Aveces no son necesarios grandes fuegos artificiales para enderezar un asunto. Y las soluciones pragmáticas funcionan mejor que las mil ocurrencias. De todos es sabido que es el IVAM (ahora que nos empeñamos en desguazar el CGAC, uno de sus coetáneos) uno de ... los museos contemporáneos de referencia en nuestro país, anterior incluso al MNCARS, con una de las colecciones públicas más destacadas. Sin embargo, cuando la institución encuestaba a sus visitantes, una de las mayores demandas era poder acceder a esa colección.
Respuestas del tipo, «es posible que ustedes tengan grandes obras de Oldenburg, de Rodchenko, de Lee Krasner o de Robert Frank, pero, ¿dónde están?». Y con lo atesorado por el IVAM hasta la fecha, como dice la directora, «este, se puede y se debe permitir mostrarlo».
Esto es, durante muchos años, este espacio ha funcionado más como centro de arte que como museo. No es que no haya realizado (e incluso podríamos decir que ha abusado) de las exposiciones con sus fondos, pero estos salían de almacén y volvían a ellos. No había una base sobre la que explicar el arte del último siglo y medio.
«¿Nacionalistas? Puede ser. Pero es el cometido del museo nacional»
Y no sería porque no había materia prima. Con más de 500 obras fundamentales, asentado además sobre dos nombres capitales (Julio González, que lo ancla a la modernidad internacional; e Ignacio Pinazo, que hace lo propio con el contexto local), el conjunto permite narrar de forma historiográfica y a la europea (con las bondades y las carencias que eso supone hoy) la Historia del Arte del siglo XX y XXI. Y haciendo además de la necesidad virtud: dado que la colección comenzó a conformarse en los 80, muchos de los ejemplos de las vanguardias, por poner un ejemplo, se convertían ya en inalcanzables por precios. Eso fomentó el 'coleccionismo creativo', es decir, apostar por 'secundarios de lujo' o atender a disciplinas como la foto, la cartelería o las publicaciones, no tan demandadas en ese momento. Eso no quita para que se persiga a una Maruja Mallo...
El caso es que ahora, más de 40 años después y algunos directores (y hasta directoras) mediante, llega Blanca de la Torre a la cúspide la institución y, desde el primer día, su plan maestro (ese que para el del CGAC se está pidiendo la ayuda del sector artístico, lo que señala aún más la incompetencia de la nueva directora gallega) persigue colocar en el centro la Colección del IVAM. Y darle un lugar destacado y permanente en el museo, en las galerías 4 y 5 de la última planta. Eso tendrá dos consecuencias inmediatas: una, conocer de primera mano algunos de los 'grandes hits' del museo. Dos, robarle espacio a las temporales, un calendario hasta ahora de locos, lo que además permitirá contar con más dinero destinado a adquisiciones...
Y lo que propone De la Torre (junto a un nutridísmo equipo comisarial) es un recorrido canónico, de las primeras vanguardias a la actualidad, que deja a la vista sus fallos, sus carencias, sus olvidos, lo que se corrige con cuatro itinerarios alternativos (en clave ecologista, de género, de reivindicación social y política, y metartístico, con un color bien identificable para cada causa) que agrupan las obras de otro modo, saltándose cronologías y hermanando realidades de tiempos diversos pero de naturaleza común. Algunas de las piezas elegidas muestran también así su propia versatilidad interpretativa, y los cuatro caminos de acceso convergen en la última sala. La propuesta invita asimismo a hacer el paseo en sentido inverso, precisamente porque el final queda abierto, sin plantear respuestas sino lanzando preguntas del presente al futuro.
Además, el nuevo diseño museográfico, a cargo de Smart & Green Design, concuerda con la política de inclusión y sostenibilidad de la directora y juega con los cromatismos, con estructuras modulaes que dejan a la vista las traseras («las caras B del museo») y un didactismo que no significa tratar al espectador como si fuera idiota, pero sí haciéndole atractivos los discursos.
A partir de aquí, una propuesta, de la María Blanchard como representante del Cubismo con el que se arranca, a la Ana Peters de la salida (o al revés; o no) que no será rígida, no solo por los préstamos de los que es partidaria la propia institución, sino porque precisamente por la calidad de los contenidos ha obligado a elegir entre autores icónicos que ilustran la misma propuesta, o porque hay nombres bien representados (ocurre con Rauschenberg o Soledad Sevilla) lo que ayuda a elegir entre sus contenidos.
Y porque el display favorece trufar la propuesta con pequeñas cápsulas (sobre todo en torno a la fotografía: y cuentan con la suya Cualladó o la imagen americana de guerra y posguerra...), que aportan sabor al guiso y que servirán para mostrar colecciones invitadas en un contexto distinto.
Comisarios: Blanca de la Torre, Marta Arroyo, Ramón Escrivà, María Jesús Folch, Yolanda Franco, Teresa Millet, Sandra Moros y Josep Salvador
Así que agárrense para disfrutar con la excelsa cartelería soviética, con rara avis de Matisse, con Sonia Delaunay, Renau, Warhol, Annie Albers (buen ejemplo de artista que se desvincula del periodo al que se le suele asociar), Bruce Nauman, Esther Ferrer, Dora García, Carmen Calvo (los nombres 'valencianos' o 'de la terreta' son incluso obligatorios: Equipo Crónica, Iturralde, Grupo Parpalló, Miquel Navarro...), Cindy Sherman, Grete Stern, Annette Messager, Valie Export, Zanele Muholi, Capa o Matta-Clark. Lo de menos es el orden. Lo importante, hacerlos visibles.
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'La Colección': El IVAM se ancla a su pasado con vistas al futuro
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