Una pistola en cada mano y pegando tiros. Así pareció discurrir la comparecencia de Pedro Sánchez en el Congreso para hablar de la corrupción que cerca a La Moncloa y al PSOE. Con los protagonistas, incluidos los teóricos socios, lanzando disparos, con el cuidado eso sí de, aún, no acertar en el adversario. Pero cuando se aprieta el gatillo siempre existe el peligro de acertar. El goteo de investigaciones judiciales y el desgaste por la corruptela y el fin de la legislatura dejan el bloque de investidura como un queso Emmental, lleno de agujeros. El presidente del Gobierno ya no logra convencer ni a sus aliados, que endurecen sus discursos, sin llegar a romper. Pero la situación ha cambiado. Gobierno y socios están en un punto de no retorno, más aún sabiendo que las elecciones generales pueden ser en el primer trimestre de 2027 -Sánchez ya abre la puerta a un adelanto si no hay Presupuestos-. Pero el Gobierno afila también los cuchillos. No pone la otra mejilla. «Si te atacan, te defiendes», señalan fuentes de La Moncloa. «Ellos aprietan y nosotros tenemos que dar respuestas contundentes».
Hace un año, Sánchez también compareció en el Congreso para hablar de la corrupción en el seno de su Ejecutivo y de su partido y logró salir de la Cámara con una imagen de unidad, con un cierre de filas de sus socios. Un año después, se repite escenario y situación, pero no conclusión: la foto es de dudas, desconfianza y falta de credibilidad. Podemos se sumó a la exigencia de elecciones; ERC censura la falta de explicaciones; Junts pide a Sánchez que se aparte y que ponga a otra persona; en Sumar no gustaron los envites de Sánchez a los socios; y el PNV habló de «precipicio institucional sin posible vuelta atrás».
Sánchez preparó un discurso a la ofensiva para defenderse del PP, lo que explica sus esfuerzos por inundar la mesa de corrupción y tratar de atrapar en esa mancha a Isabel Díaz Ayuso por los negocios de su pareja, Alberto González Amador. Tratando de desacreditar a Feijóo por falta de actuación y contundencia. Su ejercicio fue intentar equipar a Ábalos y la actuación del PSOE con el PP y la falta de actuación con Ayuso. Pero se vio en la tesitura que su falta de convicción entre sus aliados obligó a desenfundar. «Ellos siempre nos dejan perlitas... Nosotros también», analiza un ministro. «Hay que empezar a dar hostias», observa un diputado.
A los socialistas les molestó especialmente los ataques de Ione Belarra (Podemos) -«poco menos ha dicho que somos trumpistas»- y la posición de Junts -«son siete diputados, siete. Lo mismo tienen que ubicarse»-. El plan inicial de La Moncloa no preveía «ser duros con los socios, pero el debate está condicionado a lo que te dicen», explican desde la sala de máquinas gubernamental.
En el equipo de Sánchez saben que el piloto rojo encendido de las cámaras provoca «teatralización» y puestas en escena varias, pero no se les escapa que en la recta final de la legislatura, y con tramas corruptas cercando al PSOE, los socios van a seguir poniendo tierra de por medio. «Es obvio que las discrepancias se van a ir visualizando a medida que se acerquen las elecciones. Hay que verlo con normalidad», señalan en el Ejecutivo. "Ante la proximidad de las elecciones cada uno va ocupando su lugar», diagnostica una ministra. «La intensidad va a ir en aumento», ahonda un diputado. Eso sí, confían en seguir sacando alguna votación. La semana pasada, Sánchez ya anticipó como opción viable un adelanto electoral, posiblemente para el primer trimestre de 2027, si no logra sacar adelante los Presupuestos que, dice, quiere llevar al Congreso antes de que acabe el año.
Tras la sentencia del caso mascarillas, con una condena de 24 años de prisión a José Luis Ábalos, ex ministro y ex lugarteniente de Sánchez, éste mostró su «cabreo» y «pena» por lo que definió como un «caso flagrante y grave de corrupción protagonizado por unas personas concretas que se aprovecharon de su peso dentro del PSOE y en el Gobierno». No niega los hechos, si bien no prevé asumir responsabilidades política y se presenta como víctima.