Los niveles altos de cortisol generan envejecimiento precoz, ojeras y sequedad. ¿Cómo reducir los efectos? Antioxidantes y protección solar por la mañana yantes de dormir retionoides.
La belleza es un gasto energético innecesario, superfluo, al menos para la supervivencia. De lo primero que se difumina en situaciones de estrés sostenido, esa respuesta rápida, física y emocional ante situaciones que parecen como desafiantes, peligrosas o exigentes. "Fabricar melanina para el cabello o mantener una dermis elástica consume recursos que el organismo prefiere enviar al sistema cardiovascular o muscular para gestionar la amenaza. Al igual que el cabello entra en fase de caída (efluvio) porque el folículo deja de ser prioritario, la piel se apaga porque, a nivel evolutivo, no necesitamos estar radiantes para sobrevivir a una crisis", argumenta el doctor José Luis Ramírez, codirector de la Unidad de Láser y cicatrices de IMR.
Siempre que el cuerpo interpreta que hay riesgo, insiste Paz Torralba, directora de The Beauty Concept, "invierte menos en mantenimiento estético y más en resistir. Cuando hay estrés prolongado se reduce la inversión en funciones que no son urgentes a corto plazo: desde la pigmentación, hasta la reparación de la piel, la luminosidad, la hidratación o la regeneración", detalla.
La piel y el sistema nervioso, añade Carlos Morales Raya, dermatólogo experto en estética, láser y acné y director médico de la clínica que lleva su nombre en Madrid, "están mucho más conectados de lo que solemos pensar. De hecho, la piel tiene receptores para hormonas y neurotransmisores relacionados con el estrés, por lo que situaciones mantenidas de ansiedad, tensión emocional o falta de descanso terminan teniendo una traducción visible a nivel cutáneo". Por eso la cara... también es el espejo del estrés.
No por sufrirlo un día puntual, más allá de lucir posiblemente con apariencia cansada, que el "marchitamiento es progresivo". En consulta, detalla el doctor Ramírez, especialista también en Dermatología Médico-Quirúrgica, Medicina Estética y Medicina Capilar, "lo identificamos por una combinación de factores: desde un tono cetrino, que la vasoconstricción periférica hace que llegue menos oxígeno a la superficie, perdiendo esa luminosidad rosada de la piel sana, a unas ojeras acentuadas. El cortisol favorece la retención de líquidos y la fragilidad capilar, lo que oscurece la zona periocular. Y también por una piel con textura irregular. Al ralentizarse la renovación celular, la superficie se vuelve más rugosa al tacto".
A la larga, "también acelera procesos relacionados con el envejecimiento cutáneo", señala el dermatólogo Morales. "La degradación afecta también a la arquitectura facial", amplía el doctor Ramírez, e impacta en su firmeza: "El cortisol elevado inhibe la síntesis de colágeno y hialurónico natural. Por eso, tras periodos de mucho estrés, la piel se ve más fina, con menos relleno y las líneas de expresión parecen profundizarse de golpe. Además, altera la barrera porque reduce la producción de lípidos esenciales (ceramidas); una piel sin lípidos se deshidrata rápido y reacciona con rojeces ante cualquiercosmético que antes toleraba bien.Y el cortisol activa procesos inflamatorios silenciosos que pueden derivar en brotes de acné, rosácea o dermatitis, dependiendo de la predisposición de cada paciente", explica el especialista.
A nivel muscular, destaca Morales, se marcan más las arrugas. "Es frecuente que las personas desarrollen una contracción mantenida e inconsciente de determinados grupos faciales durante épocas de ansiedad: entrecejo, frente, mandíbula o región periocular. Esto favorece que las líneas de expresión se marquen más y que ciertas arrugas dinámicas terminen haciéndose permanentes con el tiempo". El bruxismo, por ejemplo, alerta el especialista, "es una manifestación muy frecuente del estrés mantenido y puede alterar incluso la armonía del tercio inferior facial".
La importancia del sueño
Una mala cara es la suma de más factores. "Influyen también el sueño, la alimentación, la inflamación, la tensión muscular, además de la exposición solar, los hábitos, enfermedades de la piel, la genética y la edad", enumera Torralba. En el descanso está otra de las grandes claves. "Durante la noche se activan gran parte de los mecanismos de regeneración celular y reparación cutánea. Dormir mal de forma mantenida altera estos procesos biológicos y favorece una piel más cansada, menos luminosa, con peor recuperación frente a agresiones externas como la radiación ultravioleta, la contaminación o incluso los procedimientos dermatológicos", subraya el dermatólogo Morales.
Si es imposible relajar las pulsaciones del ritmo diario, de las que no dejan descansar bien, el objetivo dermatológico es el control de daños, como detalla el doctor Ramírez, con una rutina diaria. "Antioxidantes por la mañana, que el estrés genera un exceso de radicales libres. Un buen sérum de vitamina C o Ferúlico actúa como un escudo necesario. También hidratación biomimética, con cremas que imiten los lípidos de la piel (ceramidas, ácidos grasos) para sustituir lo que el cortisol está destruyendo. Y fotoprotección, que la piel estresada es más vulnerable al sol y tiende a mancharse con más facilidad. Por la noche, retinoides nocturnos, la mejor herramienta para obligar a la piel a seguir fabricando colágeno, contrarrestando el efecto catabólico del cortisol".
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