Una adaptación en cuatro episodios de varios relatos de 'Un lugar soleado para gente sombría'
Regala esta noticia Añádenos en Google Fotograma de 'Mis muertos tristes'. (RC) 05/10/2026 Actualizado a las 00:09h.Curtida en el periodismo musical, la obra de la argentina Mariana Enríquez tiene un algo, un mucho, de la música gótica y punk que escucha. ... Ella misma, con su pelo canoso, sus labios rojos y su ropa oscura, muestra hechuras de estrella del rock. Un rock que no se canta, sino que se lee; que no se escucha en los bares, sino que se disfruta en la intimidad; que no se interpreta en los grandes recintos, sino en las librerías donde Enríquez presenta sus libros y a cuyas puertas hacen cola sus fans para ver de cerca a su ídolo. Como en las canciones de su adorado Nick Cave, en su literatura se mezclan lo bello y lo siniestro; como en los temas más punk, saca a la superficie lo que se intenta ocultar, lo que nos incomoda, para ponerlo ante nuestros ojos.
De esa unión creativa nace 'Mis muertos tristes' (Netflix), una adaptación en cuatro episodios de varios relatos de 'Un lugar soleado para gente sombría'. En el proyecto ha participado la propia Enríquez, que trabajó junto a Larraín para hacer confluir tres de los cuentos en una misma historia. La protagonista es Ema (Mercedes Morán), una médica que arrastra una jubilación forzosa. También arrastra, desde niña, un don. O una maldición: su capacidad para ver y hablar con los muertos.
Para ir a cuidar a su madre durante sus últimos días, Ema abandona su barrio acomodado de Buenos Aires para trasladarse a una zona marginal. Y es precisamente ese desplazamiento de un mundo acomodado a otro marcado por la pobreza y el crimen el que proporciona a la narración el escenario perfecto para abordar una de las obsesiones de Enríquez: el terror cotidiano que está a plena luz del día, en una parte de la ciudad donde la gente muere a causa de la violencia, las drogas, el hambre y la miseria. Porque allí hay muertos muertos, pero también hay muertos vivos. Los primeros se resisten a ser olvidados después de la muerte, porque ya fueron ignorados durante su vida. Los segundos (los pobres, los desheredados, los que han quedado al margen) ni siquiera necesitan morir para convertirse en fantasmas: son invisibles mientras siguen vivos.
Junto a Ema está su hija Carolina (Dolores Fonzi), que sufrió la pérdida de su pareja a causa de las drogas y que no entiende la facultad sobrenatural de su madre. Desde Estados Unidos llegan la hermana de Ema, Lidia (Alejandra Flechner), su cuñado (Carlos Portaluppi) y su sobrina Julie (Carolina Sánchez), que ha heredado la capacidad de su tía para contactar con el más allá, aunque en ella se manifiesta de una forma distinta, ya que mantiene relaciones sexuales con los muertos. Pero, al poco, ya no serán solo Julie y Ema las que tengan contacto con los difuntos: cuando un suceso contamine el depósito de agua del barrio, todos sus habitantes podrán oírlos.
El terror según Mariana Enríquez
Con esos mimbres, se tendría que haber armado un relato tan perturbador como morboso, pero Larraín lo consigue solo a medias. Utilizando una estética premeditadamente sórdida y feísta, fotografía al vecindario ruinoso y decadente en un azul desvaído, blanquecino, fantasmal, para construir un escenario en el que las fronteras entre los vivos y los muertos se difuminan. Ahí se mueven (deambulan, más bien) unos personajes terriblemente afligidos, pero su tratamiento áspero hace que resulte difícil empatizar del todo con su dolor: es el caso del humor cínico y descarnado de Ema, que funciona bien en algunos momentos mientras te aleja de ella en otros. Tampoco ayuda que la narración sea un tanto incoherente y confusa, llegando, a veces, a resultar cansina.
'Mis muertos tristes' es más racional que emocional, se piensa más que se siente. A pesar de saberse la lección (la realidad cotidiana puede ser más terrible que cualquier aparición fantasmal), Larraín no ha podido trasladar por completo a la pantalla la inquietud que te recorre la columna vertebral al leer a Enríquez. Es el desasosiego que te remueve, que te obliga a dormir con la luz encendida tras cerrar cualquiera de sus libros, que hace que veas a aquellos que están muertos en vida. Esos a los no quieres mirar.
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