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Ciencia

La tentación del fracking: Por qué México importa gas natural si abunda en su territorio

La tentación del fracking: Por qué México importa gas natural si abunda en su territorio
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México tiene reservas enormes de gas shale pero importa casi todo el que consume. La fracturación hidráulica podría cambiar eso, aunque a un costo que el país quizás no puede permitirse.
Edith RojoEnergía3 de mayo de 2026la discusión resurge en un contexto de tensiones geopolíticas con Estados Unidos. La dependencia de México del gas importado ha reactivado el debate sobre si el país debería apostar por el fracking como vía hacia la soberanía energética.

¿Qué es el fracking?

Debajo de la superficie terrestre se encuentran enormes reservas de gas natural que durante décadas fueron inaccesibles. Hoy, una tecnología conocida como fracturación hidráulica permite extraerlas. Un pozo de fracking puede instalarse prácticamente en cualquier lugar donde exista gas natural. Todo comienza con la perforación de un conducto vertical (el pozo) que atraviesa distintas capas de sedimento. Al alcanzar profundidades de entre 2,500 y 3,000 metros, el pozo llega a su punto de desvío: ahí comienza la perforación horizontal. En ese punto, la trayectoria gira 90 grados y se extiende hasta 1.5 kilómetros a lo largo de una capa densa y compacta conocida como roca de lutita (shale). Después, se introduce una herramienta de perforación que dispara cargas explosivas controladas, creando pequeñas perforaciones que atraviesan el revestimiento del pozo y penetran la roca.

Meses después de la perforación inicial, el pozo está listo para la fase clave: el fracking. En esta etapa, se inyecta a alta presión una mezcla de agua, arena y compuestos químicos. La presión es suficiente para fracturar la roca, generando grietas por las que el gas y el petróleo atrapados pueden liberarse. El fluido utilizado es, en más de un 90%, agua. El resto consiste en aditivos químicos que varían según las condiciones del yacimiento, pero que suelen cumplir tres funciones principales: ácidos que disuelven minerales y limpian el conducto, compuestos que reducen la fricción para facilitar el flujo (conocidos como slickwater), y biocidas que evitan el crecimiento bacteriano. A esta mezcla se le añade arena o arcilla, cuya función es mantener abiertas las fracturas incluso después de que la presión disminuye, permitiendo que los hidrocarburos sigan fluyendo.

Según un reporte de 2011 de la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA, por sus siglas en inglés), México cuenta con 545 billones de pies cúbicos de recursos de gas shale recuperables, posicionándolo como el sexto país a nivel mundial con mayores reservas. De estas reservas, las cinco regiones con mayor condensación de lutita están en las cuencas de Chihuahua, Sabinas-Burro-Picachos (desde Ciudad Juárez hasta Coahuila), Burgos (Nuevo Laredo hasta la mitad de Nuevo León), Tampico-Misantla (sur de Tamaulipas hasta Xilitla) y Veracruz. Pero hay un detalle importante: gran parte de estas cuencas se ubican en el norte del país, una de las regiones con mayor estrés hídrico en México. Por cada pozo, se puede requerir entre 2 y 5 millones de galones de agua en cuencas de gas shale estándar, y puede superar los 10 millones en operaciones más intensivas. De acuerdo con el Monitor de Sequía de la Comisión Nacional del Agua, alrededor del 67% de los municipios en Chihuahua presentan algún grado de sequía, 56% en Tamaulipas y 25% en Nuevo León. Estas cifras reflejan una presión creciente sobre los recursos hídricos en regiones donde se concentra el potencial de gas shale.

por metano. Este es un gas de efecto invernadero 80 veces más contaminante que el CO2, y un acelerador del calentamiento global. Esto quiere decir que cualquier fuga de metano durante la perforación, fracturación y producción es mucho más nociva que los gases que se generan posteriormente durante su combustión. Estudios sobre el gas shale en Estados Unidos han mostrado que la sustitución del carbón por gas natural contribuyó a una reducción en las emisiones de CO2, porque es un combustible que emite menos CO2 por unidad de energía generada. Sin embargo, que el gas natural proveniente del fracking sea menos contaminante que el carbón no implica que sea una solución sostenible, sino, en el mejor de los casos, una alternativa intermedia dentro de un sistema que sigue dependiendo de hidrocarburos.

Science Advances encontró que, en las principales cuencas shale de Estados Unidos, el uso de agua por pozo subió hasta 770% entre 2011 y 2016, mientras que el agua residual generada en el primer año subió hasta 1,440%. Además, la intensidad hídrica por unidad de energía también aumentó en las cuencas analizadas.

Esto abriría el debate. Habrá quien diga que, si incluso Estados Unidos, con alta capacidad institucional y tecnológica, no ha resuelto el problema del agua en el fracking, la transferencia de este modelo a contextos con menor capacidad regulatoria y mayor vulnerabilidad hídrica (como México) implica riesgos significativamente mayores.

La evidencia disponible no muestra que el fracking haya dejado de implicar riesgos ambientales. Lo que sí muestra es una mejora incremental en prácticas de mitigación. La pregunta, entonces, no es solo si el fracking puede evolucionar a hacerse más sustentable, sino si su desarrollo desvía tiempo, inversión y atención de la transición hacia fuentes de energía verdaderamente limpias.

Fuente original: Leer en Wired - Ciencia
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