadanía, resiliencia, sostenibilidad, transición, memoria, paisaje, futuro– cuyas problemáticas son reales, pero requieren desactivar su automatismo mental y superar el decorado discursivo para recuperar una fertilidad incómoda y transformadora.
Artes del hacer y del saber en la colección del IVAM
Fruto de potentes alianzas presupuestarias entre tres Ministerios (Cultura, Transición Ecológica y Vivienda), el Principado de Asturias, el Ayuntamiento de Avilés y la Fundación Atelier Itd –con otros colaboradores «estratégicos»–, la bienal propone «diálogo ciudadano y experimentación colectiva», talleres, residencias, encuentros, debates y «proyectos híbridos entre ciencia, ecología y arte».
Su programación, distribuida en trece sedes, combina obra procedente de colecciones con nuevas producciones y adquisiciones e incorpora también el trabajo de iniciativas ya consolidadas en Asturias, como la Benéfica de Piloña, Néxodos (Candamo) o la Escuela de Teitau de Somiedo y Teverga, cuya relación entre ruralidad y patrimonio es garantía de calidad.
A ello suman otros ámbitos y disciplinas –historia obrera, diseño, escritura, naturaleza, emergencia ambiental...– que buscan ampliar su radio de acción, en un despliegue léxico de buenas intenciones que puede tener continuidad en futuras ediciones si evita alguna mala praxis del marketing cultural que mi colega Fernando Castro Flórez ya denunciaba en 2012 en su certero libro 'Contra el bienalismo', sobre la estetización de lo político, el abuso del archivo y la deriva al espectáculo.
Advertido esto, me gusta –y mucho– la selección de obras y su integración en Avilés. Las instalaciones funcionan bien, sobre todo, en los espacios expositivos menos convencionales, como la Factoría Cultural, el campus estudiantil de ArcelorMittal, los palacios de Camposagrado (ESAPA) y Valdecarzana, la Escuela de Artes y Oficios, el Espacio Portus de San Juan de Nieva, La Noria (en el hermoso Parque de Ferrera) o La Grapa. Hay otras instituciones permanentes –como el Centro Niemeyer– e iniciativas foráneas puntuales —como la XVII Bienal Española de Arquitectura y Urbanismo— que se anexan a esta red programática de la bienal porque sus proyectos están «alineados con sus preocupaciones ecosociales» y coinciden en el periodo estival.
La comisaria, Amanda Masha, ha dividido su argumentación en torno a tres secciones: 'Estación Meteo', centrada en lo atmosférico y lo ambiental, donde destacan los paisajes escultóricos de Víctor Mazón, entre la instalación sonora y la acción, y los vídeos de Marion Balac, que aprovechan las redes sociales para ironizar sobre el cambio climático. Enar de Dios critica infraestructuras y regímenes abogando por lo ecológico en 'Above All' y 'Above and Below (the sun)'. mientras Rotor Studio sorprenden con su 'Nube móvil', que acerca a las fricciones entre la Ciencia y la atmósfera.
En la sección 'Duelos y Júbilos', más poética e introspectiva, se ofrecen obras tan subyugantes como 'I Danced Myself out of the Womb', de Belén Rodríguez, con técnicas 'shibori', o la instalación 'Hacendera' de Abelardo Gil-Fournier, que se nutre de 24 vasijas de barro, tornos y motores para generar un coro colectivo de mediaciones tan delicadas como contundentes. Los propósitos performativos se dan cita entre los audiovisuales y las esculturas de ratán de Amanda Piña en 'To Bloom'; Agnes Essonti, en 'Was I Really Hungry or Was it Something else', reflexiona sobre las formas de comunidad contemporánea.
'Industrias Presentes' es probablemente la sección que mejor condensa la lógica inicial de la bienal y su voluntad de abrir procesos y experimentar con arte, industria y territorio para estimular la creatividad. Hay diversidad fotográfica, pictórica y audiovisual –Antje Ehmann y Harun Farocki, Priyageetha Dia, Alba Matilla, Elena Lavellés, Kela Coto, Mario Santamaría, Lawrence Abu Hamdan…–, junto a bastantes piezas textiles e instalaciones tan sugerentes como 'Filtrar el mar', de Elisa Cuesta, una mirada a los desmanes siderúrgicos que sufren estas costas; o la siempre exquisita Noemí Iglesias Barrios que combina porcelanas, LED y cobalto reciclado de móviles con sus juegos florales. Muy inteligente, como el montaje monocromático de Irene Grau en 'A punto de ser nada', tras años de investigación en las cuencas mineras.
Dirección: Trece emplazamientos de la localidad
En 'Mil leches', Asunción Molinos reivindica el campesinado como espacio de conocimiento, ese saber que, más allá de lo complaciente, propone Benjamín Menéndez con sus 'Hornos de la tierra', sólidos argumentos transformativos que armonizan lo lúcido y lo lúdico, sin grandilocuencias ni aspavientos.
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I Bienal Climática de Avilés: sobre la voluntad de abrir procesos
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