- FRANK ELDERSON
Los shocks de costes hacen fundamental una transición a las energías limpias.
La dependencia energética de Europa se ha convertido en una de las vulnerabilidades críticas de nuestra economía. Los recientes shocks en los precios de la energía han transferido un vasto volumen de recursos fuera de Europa, han dado pie a intervenciones de emergencia y han generado una fuerte presión sobre las finanzas públicas. Estos costes son reales, recurrentes y, en gran medida, un desperdicio.
La política energética es responsabilidad de los gobiernos electos, y con razón. Pero la dependencia energética de Europa también tiene profundas implicaciones para el Banco Central Europeo. Nuestro mandato principal es la estabilidad de precios. Sin embargo, los repetidos shocks en los precios de la energía dificultan cada vez más el logro de este objetivo.
Europa sigue estando entre las economías avanzadas más dependientes de los combustibles fósiles importados. Esta vulnerabilidad quedó claramente expuesta tras la injustificada invasión rusa de Ucrania, cuando los precios de la energía se dispararon, elevando la inflación de la eurozona hasta el 10,6% en octubre de 2022 y dando lugar a lo que algunos describieron acertadamente como "inflación fósil".
Las recientes tensiones geopolíticas han puesto de manifiesto lo poco que ha cambiado esta dependencia, ya que el conflicto en Oriente Próximo ha provocado otro aumento en los costes energéticos europeos. Las proyecciones macroeconómicas de marzo del personal del BCE describen cómo se espera que esto eleve la inflación y reduzca el crecimiento en 2026.
Se trata de escenario complejo de gestionar. Endurecer la política monetaria para contener la inflación puede agravar la desaceleración económica, mientras que relajarla para apoyar el crecimiento puede afianzarla. En teoría, los bancos centrales pueden mitigar los shocks de oferta temporales, siempre que no deriven en presiones inflacionarias más generalizadas y persistentes, las expectativas de inflación se mantengan estables y no surjan espirales de precios y salarios. Sin embargo, las perturbaciones energéticas repetidas y persistentes ponen a prueba todas estas condiciones, como destacó recientemente la presidenta del BCE, Christine Lagarde.
Europa no puede eliminar el riesgo geopolítico, pero sí puede reducir significativamente su exposición a él. La forma más eficaz de lograrlo es reduciendo la dependencia de los combustibles fósiles importados y acelerando una transición ordenada hacia energías limpias de producción nacional. Si Europa cumpliera sus objetivos de energía sostenible, el vínculo entre los precios nacionales de la energía y la volatilidad de los mercados energéticos mundiales se debilitaría sustancialmente.
La transición de España a las energías renovables demuestra las ventajas de invertir en ellas: estimaciones del Banco de España indican que los precios mayoristas de la electricidad a principios de 2024 fueron aproximadamente un 40% más bajos de lo que habría sido el caso si la generación eólica y solar se hubiera mantenido en los niveles de 2019.
Una implementación más amplia de estas estrategias supondría menos impactos negativos para los hogares, las empresas, las finanzas públicas y los mercados financieros, y, en última instancia, una mayor estabilidad macroeconómica y de precios.
Algunos argumentan que dicha transición es prohibitivamente costosa. Es cierto que, según la Comisión Europea, la inversión deberá alcanzar aproximadamente los 660.000 millones de euros anuales entre 2026 y 2030. Sin embargo, centrarse únicamente en estos costes resulta profundamente engañoso.
Invertir en energía limpia y sostenible reemplaza un gasto sustancial en combustibles fósiles. Actualmente, Europa gasta casi 400.000 millones de euros al año en importaciones de combustibles fósiles. En cambio, el coste marginal de producir energía renovable a nivel nacional es estructuralmente menor. Una vez que la infraestructura está instalada, la energía en sí es prácticamente gratuita.
Un nuevo análisis del Comité de Cambio Climático de Reino Unido muestra que, por cada libra invertida en energía sostenible, los beneficios superan los costes en un factor de entre 2,2 y 4,1. Por lo tanto, no sorprende que informes recientes, incluido "El futuro de la competitividad europea" de Mario Draghi, identifiquen la descarbonización como un pilar fundamental de la estrategia económica a largo plazo de Europa.
Afortunadamente, las herramientas necesarias para llevar a cabo esta transición están a nuestro alcance. Requiere grandes inversiones iniciales, mercados de capitales sólidos y eficientes, y un entorno político predecible. El progreso en la unión de ahorros e inversiones será esencial para movilizar capital a la escala necesaria.
La certeza política, combinada con los incentivos adecuados, es fundamental para garantizar que se prioricen las perspectivas a largo plazo sobre las ganancias a corto plazo, y que los objetivos públicos y privados se refuercen mutuamente en lugar de socavarse. Esto comienza con el cumplimiento de los objetivos de descarbonización existentes y la preservación del Sistema de Comercio de Emisiones como un instrumento creíble y basado en el mercado para la fijación de precios del carbono.
Nada de esto es fácil. Pero la verdadera pregunta ya no es si Europa puede permitirse llevar a cabo la transición energética. Es si puede permitirse no hacerlo. Desde la perspectiva de la banca central, la respuesta es clara.
El autor es miembro del comité ejecutivo del Banco Central Europeo y vicepresidente del consejo de supervisión del Banco Central.
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