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Nostalgia por otros Estados Unidos

Nostalgia por otros Estados Unidos
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Donald Trump no engaña. Es lo que es y lo que es más que ninguna otra cosa es imprevisible. Se comprende la nostalgia que sintieron muchos en el Foro de Davos por otros Estados Unidos, por el de Thomas Jefferson, el de John F. Kennedy, el de tantos norteamericanos más. Leer
Ensayos liberalesNostalgia por otros Estados Unidos
  • TOM BURNS MARAÑÓN
23 ENE. 2026 - 00:49El discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, ha sido uno de los más celebrados en Davos.GIAN EHRENZELLEREFE

Donald Trump no engaña. Es lo que es y lo que es más que ninguna otra cosa es imprevisible. Se comprende la nostalgia que sintieron muchos en el Foro de Davos por otros Estados Unidos, por el de Thomas Jefferson, el de John F. Kennedy, el de tantos norteamericanos más.

Cuando el presidente John Kennedy presidió, en 1962, un banquete en honor de sus compatriotas que habían sido laureados con el premio Nobel, se le ocurrió decir que el sarao en la Casa Blanca había reunido a la más extraordinaria colección de talento y conocimiento humano desde que Thomas Jefferson, que se instaló en ella en 1801 como tercer presidente de la nueva república, cenaba solo en el comedor del palacete.

El año anterior Kennedy, un joven estadista estudioso de la historia, se había trasladado a Berlín Occidental y frente al Muro y ante un multitudinario entusiasmo había lanzado la lapidaria frase Ich bin ein Berliner. Dijo que para saber lo que era la libertad y el comunismo había que ir a Berlín.

Fue el discurso más notable de cuantos hubo durante los cuarenta años que duró la Guerra Fría y señaló con contundencia los principios que impulsaban el liderazgo de Estados Unidos en el mundo libre. Ha llovido muchísimo desde entonces. Donald Trump tendría que volver a nacer para viajar a Ucrania y proclamarse vecino de Kiev.

Se recuerda con nostalgia la boutade de la velada con los Nobel y cómo Kennedy quiso convertir la Casa Blanca en el Camelot de las gestas caballerescas. También el permanente respeto a figuras como la de Jefferson, que coleccionaba libros, fundó la Universidad de Virginia, su estado natal, y fue el principal redactor de la Declaración de Independencia por las trece colonia británicas.

Es la nostalgia entre las demás democracias liberales por unos valores compartidos que se evaporan. Trump dice que Europa es irreconocible y que con la inmigración y la agenda verde va camino de la perdición. Los biempensantes europeos no se reconocen en los Estados Unidos de Trump. Se sienten amenazados por la llegada a la aldea global de un nuevo sheriff que dispara primero, luego hace preguntas y escucha solo al que quiere oír.

La añoranza se debe a que un Jefferson, por ejemplo, comprendió la coyuntura de su tiempo y la abrazó en base a principios y valores que están tan alejados de los que le guían a Trump como Groenlandia lo está de la Antártica.

Conocedor de los textos fundamentales de los ilustrados franceses y amigo del marqués de La Fayette, que había combatido en la guerra de independencia americana contra el imperio británico y era general en el ejército de la Francia revolucionaria, Jefferson estuvo en París cuando se tomó la Bastilla. Entendió muy bien que se había hecho adulto cuando comenzaba un nuevo orden internacional.

Jefferson conocía, porque era un hombre muy culto, el aforismo "los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben" que ya en la antigüedad legó el historiador ateniense Tucídides a la humanidad. Y, como inspirador de los ideales de los Padres Fundadores, se ocupó de los endebles (aunque no liberó a los esclavos que poseía) cuando trazó las directrices de la América emancipada.

Gracias a Jefferson y a sus compañeros fundadores, la piedra angular de la política en Estados Unidos sería la de los contrapoderes que limitan la acción del gobierno. En la institucionalización de la democracia liberal, la nación que este año cumple dos siglos y medio de vida sería la first.

Sin embargo la máxima del ateniense resume en toda su cínica crudeza lo que valora, aprueba y divulga el presidente de los Estados Unidos. Trump seguramente no tiene la más remota idea de quien fue el autor en el siglo V a.C. de la Historia de la Guerra del Peloponeso pero su santo y seña es Might is right, la ley del más fuerte que le da la razón al que dispara sin más contemplaciones.

Mark Carney, el primer ministro de Canadá, tecnócrata humanista y hombre público que sí tiene a Tucídides en la mochila, recurrió al aforismo del ateniense, en una lección magistral que impartió a las élites reunidas en Davos, Suiza, la víspera de la llegada de Trump al happening del Foro Económico Mundial.

Carney se rebela contra el fuerte y se ha dedicado a la política para que el débil sea amparado. No acepta la inevitabilidad de que unos puedan hacer lo que quieran mientras otros están condenados a sufrir las consecuencias de esa fuerza.

Un 'jeffersoniano'

El liberal Carney es jeffersoniano a lo hora de tomar el pulso al fin de una época. Lo hace porque es honesto y no disimula lo que son realidades. En Davos dijo que una era de relaciones internacionales se había acabado y, con pragmatismo, sugirió el marco de una nueva.

Dijo que el viejo orden que intentaba resolver problemas colectivamente se acabó porque se lo había cargado la rivalidad entre los grandes poderes. Criticó amargamente la política de apaciguamiento con Trump y su propuesta es que los estados intermedios, o medianos, como Canadá han de valerse por sí mismos y apoyarse mutuamente.

Antiguo gobernador del Banco de Canadá, 2008-2013, y del Banco de Inglaterra, 2013-2020, Carney es una rara avis en la política y merece ser escuchado. En cierta manera es un Mario Draghi transatlántico que al frente del gobierno de un país en el hemisferio occidental que es miembro del grupo G7, es decir, que es un muy próspero país. Canadá tiene una frontera de casi nueve mil kilómetros con Estados Unidos.

El italiano, que fue gobernador del Banco de Italia, y, en plena crisis de la deuda soberana, del Banco Central Europeo fue nombrado primer ministro del país transalpino, también miembro del G7, de manera interina y transitoria. Carney, que al igual que lo fue Draghi es un recién llegado a la política parlamentaria, ganó sorpresivamente las elecciones generales el año pasado en Canadá como candidato del Partido Liberal y podrá gobernar con una confortable mayoría hasta 2030.

Carney ganó con holgura porque se opuso rotundamente a un Trump que al jurar hace un año por segunda vez el cargo de presidente se puso a fanfarronear que Canadá estaba llamada a convertirse en el estado cincuenta y uno de la Unión. Al irse de la lengua, Trump hundió en la miseria al muy trumpista candidato del Partido Conservador que hasta entonces encabezaba cómodamente todas las encuestas electorales.

Los canadienses pueden ser más o menos progres pero al doscientos por cien son ciudadanos de un país soberano, constitucional y parlamentario, cosmopolita y multicultural cuyo jefe de estado es el titular de la corona británica. Carlos III se desplazó a la capital Ottawa para presidir la investidura de Carney como primer ministro. A los canadienses no se les pasa por la cabeza ser vasallos de Washington.

Carney se enteró antes que ningún otro líder de la democracias liberales de la amenaza real que representa Trump al bloque occidental porque Canadá fue una temprana víctima de la rupturista estrategia arancelaria que persigue su vecino. El tariff es la palabra más bonita en el idioma inglés según Trump y es su arma predilecta.

El canadiense fue el primero en entender hasta qué punto Trump es un verdadero elefante en la cacharrería que alberga las instituciones multilaterales -la ONU, la OMC, la COP etc.- que se han ido creando en los últimos ochenta años. El desprecio de Trump por los organismos colectivos se extiende a la OTAN y a la Unión Europea. Acusa a ambos de aprovecharse de Estados Unidos.

Por su cercanía a Washington, Carney habla con autoridad sobre el peligro de todo intento de apaciguar a Trump. Y en Davos dijo que es de ilusos seguir hablando de una rules based society porque ese nivelado campo de juego nunca fue tan equilibrado como presumía ser y porque, en todo caso, ha desaparecido.

Las normas que a partir de 1945 fueron consensuadas por la sociedad occidental no pueden ser recuperadas y lo que han de hacer los estados medianos como Canadá y como los demás que hasta ahora pastoreaba Washington es independizarse de Estados Unidos, fortalecer lazos bilaterales y fijar nuevas reglas que serán comunes a todos ellos. Serán reglas basadas en valores como son la equidad, la solidaridad, la sostenibilidad y la soberanía.

Anteayer, el día después del discurso de Carney, habló Trump durante más de una hora. La arenga del presidente de Estados Unidos fue la habitual. Llevaba la marca de la casa, y fue divagante y farragosa.

Trump se fue por las ramas, victimistas unas, triunfalistas otras y, aquí y allá, las ramas eran retadoras. Le faltó tiempo para decirle a Carney lo mucho que Canadá dependía de Estados Unidos. En partes fue difícil seguirle a Trump porque parecía confundir Groenlandia con Islandia. Casi de pasada se refirió al " pedazo de hielo" que quería y dijo que eso no era "mucho pedir".

Trump no engaña. Es lo que es y lo que es más que ninguna otra cosa es imprevisible. Dijo en Davos que no iba a tomar Groenlandia por la fuerza cuando la semana anterior no descartó invadirla. Cualquiera sabe lo que dirá la semana que viene.

Se comprende la nostalgia que sintieron muchos en el Foro de las elites por otros Estados Unidos, por el de Jefferson, el de Kennedy, el de tantos americanos más, los que merecidamente ganaron el Nobel entre ellos.

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Fuente original: Leer en Expansión
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