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Ideología del porvenir

Ideología del porvenir
Artículo Completo 1,463 palabras
Cae la tarde en Madrid y el bar del tanatorio luce como lo hacen los oasis en pleno desierto . Afuera todo es frío y confusión. Acaba la Navidad y la gente está endeudada hasta las trancas. Todos, excepto algunos gobernantes, claro. Bebimos. Y en el bar del tanata, beber no es un gesto trivial sino un acto administrativo. En la calle seguía cayendo una lluvia indecisa, de esa que no sabe si mojar o molestar a secas.—La neutralidad —repitió Andrés, dándole vueltas al vaso— es una palabra que en política se usa como se usa el perejil : para decorar algo que ya viene pasado.—O para esconder el sabor —añadí—. Como cuando te dicen que un discurso es «transversal» . Eso significa que no va a ninguna parte, pero atraviesa muchas mesas.Noticia Relacionada EL BAR DEL TANATORIO reportaje Si Este muerto está muy vivo Alfonso J. Ussía —No cantes victoria —le respondí—. Me he enterado que han traído al que filtró lo del Fiscal. ¿No has visto la nube de fotógrafos en la puerta?El camarero se permitió una sonrisa breve.—Aquí, cuando alguien dice que es neutral, yo ya sé que va a pedir un carajillo doble y a quejarse de todo. —Eso es el centro político —dictaminó Andrés—: un carajillo ideológico. Como le pasa al PP . —Y luego —dije—, cuando se cae la cucharilla dentro del vaso, le echan la culpa al camarero.El camarero alzó las cejas.—Siempre —dijo—. La culpa nunca es del que bebe.Andrés apoyó los codos en la barra, adoptando esa postura suya de tertuliano improvisado , como si de pronto alguien hubiera encendido una cámara invisible.«El político no promete soluciones; promete sentido. Que es mucho más barato. Las soluciones cuestan dinero. El sentido solo cuesta palabras»—Mira —comenzó—, yo he llegado a una conclusión después de años de observar la política desde la distancia prudente del bar: la ideología es una forma sofisticada de superstición.—Explícate —le pedí—, que esto promete.—Muy sencillo. Antes la gente confiaba en amuletos, en rezos, en señales del cielo. Ahora confía en programas electorales . El mecanismo es el mismo: creer que alguien, en algún sitio, tiene un plan.—Y que ese plan —añadí— casualmente siempre beneficia al que lo explica.—Claro —asintió Andrés—. El político no promete soluciones; promete sentido. Que es mucho más barato . Las soluciones cuestan dinero. El sentido solo cuesta palabras.El camarero intervino, apoyando ambas manos sobre la barra como quien va a dar una noticia desagradable.—Aquí vienen muchos buscando sentido —dijo—. Y se van con un café y una factura . Supongo que es lo más parecido a gobernar.«La gente defiende su ideología incluso cuando ya no la reconoce. Es como seguir queriendo a un pariente que ha salido mal, solo porque es de la familia»— Gobernar —repitió Andrés— es gestionar decepciones . Un buen político no es el que promete poco, sino el que consigue que lo poco parezca inevitable.—O histórico —añadí—. Todo es histórico ahora. Hasta no hacer nada.—Especialmente no hacer nada —corrigió Andrés—. Eso requiere una gran disciplina ideológica .Nos miramos un segundo, conscientes de que habíamos entrado en un terreno resbaladizo, como el mármol pulido del pasillo que llevaba a las salas velatorias.—Lo que más me fascina —continuó— es cómo la gente defiende su ideología incluso cuando ya no la reconoce. Es como seguir queriendo a un pariente que ha salido mal, solo porque es de la familia.—Y cuanto peor sale —dije—, más se defiende. «No será perfecto, pero es de los nuestros».—Exacto —apuntó Andrés—. La ideología crea ese vínculo tóxico que antes solo se veía en ciertos matrimonios y en algunos clubes de fútbol .El camarero negó lentamente con la cabeza.—Yo no entiendo eso —dijo—. Aquí, cuando alguien se porta mal, no vuelve. Se le cierra la cuenta y listo.«La política tiene militancia, que es una ética con agujeros»—Eso es porque usted tiene ética —respondió Andrés—. La política tiene militancia , que es una ética con agujeros.—Además —añadí—, la ideología te permite odiar con buena conciencia . No odias porque sí: odias por principios.—Reconforta y da conversación —añadió Andrés—. Sin ideología, ¿de qué hablarían muchos? Tendrían que comentar el tiempo, y eso exige observar la realidad. El camarero sirvió otro vino sin que nadie lo pidiera. En este bar, la iniciativa siempre era sospechosa, pero bien recibida.—Hay una cosa que me inquieta —dijo de pronto—. ¿Se han fijado en que todo el mundo dice estar harto de la política , pero nadie deja de hablar de ella?—Es como la muerte —respondí—. Todos dicen que no quieren pensar en ella, pero aquí estamos.—Con la diferencia —precisó Andrés— de que la muerte no pide tu opinión cada cuatro años.—Ni te llama fascista por no estar de acuerdo —añadí.El camarero intervino: — Aquí también se insultan . El otro día dos primos casi se pegan porque uno decía que el muerto habría votado esto y el otro aquello.El muerto —sentenció Andrés— siempre vota lo que conviene al que habla. Es una tradición democrática muy antigua—El muerto —sentenció Andrés— siempre vota lo que conviene al que habla. Es una tradición democrática muy antigua.—Por eso —dije— hay tanto interés en interpretar el pasado. Los muertos no se defienden .—Ni los programas electorales —añadió Andrés.Hubo una pausa. En una mesa del fondo, alguien sollozaba con la contención del duelo moderno . Nadie le prestaba demasiada atención, lo cual era una forma de respeto.—La ideología —continuó Andrés en voz más baja— es también una coartada moral . Te permite sentirte bueno sin hacer nada bueno.—Como dar «me gusta» —apunté—. Militancia de sofá .—Exactamente —dijo—. Antes uno iba a la barricada; ahora va al teclado. Es más cómodo y no mancha.—Y si mancha —añadió el camarero—, se borra.Andrés sonrió.—¿Sabe usted por qué la política se ha vuelto tan histérica ? —preguntó—. Porque ya no gestiona el presente, sino el relato—.El relato —repetí— es el nuevo cementerio. Todo el mundo quiere su lápida bien escrita .—Y con frase inspiradora —añadió Andrés—. Aunque debajo no haya nada.El camarero levantó el dedo índice, como quien pide turno de palabra.—Aquí también hay relatos —dijo—. Cada muerto tiene varios. El oficial, el familiar y el que se cuenta en el bar. Este último suele ser el más sincero.—Como en política —dije—. El relato de barra siempre es el más ajustado a la realidad.La ideología prometía cambiar el mundo y ha acabado cambiando solo el tono de voz. Y alguna cuenta bancaria, especialmente si eres de izquierdas.Bebimos de nuevo. —¿Sabes qué es lo más trágico? —dijo Andrés—. Que la ideología prometía cambiar el mundo y ha acabado cambiando solo el tono de voz. Y alguna cuenta bancaria, especialmente si eres de izquierdas. —Ahora se grita más —dije—. Antes se discutía mal, pero se discutía sentados.—Y con humo —recordó Andrés—. El humo daba tiempo para pensar.—Ahora no hay humo —dijo el camarero—, pero hay prisa. Todo es urgente. Hasta opinar.—Opinar se ha vuelto obligatorio —añadí—. El que no opina es sospechoso.—O moderado —dijo Andrés con desprecio—. Que es el peor insulto contemporáneo. El camarero rio por lo bajo.—Moderado —repitió—. Eso aquí sería alguien que no pide hielo en la copa.—O que paga sin quejarse —añadí.Decidimos que era el momento de irse. Pagamos. Afuera seguía lloviendo. Al levantarnos, Andrés se giró hacia la barra.—¿Sabe una cosa? —dijo al camarero—. Si algún día me muero, que no venga ningún político a despedirme .El camarero asintió.—Tranquilo —respondió—. Aquí solo vienen cuando hay cámaras .Salimos. El bar del tanata quedó atrás, cumpliendo su función: servir copas, escuchar tonterías y recordarnos, con discreción, que al final todas las ideologías acaban igual . En silencio. Como los muertos.

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Cae la tarde en Madrid y el bar del tanatorio luce como lo hacen los oasis en pleno desierto. Afuera todo es frío y confusión. Acaba la Navidad y la gente está endeudada hasta las trancas. Todos, excepto algunos gobernantes, claro. Bebimos. Y ... en el bar del tanata, beber no es un gesto trivial sino un acto administrativo. En la calle seguía cayendo una lluvia indecisa, de esa que no sabe si mojar o molestar a secas.

—La neutralidad —repitió Andrés, dándole vueltas al vaso— es una palabra que en política se usa como se usa el perejil: para decorar algo que ya viene pasado.

—O para esconder el sabor —añadí—. Como cuando te dicen que un discurso es «transversal». Eso significa que no va a ninguna parte, pero atraviesa muchas mesas.

—No cantes victoria —le respondí—. Me he enterado que han traído al que filtró lo del Fiscal. ¿No has visto la nube de fotógrafos en la puerta?

El camarero se permitió una sonrisa breve.

—Aquí, cuando alguien dice que es neutral, yo ya sé que va a pedir un carajillo doble y a quejarse de todo.

—Eso es el centro político —dictaminó Andrés—: un carajillo ideológico. Como le pasa al PP.

—Y luego —dije—, cuando se cae la cucharilla dentro del vaso, le echan la culpa al camarero.

—Siempre —dijo—. La culpa nunca es del que bebe.

Andrés apoyó los codos en la barra, adoptando esa postura suya de tertuliano improvisado, como si de pronto alguien hubiera encendido una cámara invisible.

«El político no promete soluciones; promete sentido. Que es mucho más barato. Las soluciones cuestan dinero. El sentido solo cuesta palabras»

—Mira —comenzó—, yo he llegado a una conclusión después de años de observar la política desde la distancia prudente del bar: la ideología es una forma sofisticada de superstición.

—Explícate —le pedí—, que esto promete.

—Muy sencillo. Antes la gente confiaba en amuletos, en rezos, en señales del cielo. Ahora confía en programas electorales. El mecanismo es el mismo: creer que alguien, en algún sitio, tiene un plan.

—Y que ese plan —añadí— casualmente siempre beneficia al que lo explica.

—Claro —asintió Andrés—. El político no promete soluciones; promete sentido. Que es mucho más barato. Las soluciones cuestan dinero. El sentido solo cuesta palabras.

El camarero intervino, apoyando ambas manos sobre la barra como quien va a dar una noticia desagradable.

—Aquí vienen muchos buscando sentido —dijo—. Y se van con un café y una factura. Supongo que es lo más parecido a gobernar.

«La gente defiende su ideología incluso cuando ya no la reconoce. Es como seguir queriendo a un pariente que ha salido mal, solo porque es de la familia»

—Gobernar —repitió Andrés— es gestionar decepciones. Un buen político no es el que promete poco, sino el que consigue que lo poco parezca inevitable.

—O histórico —añadí—. Todo es histórico ahora. Hasta no hacer nada.

—Especialmente no hacer nada —corrigió Andrés—. Eso requiere una gran disciplina ideológica.

Nos miramos un segundo, conscientes de que habíamos entrado en un terreno resbaladizo, como el mármol pulido del pasillo que llevaba a las salas velatorias.

—Lo que más me fascina —continuó— es cómo la gente defiende su ideología incluso cuando ya no la reconoce. Es como seguir queriendo a un pariente que ha salido mal, solo porque es de la familia.

—Y cuanto peor sale —dije—, más se defiende. «No será perfecto, pero es de los nuestros».

—Exacto —apuntó Andrés—. La ideología crea ese vínculo tóxico que antes solo se veía en ciertos matrimonios y en algunos clubes de fútbol.

El camarero negó lentamente con la cabeza.

—Yo no entiendo eso —dijo—. Aquí, cuando alguien se porta mal, no vuelve. Se le cierra la cuenta y listo.

«La política tiene militancia, que es una ética con agujeros»

—Eso es porque usted tiene ética —respondió Andrés—. La política tiene militancia, que es una ética con agujeros.

—Además —añadí—, la ideología te permite odiar con buena conciencia. No odias porque sí: odias por principios.

—Reconforta y da conversación —añadió Andrés—. Sin ideología, ¿de qué hablarían muchos? Tendrían que comentar el tiempo, y eso exige observar la realidad.

El camarero sirvió otro vino sin que nadie lo pidiera. En este bar, la iniciativa siempre era sospechosa, pero bien recibida.

—Hay una cosa que me inquieta —dijo de pronto—. ¿Se han fijado en que todo el mundo dice estar harto de la política, pero nadie deja de hablar de ella?

—Es como la muerte —respondí—. Todos dicen que no quieren pensar en ella, pero aquí estamos.

—Con la diferencia —precisó Andrés— de que la muerte no pide tu opinión cada cuatro años.

—Ni te llama fascista por no estar de acuerdo —añadí.

El camarero intervino: —Aquí también se insultan. El otro día dos primos casi se pegan porque uno decía que el muerto habría votado esto y el otro aquello.

El muerto —sentenció Andrés— siempre vota lo que conviene al que habla. Es una tradición democrática muy antigua

—El muerto —sentenció Andrés— siempre vota lo que conviene al que habla. Es una tradición democrática muy antigua.

—Por eso —dije— hay tanto interés en interpretar el pasado. Los muertos no se defienden.

—Ni los programas electorales —añadió Andrés.

Hubo una pausa. En una mesa del fondo, alguien sollozaba con la contención del duelo moderno. Nadie le prestaba demasiada atención, lo cual era una forma de respeto.

—La ideología —continuó Andrés en voz más baja— es también una coartada moral. Te permite sentirte bueno sin hacer nada bueno.

—Como dar «me gusta» —apunté—. Militancia de sofá.

—Exactamente —dijo—. Antes uno iba a la barricada; ahora va al teclado. Es más cómodo y no mancha.

—Y si mancha —añadió el camarero—, se borra.

—¿Sabe usted por qué la política se ha vuelto tan histérica? —preguntó—. Porque ya no gestiona el presente, sino el relato—.

El relato —repetí— es el nuevo cementerio. Todo el mundo quiere su lápida bien escrita.

—Y con frase inspiradora —añadió Andrés—. Aunque debajo no haya nada.

El camarero levantó el dedo índice, como quien pide turno de palabra.

—Aquí también hay relatos —dijo—. Cada muerto tiene varios. El oficial, el familiar y el que se cuenta en el bar. Este último suele ser el más sincero.

—Como en política —dije—. El relato de barra siempre es el más ajustado a la realidad.

La ideología prometía cambiar el mundo y ha acabado cambiando solo el tono de voz. Y alguna cuenta bancaria, especialmente si eres de izquierdas.

—¿Sabes qué es lo más trágico? —dijo Andrés—. Que la ideología prometía cambiar el mundo y ha acabado cambiando solo el tono de voz. Y alguna cuenta bancaria, especialmente si eres de izquierdas.

—Ahora se grita más —dije—. Antes se discutía mal, pero se discutía sentados.

—Y con humo —recordó Andrés—. El humo daba tiempo para pensar.

—Ahora no hay humo —dijo el camarero—, pero hay prisa. Todo es urgente. Hasta opinar.

—Opinar se ha vuelto obligatorio —añadí—. El que no opina es sospechoso.

—O moderado —dijo Andrés con desprecio—. Que es el peor insulto contemporáneo.

—Moderado —repitió—. Eso aquí sería alguien que no pide hielo en la copa.

Decidimos que era el momento de irse. Pagamos. Afuera seguía lloviendo. Al levantarnos, Andrés se giró hacia la barra.

—¿Sabe una cosa? —dijo al camarero—. Si algún día me muero, que no venga ningún político a despedirme.

—Tranquilo —respondió—. Aquí solo vienen cuando hay cámaras.

Salimos. El bar del tanata quedó atrás, cumpliendo su función: servir copas, escuchar tonterías y recordarnos, con discreción, que al final todas las ideologías acaban igual. En silencio. Como los muertos.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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