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Lío monumental

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Gobernar se ha convertido para Sánchez en algo casi imposible si consiste en diseñar el futuro y no en sobrevivir a cada día. A Feijoó no le espera algo mejor si logra sucederle

El Foco

Lío monumental

Gobernar se ha convertido para Sánchez en algo casi imposible si consiste en diseñar el futuro y no en sobrevivir a cada día. A Feijoó no le espera algo mejor si logra sucederle

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Antonio Rivera

Catedrático de Historia Contemporánea

24/05/2026 a las 00:02h.

La imputación del presidente Zapatero se llevó por delante en un día lo que a la clase política le había costado cinco meses desplegar. Hablamos ... del último ciclo electoral autonómico —en Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía—, orquestado por el Partido Popular para evidenciar el declive de los apoyos partidarios que soportan al Gobierno de Sánchez. Esos resultados son los que enmarcan ahora el estado de cosas en buena parte del país, los que miden realmente la disposición del pueblo soberano, más allá de las novedades de cada día, aunque sean de la entidad de un presidente llamado a los juzgados.

De manera que la gestión de los cuatro ejecutivos autonómicos se complicará más aún que hasta ahora y la perspectiva de gobernar en solitario en La Moncloa sin esos incómodos apoyos se desvanece casi por completo. El lío —terminología marianista que ahora usan los barones regionales azules— se convierte en monumental y tendente a incrementarse.

Sin usar el término, acostumbradas como están a una gestión en el alambre desde 2018, las izquierdas gubernamentales no lo tienen mejor. Más allá de su evidente decadencia compartida, aquí es el partido principal el que vampiriza a sus aliados menores hasta dejarles en nada, de modo que, aunque aparentemente resiste, lo hace a costa de los apoyos que le han sostenido (y que pretende que lo sigan haciendo).

La suma para La Moncloa en este caso vuelve a no dar, por más que la cuenta en algunas comunidades autónomas se prevea más favorable que en estas cuatro que votaron ahora. Peor aún: los mejores resultados en el campo ajeno a las derechas los han obtenido fuerzas localistas más o menos progresistas, pero encantadas de mezclar soberanismo, identitarismo y comunitarismo, la misma fórmula magistral de Vox, pero mirando para el otro lado.

El problema es que en términos de gestión futura el resultado es similar: la disgregación extrema debilita la autonomía del partido principal de gobierno y lo hace dependiente en extremo de fuerzas que no se responsabilizan del común (o que, si lo hacen, es de manera instrumental, pensando en obtener otro tipo de ventajas, como enseñan los nacionalistas). Conclusión: el lío es también monumental en este campo de las izquierdas en lo referido a las posibilidades de gestionar el país con una mirada global, no como suma de apetencias y pretensiones localistas, como hasta ahora. Claro que, en rigor, esa cantonalización y radicalización del mapa electoral español no tiene por causa su consecuencia. Hay que distinguir ambas. El ciclo político reciente procede de 2018, cuando la corrupción sentenciada -del PP, en aquel caso- propició un cambio de ejecutivo y de mayoría de sostén de este. Tiene sus antecedentes en 2011 —el 15-M— y en la crisis mundial estructural de 2008, pero vengámonos más hacia el presente. El ciclo político actual, por su parte, vuelve a estar mediatizado por la corrupción —los casos juzgados de Ábalos, Koldo y Aldama, los pendientes del hermano del presidente, de su esposa y de Cerdán, y el más que posible de Rodríguez Zapatero—, además de por los errores y desgaste que acompañan a cualquier ejecutivo en su gestión.

El ciclo electoral autonómico buscaba clarificar al panorama. La imputación de Zapatero se lo llevó todo por delante

A eso se le añade el contexto estructural de debilidad que propició desde un principio la suma de fuerzas de apoyo al Gobierno, que le tienen dependiente de la desafección puntual de cualquiera de ellas y que enmarcan su actuación en una subordinación a los intereses partidarios y/o localistas de estas. Enfrente tenemos una alternativa de derechas que, como se ha demostrado, va a quedar al albur de los caprichos y necesidades de una fuerza antisistémica como es Vox.

De manera que es la suma de desafueros, errores y debilidades de los dos partidos principales, de Gobierno y oposición, cada uno con su cuota de responsabilidad, la que da lugar a esa deriva centrífuga de la política patria. En ese escenario, muchos ciudadanos decepcionados optan por fuerzas que se limitarán a defender el terruño, sin más expectativa. Lo hacen porque el atractivo de las grandes opciones mengua, y se refugian en ese mal pequeño que es lo local, sin más pretensiones.

Con el mismo argumento acuden a soluciones populistas, a derecha o izquierda, porque, aun reconociendo algo insensatas sus formulaciones, no salen tan mal paradas estas cuando se comparan con los ejemplos de gestores y partidos pretendidamente serios y responsables que terminan con sus jefes o íntimamente allegados a estos en los banquillos.

Gobernar este país se ha convertido para Sánchez es algo casi imposible, si eso consiste en diseñar el futuro y no en sobrevivir a cada día o entretenernos con batallas culturales. Enfrente, a Feijóo no le espera algo mejor si consigue sucederle un día. El lío es monumental y la gestión del país como un todo se ha vuelto una quimera. Entre todos la mataron y ella sola se murió.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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