- JESÚS SÁEZ*
La buena noticia es que, por ahora, los fundamentales siguen sosteniendo buena parte del optimismo.
Cada cierto tiempo, el mercado nos obliga a replantearnos algunas de esas verdades que parecían inamovibles. Durante décadas asumimos que una escalada geopolítica relevante era sinónimo de ventas en Bolsa, búsqueda de refugio y huida de los activos de riesgo, como un mecanismo que se activaba casi automáticamente.
Sin embargo, los mercados llevan tiempo contando una historia diferente. Los últimos acontecimientos en Oriente Próximo son buen ejemplo. Los nuevos ataques entre EEUU e Irán, la incertidumbre sobre el estrecho de Ormuz o las restricciones a las exportaciones de petróleo iraní han vuelto a situar la geopolítica en primera línea. Y, aun así, la reacción de los mercados ha sido más contenida de lo que cabría esperar. No porque el riesgo haya desaparecido ni porque los inversores crean que la situación está bajo control, sino que el mercado ya no interpreta la guerra como un riesgo aislado, si no como un factor que influye sobre otras variables que terminan determinando el precio de los activos.
La geopolítica ha dejado de ser el destino final del análisis para convertirse en el origen de una cadena de transmisión más compleja. Hoy el primer impacto de un conflicto se busca en el petróleo, que reacciona ante cualquier amenaza sobre el suministro energético. Esto afecta a las expectativas de inflación, que condicionan el comportamiento de los bancos centrales y, con ello, el de los bonos y las Bolsas.
Ahí empieza realmente la historia. Unos tipos de interés más elevados alteran el descuento de los beneficios futuros, modifican las valoraciones de las compañías y cambian la percepción del riesgo de los activos financieros.
En otras palabras, la guerra ya no golpea directamente a las Bolsas, lo hace a través del petróleo, la inflación y los tipos de interés. Esa es una diferencia fundamental respecto a otros ciclos.
Este cambio coincide, además, con otro fenómeno que ha dominado los mercados durante los últimos meses, la inteligencia artificial. Durante buena parte del último año, cualquier noticia relacionada con la IA justificaba nuevas subidas bursátiles, en modo euforia. Pero los mercados evolucionan, y los inversores empiezan a preguntarse quién será capaz de rentabilizar esas inversiones, cuánto capital seguirá siendo necesario y quién terminará financiándolo.
Ese cambio de enfoque resulta muy relevante. Ahora el debate no gira sólo en torno al enorme potencial de la IA, ahora empieza a centrarse también en el precio que se está pagando por ese potencial. Las necesidades de inversión siguen siendo enormes y las grandes tecnológicas continúan comprometiendo cifras astronómicas para centros de datos e infraestructuras. Sin embargo, cada vez parece más evidente que esa expansión no podrá sostenerse solo con generación de caja. Empiezan a aparecer emisiones de deuda, ampliaciones de capital y una creciente necesidad de financiación externa.
Y ese detalle conecta directamente con los tipos de interés. Si el dinero deja de ser tan barato, la valoración de esos proyectos cambia inevitablemente. Quizá por eso estamos observando un fenómeno que hace apenas unos meses parecía improbable: el mercado discrimina mucho más entre compañías. Ya no sube todo el ecosistema tecnológico al mismo tiempo. Los inversores seleccionan mejor, analizan balances, diferencian modelos de negocio y penalizan con rapidez cualquier señal de desaceleración.
Eso no significa que la historia de la IA haya terminado. Significa que ha dejado de ser una narrativa suficiente por sí sola. Mientras tanto, la geopolítica sigue recordándonos que nunca desaparece del todo. Cada nuevo incidente en Oriente Próximo vuelve a poner a prueba esa cadena que conecta petróleo, inflación, bancos centrales y mercados financieros. Pero, lejos de provocar ventas indiscriminadas, los inversores intentan valorar hasta qué punto cada titular altera realmente las perspectivas de inflación y crecimiento.
Alterar variables fundamentales
Quizá esa sea la principal diferencia respecto a otros episodios de tensión internacional. Los mercados parecen haber aprendido que no todas las noticias geopolíticas tienen la misma capacidad para modificar el escenario económico. La verdadera preocupación no es tanto el conflicto en sí como su capacidad para alterar variables fundamentales: la energía, la inflación, el precio del dinero o el acceso a la financiación.
Quizá también resulte novedoso que el principal refugio para muchos inversores ya no se encuentre necesariamente en los sectores más defensivos, sino en aquellas compañías tecnológicas con mayor capacidad de generación de caja, balances más sólidos y un crecimiento estructural que el mercado sigue considerando difícil de replicar. Lo hemos visto en sesiones en las que, pese al fuerte repunte de los tipos de interés, algunas grandes tecnológicas apenas han sufrido. Si esa percepción termina consolidándose, podríamos estar asistiendo a un cambio profundo en la forma de entender la renta variable durante los próximos años.
Claro que este escenario también tiene riesgos. Las valoraciones siguen siendo exigentes, las expectativas de beneficios continúan siendo elevadas y los bancos centrales ya no prometen liquidez ilimitada. La financiación vuelve a tener un coste relevante y cualquier decepción puede amplificarse.
La buena noticia es que, por ahora, los fundamentales siguen sosteniendo buena parte del optimismo. La economía estadounidense mantiene un crecimiento razonable, la inflación parece haber dejado atrás sus máximos y el ciclo de inversión ligado a la IA continúa avanzando. Pero conviene no olvidar que el equilibrio es hoy más delicado que hace unos meses.
La geopolítica seguirá generando titulares, la IA continuará dominando la narrativa tecnológica y los bancos centrales insistirán en que cada decisión dependerá de los datos. El mercado seguirá intentando conectar todas esas piezas porque, al final, ya no reacciona a los acontecimientos, sino a las consecuencias económicas que estos terminan provocando.
Jesús Sáez, Head DCM Iberia en Natixis CIB
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