- ANDREW ENGLAND
El ataque simultáneo de los rebeldes hutíes y los milicianos iraquíes ha dado lugar a la que podría ser la mayor prueba para el príncipe Mohammed desde la reacción de repulsa contra el asesinato de Jamal Khashoggi.
Mientras los rebeldes hutíesrespaldados por Irán avanzaban por la costa yemení del mar Rojo la semana pasada, el príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman llamó a Donald Trump para solicitar el apoyo de Estados Unidos para frenar el avance de los milicianos.
Los hutíes se acercaban al estrecho de Bab el-Mandeb, el angosto paso que se ha vuelto crucial para las exportaciones de crudo saudídesde que Irán estranguló el tráfico marítimo a través del estrecho de Ormuz. También lanzaban oleadas de misiles y drones contra instalaciones energéticas en las provincias del sur de Arabia Saudí. Además, un ataque desde el norte perpetrado por milicianos chiíes en Irak obligó a cerrar un oleoducto vital.
Pero cuando Trump habló públicamente sobre la amenaza hutí, pareció imperturbable. Los hutíes, a quienes Trump designó como grupo terrorista en sus dos mandatos, habían llamado a Washington para decir que "no quieren luchar con nosotros", afirmó.
"No quieren que los persigamos", aseguró Trump el sábado durante una visita a Irlanda. "Están dejando pasar a la mayoría de los barcos. Sólo hay un país con el que no están muy contentos, y lo solucionaremos".
Riad se ha acostumbrado a la imprevisibilidad del presidente. Pero la respuesta aparentemente indiferente de Trump a la creciente crisis de Arabia Saudí, a pesar del impulso que supone para los esfuerzos de Irán por mantener altos los precios de la energía, no habrá hecho más que profundizar la frustración por la guerra de Estados Unidos contra Irán.
Arabia Saudí se enfrenta ahora al mismo caos regional sobre el que el príncipe Mohammed había advertido a Trump, atrapada entre los hutíes, envalentonados y curtidos en la batalla, y la amenaza de ataques desde Irak, donde milicias chiíes respaldadas por Irán y la Guardia Revolucionaria iraní operan activamente.
Esto ha supuesto, sin duda, la mayor prueba para el príncipe Mohammed desde el asesinato del periodista Jamal Khashoggi en 2018 a manos de agentes saudíes que lo convirtió brevemente en un paria en Occidente. Amenaza tanto la capacidad del reino para vender petróleo como la ambiciosa iniciativa financiada con petrodólares del príncipe heredero para convertir a su país en un centro de inversión global.
El reino "se enfrenta a muchos más desafíos" que en 2018, afirma Neil Quilliam, investigador asociado de Chatham House. "MBS tiene pocas opciones buenas", añade. "Esta es una prueba en todos los frentes. Es una prueba de su liderazgo en el reino... un desafío tanto en materia de seguridad como económica".
Si bien la relación con Washington es sólida, "es evidente que Estados Unidos no va a intervenir para apoyarlo".
La producción petrolera saudí ya había caído a 6,2 millones de barriles diarios en agosto, su nivel más bajo en 36 años, según datos presentados a la OPEP, el grupo de productores de petróleo, debido a las dificultades para que los buques petroleros transiten por el estrecho de Ormuz y el estrecho de Bab el-Mandeb. Arabia Saudí, durante mucho tiempo el mayor exportador mundial de crudo, actualmente exporta menos de la mitad que Estados Unidos.
El oleoducto Este-Oeste, con una capacidad máxima de hasta 7 millones de barriles diarios, se volvió vital para sus exportaciones después de que Irán comenzara a atacar buques en el estrecho de Ormuz.
Con su cierre, analistas de la consultora Energy Aspects prevén que las refinerías de petróleo de Yanbu y Petro Rabigh, en la costa occidental de Arabia Saudí, comiencen a reducir su producción inminentemente. Las reservas de petróleo en la terminal marítima de Yanbu "sólo permitirán unos pocos días de carga de crudo", apuntan.
Para intentar compensarlo, la petrolera estatal Saudi Aramco podría intentar aumentar las exportaciones a través del estrecho de Ormuz, ayudado por escoltas militares estadounidenses. Sin embargo, esto conlleva sus propios riesgos, ya que Irán continúa atacando petroleros.
El príncipe Mohammed, que lideró la intervención de Arabia Saudí en la guerra civil de Yemen en 2015 para dirigir una coalición contra los hutíes, había dedicado los últimos cuatro años a intentar retirar al reino del costoso conflicto en Yemen.
El alto el fuego de 2022 se mantuvo en gran medida hasta julio, cuando los hutíes anunciaron que aplicarían un bloqueo a los puertos saudíes e impusieron exigencias como el pago de salarios en las zonas bajo su control, el acceso de los rebeldes a los ingresos petroleros de Yemen y el pago de indemnizaciones por las pérdidas de guerra.
Esto llevó a Riad, que vio las exigencias de los hutíes como una extorsión, a sopesar si debía intensificar el conflicto y arriesgarse a nuevos ataques hutíes contra sus instalaciones petroleras o impulsar una nueva tregua.
"Riad se enfrenta a un dilema político", afirma Firas Maksad, director general para Oriente Próximo de Eurasia Group. "No puede ceder ante las crecientes exigencias de los hutíes bajo presión militar, pero tampoco puede permitirse una escalada que derive en una guerra en dos frentes que podría costarle la mitad de la producción de Aramco".
Arabia Saudí lleva meses armando y entrenando a facciones alineadas con el Gobierno yemení reconocido internacionalmente en preparación para una escalada por parte de los hutíes. También ha buscado fortalecer sus alianzas para contrarrestar la amenaza.
El mes pasado, se anunció que más de una docena de naciones se habían unido a una coalición marítima para salvaguardar el transporte de mercancías a través del mar Rojo y el estrecho de Bab el-Mandeb. El príncipe Mohammed también firmó un acuerdo en agosto por el cual Turquía, miembro de la OTAN, se sumó a un pacto de defensa mutua que Arabia Saudí y Pakistán habían acordado un año antes.
El príncipe heredero incluso había cerrado un acuerdo de defensa con Estados Unidos durante su visita a la Casa Blanca el pasado noviembre.
Sin embargo, ninguno de estos acuerdos ha disuadido a los hutíes, y los analistas consideran improbable que Turquía o Pakistán desplieguen tropas terrestres en Yemen.
Estados Unidos está apoyando a las fuerzas saudíes con información de inteligencia y análisis de objetivos mientras el reino lanza ataques aéreos contra posiciones hutíes en Yemen.
El almirante Brad Cooper, comandante del Comando Central de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, que supervisa las operaciones en Oriente Próximo, mantuvo conversaciones con el príncipe Mohammed el lunes para discutir los "últimos acontecimientos regionales", según informó la agencia estatal de noticias saudí, sin ofrecer más detalles.
Pero Trump tiene un historial problemático con los hutíes, que controlan la capital yemení, Saná, y gran parte del norte densamente poblado, y reciben armas y tecnología de Irán.
Después de que los hutíes comenzaran a interrumpir el tráfico marítimo en el mar Rojo tras el ataque de Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023, Trump ordenó una intensa campaña de bombardeos contra los rebeldes y advirtió que se desataría un infierno sobre ellos si no dejaban de atacar los buques.
Sin embargo, después de unas siete semanas durante las cuales los hutíes continuaron atacando buques mercantes y buques de la Armada estadounidense, el presidente dio por terminada la ofensiva y anunció un alto el fuego. Trump incluso pareció impresionado por su resistencia, elogiando su "valentía" y su capacidad para "soportar grandes castigos".
Con Estados Unidos inmerso desde hace meses en una guerra con Irán que supone una carga considerable para sus fuerzas armadas, los analistas afirman que es aún menos probable que Washington intervenga directamente.
Un diplomático explica que Riad ha solicitado cobertura aérea estadounidense, pero Washington respondió que no estaba dispuesto a intervenir en este momento, ya que estaba centrado en la guerra con Irán.
"La reticencia de Trump a involucrarse directamente en la guerra de Yemen no sorprende al príncipe heredero saudí", afirma Maksad. Añade que Riad también teme verse envuelto en un conflicto más profundo en Yemen, y señala que "mantener su capacidad para producir y exportar petróleo es muchísimo más importante que una victoria rápida contra los hutíes".
Un alto funcionario de la Administración Trump declaró la semana pasada que Washington mantenía "un diálogo constante con Arabia Saudí... sobre la estabilidad regional.
Bernard Haykel, profesor de estudios del Cercano Oriente en la Universidad de Princeton, y que mantiene contacto con el príncipe Mohammed, explica: "Se trata de una crisis muy grave, con una amenaza real desde el sur, el norte y el este", en referencia a Irán, que ha lanzado misiles y drones contra el reino durante su guerra con Estados Unidos. Haykel cree que el príncipe Mohammed desea negociar con Teherán, pero añade: "con los hutíes es mucho más agresivo y quiere reducir su tamaño. El problema es que las fuerzas que ha apoyado contra los hutíes han resultado inútiles".
Por ahora, las diversas y fragmentadas facciones yemeníes que Riad respalda intentan repeler a los hutíes, ayudados de los ataques aéreos saudíes, según los analistas.
Mohammed el-Basha, fundador de la firma de asesoría de riesgos estadounidense Basha Report, explica que las líneas del frente a lo largo de la costa sur de Yemen se han estabilizado en los últimos días, y que la zona alrededor de Bab el-Mandeb es una "tierra de nadie".
"Existen escenarios en los que una coalición liderada por Arabia Saudí puede hacer retroceder a los hutíes, pero ahora mismo nos encontramos en el mejor de los casos: la estabilización de las líneas del frente", afirma. "No creo que los saudíes lleguen a un acuerdo ahora mismo, porque las condiciones de los hutíes son la sumisión total".
"Si se llega a un acuerdo con ellos hoy, no hay garantía de que no pidan más mañana".
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