La ibogaína es un alcaloide con efectos alucinógenos que es extraído de las raíces de un arbusto africano llamado iboga y que ha sido empleado para el tramiento de adicciones. Su uso es ilegal en Estados Unidos (pero no en México). Según relató Joe Rogan, el podcaster con más oyentes en el mundo, esta droga fue central para convencer a Trump sobre la importancia de acelerar las investigaciones. “Tenemos un problema de opioides gigantesco en este país, es obvio. En 2024, más de 80,000 personas murieron por sobredosis. Es una cifra terrible, y actualmente hay más de 5 millones de personas adictas a los opioides en este país”.
Añadió Rogan en el Despacho Oval: “Con una dosis de ibogaína, más del 80% de las personas se liberan de esa adicción. Con dos dosis, supera el 90%. Le envié esa información [a Trump] y me respondió con un mensaje de texto: ‘¡Suena genial! ¿Quieres la aprobación de la FDA? ¡Hagámoslo!’”.
EE UU: Del prohibicionismo al "¡Hagámoslo!"
Desde una perspectiva científica, el visto bueno de la Casa Blanca abre muchas puertas. Durante gran parte del siglo XX, las restricciones legales limitaron severamente la investigación en este campo. No fue sino hasta el siglo presente que universidades y centros médicos comenzaron a retomar estudios con estándares modernos, revelando resultados prometedores. El nuevo decreto promulgado por Trump busca acelerar este proceso a través de la simplificación de trámites regulatorios y la asignación de fondos federales específicos.
“En Texas, los líderes republicanos ya han destinado 50 millones de dólares a la investigación sobre la ibogaína”, indicó Trump. “Y hoy, el gobierno federal está invirtiendo 50 millones de dólares en su propio programa de investigación. Esto fue aprobado anoche mismo”.
Uno de los aspectos más relevantes de la medida es la creación de un programa nacional de ensayos clínicos supervisados, en colaboración con instituciones académicas y organismos como los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por sus siglas en inglés). Este programa pretende generar evidencia sobre la seguridad, eficacia y mecanismos de acción de los psicodélicos, un paso de suma importancia para su eventual aprobación a nivel federal para usos medicinales.
su interacción con el cerebro. Estudios de neuroimagen han mostrado que compuestos como la psilocibina pueden alterar temporalmente la conectividad entre distintas regiones cerebrales, facilitando patrones de pensamiento más flexibles. Este fenómeno podría explicar por qué algunos pacientes reportan mejoras duraderas tras una o pocas sesiones terapéuticas, en contrastre con tratamientos convencionales que requieren administración continua.No obstante, el decreto no es una luz verde sin restricciones. Las autoridades sanitarias han insistido en que el uso de psicodélicos fuera de contextos clínicos controlados sigue siendo riesgoso. Factores como la dosis, el entorno y el estado psicológico del paciente influyen de manera considerable en los efectos de estas sustancias. Por ello, el marco regulatorio incluye lineamientos estrictos para la capacitación de terapeutas, la certificación de centros de tratamiento y el seguimiento a largo plazo de los pacientes.
Ahora bien, desde los ángulos social y político, aún quedan varios obstáculos por superar. Aunque este decreto ha sido promulgado por una administración emanada del Partido Republicano, varios sectores conservadores siguen expresando preocupaciones y condenas por una posible normalización del consumo de drogas. Algunos científicos también han advertido sobre el peligro de generar expectativas exageradas en torno a los beneficios reportados. La historia de la investigación con psicodélicos, particularmente en las décadas de 1950 y 1960, muestran cómo el entusiasmo inicial puede verse interrumpido súbitamente por cambios en el clima político y cultural.