Los collares siempre han sido una especie de canario de la mina en la corrupción española. Menos por el valor que por la estética. José Luis Rodríguez Zapatero tiene sobre sí sospechas muy graves, pero, sea cual sea el alcance de la investigación, su imagen siempre quedará asociada al fulgor de las esmeraldas de Zambia. No es el primero.
A la penúltima primera dama surcoreana la fotografiaron en la cumbre de la OTAN de Madrid de 2022 con un colgante snowflake de Van Cleef tasado en 43.000 dólares. Resultó ser uno de muchos regalos de lujo que recibió a cuenta de las influencias de su esposo, Yoon Suk Yeol. Su carrera se desmoronó y ambos acabaron un par de años después en la cárcel, donde hoy siguen. Suk Yeol llegó a atrincherarse en la sede presidencial y a decretar la ley marcial para tratar de protegerse de la presión de los tribunales. La democracia, decía, estaba siendo asaltada por los jueces.
Para una generación, los collares más famosos fueron los de Carmen Polo, mujer del dictador Franco. Tanto que los adornos adquirieron una acepción metonímica. A Polo la terminaron llamando en las calles La collares con toda la sorna del mundo. Pero lo que provocaba doña Carmen en las joyerías no era gracia sino pánico. Entendía que no debía pagar y no lo hacía, porque para eso estaba casada con el hombre que había metido a los españoles en vereda.
Begoña Gómez decidió que tenía que procurarse una carrera profesional en consonancia con la rutilante carrera de su marido tras llegar al poder y uno de los vendedores de enciclopedias que ejercía de asesor en la Moncloa tuvo una idea. Como lo de hacer fundraising desde la residencia del presidente del Gobierno es un cometido delicado, hubo que revestirlo todo con celofán moral. Desde sacar a África de la pobreza, para lo que se enroló con el Instituto de Empresa, hasta enseñar a las pymes a ser más socialmente competitivas, para lo que embarcó a la Complutense de Madrid.
Quizá Begoña Gómez pensara que los presidentes de las empresas del Ibex la recibían en la puerta por las bondades de su proyecto. Pero como los joyeros con la Polo, José María Álvarez Pallete, entonces presidente de Telefónica, o Marc Murtra, el de Indra, le financiaron por ser quien era su marido. A Pepe Bogas, ex de Endesa, le pidió asesoramiento sobre sostenibilidad y éste el presidió una reunión y le envió profesores gratis et amore.
Uno piensa, sin ningún fundamento, que si la esposa del presidente hubiese admitido desde el primer momento que actuó de forma imprudente, hubiera pedido disculpas y devuelto la tela hoy no estaríamos pendientes del último derrape del juez Peinado. Porque, tanto si es delito como si no, lo que cuenta éste en su auto, en esencia, nunca ha sido desmentido.
En lugar de ello, Pedro Sánchez intenta desde entonces artillar a su electorado para una batalla ficticia entre jueces y votantes, como el surcoreano y su enjoyada esposa años atrás. Por cierto, Bogas trasladó a su equipo lo agradecido que se mostró el presidente con él en un acto en el Palacio Real por atender tan bien a su esposa. Por aquello de que supiera quién estaba detrás.