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'Inexorable', de Colita, en la galería Rocío Santa Cruz, propone una lectura poco frecuente y por ello especialmente valiosa, de una autora que ha sido, con razón, ampliamente celebrada desde otros registros.
Aquí no están el retrato icónico ni la efervescencia cultural ... de la Gauche Divine, sino una constelación de imágenes silenciosas, erosionadas, atravesadas por el desgaste hasta volverse casi frágiles. No es una exposición retrospectiva ni una operación conmemorativa: es una activación del archivo como lugar de pensamiento.
La serie reúne copias vintage realizadas entre los sesenta y ochenta, sometidas por la propia fotógrafa a procesos deliberados de alteración material: virados, baños de té, humedad, polvo, filtraciones... Un gesto radical que desplaza la foto de su condición de testimonio estable hacia la de materia vulnerable. En 'Inexorable', la duración se inscribe en la imagen como una capa más, visible y persistente. La superficie fotográfica deja de ser transparente para convertirse en un campo de fricción donde se manifiesta el avance inexorable de los años.
Una de las imágenes más elocuentes es 'Casa de Oriol Maspons en L'Ametlla del Vallès' (1970), intencionalmente expuesta a la destrucción. En ella, la escena ya de por sí atravesada por una quietud casi fúnebre, aparece velada por manchas, pérdidas de emulsión y zonas erosionadas que desdibujan la representación. No se trata de un efecto pictorialista ni de una estética de la ruina, sino de una constatación: la imagen no resiste indemne al paso del tiempo, lo incorpora. La fotografía no documenta solo un lugar, sino su desaparición progresiva, su transformación en resto.
Este desplazamiento resulta especialmente significativo dentro del conjunto de la obra de Colita. Lejos del retrato o la escena vivida, aquí la mirada se posa sobre paisajes vacíos, interiores abandonados, cementerios, exvotos y objetos sin uso. Pero no hay ruptura, sino condensación. Donde antes estaban los cuerpos, ahora están sus huellas. La ética de la observación sigue siendo la misma: atención a lo cotidiano, respeto por lo aparentemente menor, conciencia de que lo histórico se manifiesta también en lo residual. Colita no estetiza el deterioro; lo asume.
En este punto, la exposición introduce una cuestión de fondo: la responsabilidad contemporánea del archivo. La labor de Francesc Polop, heredero del Archivo Colita, no se limita a la custodia o a la conservación, sino que implica una toma de posición.
Galería Rocío Santa Cruz. Barcelona. Gran Vía de las Cortes Catalanas, 627. Hasta el 15 de marzo. Cuatro estrellas.
Aparece así no como un espacio de cierre, sino como un agente crítico que media entre memoria, institución y mercado. Estas imágenes recuerdan algo incómodo y actual: que toda memoria es inestable y que, a veces, es precisamente el desgaste lo que activa su potencia crítica.
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