- PILAR MÁS BBVA Research
La transición energética está reduciendo riesgos, pero sólo parcialmente los costes.
Cada repunte de la tensión en Oriente Medio devuelve a Europa a una realidad incómoda: su dependencia energética exterior sigue siendo estructural. Las amenazas sobre rutas críticas como el estrecho de Ormuz reactivan la volatilidad del petróleo y del gas, elevando la prima de riesgo geopolítico. La transición energética ha avanzado, pero no ha eliminado esa vulnerabilidad: la ha transformado.
Europa ha logrado mejoras sustanciales en eficiencia energética y lidera el despliegue de renovables entre las economías avanzadas. Sin embargo, continúa dependiendo del exterior para su suministro de hidrocarburos. La ruptura con el gas ruso no ha supuesto el fin de esa dependencia, sino su reconfiguración hacia un mercado global de GNL, más caro y, sobre todo, más volátil. El resultado es una mayor exposición a shocks internacionales.
Ésta se traslada directamente al mercado eléctrico. En buena parte del continente, el gas sigue actuando como tecnología marginal, fijando el precio mayorista en muchas horas. Por tanto, cada repunte en su cotización impacta casi automáticamente en el precio de la electricidad, como ocurrió tras la invasión de Ucrania y como se evidencia de nuevo en episodios de tensión geopolítica.
España introduce, no obstante, una diferencia relevante. La creciente penetración de renovables -el 57% de la generación eléctrica en 2025, frente al 42% en Europa- ha reducido el peso del gas en la formación de precios, debilitando el vínculo entre el coste del gas y el de la electricidad. Frente a economías como Alemania o Italia, donde el gas mantiene un papel central, el sistema eléctrico español es hoy más resiliente. Esta es, probablemente, la principal ventaja económica de la transición: menor exposición a la volatilidad internacional.
Pero ese beneficio no se traslada plenamente a la factura de la electricidad. Y ahí reside el verdadero problema: la transición energética está reduciendo riesgos, pero sólo parcialmente los costes.
En España, el precio final de la electricidad ya no depende principalmente del mercado mayorista. A medida que ha aumentado la penetración renovable, también lo han hecho otros costes del sistema -servicios de ajuste, restricciones técnicas, redes y componentes regulados- que limitan la caída del precio final. El sistema se abarata en origen, pero no necesariamente en destino.
Nuestras estimaciones apuntan a que el aumento de la cuota de renovables en el mix eléctrico español -en torno a 20 puntos porcentuales entre 2021 y 2024- habría reducido el precio mayorista de la electricidad alrededor del 20%. Sin embargo, ese descenso apenas se ha percibido en la factura de hogares y empresas.
Se abre así una brecha creciente entre el precio mayorista y el final. Incluso con un elevado peso de tarifas indexadas, los costes no energéticos están limitando el abaratamiento efectivo de la electricidad.
Dualidad del sistema energético
España ilustra con claridad la dualidad actual del sistema energético europeo. Por un lado, ha reducido su vulnerabilidad al gas y ha ganado resiliencia frente a shocks internacionales. Por otro, arrastra limitaciones que encarecen el sistema en su conjunto: redes insuficientes, falta de almacenamiento y creciente dependencia de mecanismos de ajuste.
La implicación económica es clara: el despliegue de renovables es una condición necesaria, aunque no suficiente. El cuello de botella ha dejado de ser tecnológico y es, cada vez más, de diseño y regulación del sistema. Sin una inversión decidida en redes, almacenamiento y flexibilidad, los beneficios de la transición seguirán diluyéndose antes de llegar al consumidor final.
A ello se añade un reto clave: adaptar el funcionamiento del mercado eléctrico a un entorno dominado por tecnologías de coste marginal prácticamente nulo. El sistema necesita señales de precio y mecanismos de remuneración que garanticen la cobertura de costes y la seguridad de suministro sin trasladar ineficiencias al consumidor.
España avanza en la dirección correcta, pero el modelo continúa siendo incompleto. La dependencia del gas no ha desaparecido, solo se ha reducido. Y la mayor resiliencia del sistema, aunque evidente en el mercado mayorista, aún no se traduce en una electricidad verdaderamente competitiva.
Sin embargo, el problema no es exclusivamente español. Europa ha aprendido a reducir su exposición al gas; ahora debe aprender a abaratar la electricidad. De lo contrario, la transición energética puede acabar erosionando -en lugar de reforzar- su competitividad.
Pilar Más, BBVA Research
El crudo, en vilo por el fracaso del ultimátumLos mercados confían en la tregua de TrumpTensión máxima sobre el petróleo y el gas Comentar ÚLTIMA HORA-
12:44
La Generalitat anuncia 421 millones de euros en ayudas por la guerra de Irán
-
12:33
Bitcoin irrumpe en el ámbito geopolítico con Irán
-
12:18
Lãberit encabeza la delegación española en Innovatec Colombia
-
12:08
Dominion se hace con los activos productivos de Verne
-
12:08
Meloni y Salvini se reparten el poder en las empresas públicas italianas