- JAVIER AYUSO
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Pedro Sánchez ha conseguido el objetivo que buscaba con el 'no a la guerra'. No pretendía defender unos principios o unos valores a los que renuncia cuando lo necesita; tampoco liderar un movimiento internacional que dé prestigio e influencia a España. Lo que realmente estaba en su punto de mira era cambiar el estado de ánimo de los votantes de izquierdas, que habían pasado de la incertidumbre a la decepción y acabado en una profunda depresión ante los acontecimientos surgidos en los últimos años y ante los fracasos electorales que parecen no tener fin. Pero al recuperar el lema reciclado de 2003, el líder socialista ha insuflado un poco de adrenalina a los militantes y seguidores progresistas.
Esto no quiere decir que se vaya a producir un cambio en las perspectivas electorales el próximo domingo en Castilla y León; ni siquiera en junio cuando se celebren los comicios en Andalucía. Pero, por lo menos, esos millones de votantes históricos de las formaciones de izquierdas han encontrado algo a que agarrarse, que les anime a manifestarse en las calles como en la guerra de Irak y que, a lo mejor, les empuje a volver a votar y acabar con un largo período de abstención. Por lo pronto, el eslogan ha eclipsado cualquier otro debate político en España.
Este fin de semana se ha comprobado que la campaña iniciada desde La Moncloa con el "no a la guerra" se ha convertido ya en el eje de cualquier movilización. Las manifestaciones por el 8-M y la defensa de la igualdad de la mujer han dejado el feminismo en un segundo plano para ondear las banderas del pacifismo. Incluso el mitin electoral de Sánchez el pasado sábado se centró en el lema que se ha convertido en el mantra de la izquierda y, sobre todo, del PSOE en sus intervenciones públicas.
El presidente se situó delante de una enorme pantalla en la que primero aparecía la imagen del 'no a la guerra' y luego ondeaba una enorme bandera de España. El patriotismo largamente olvidado por el gobierno progresista de coalición volvía a escena. Incluso algunos dirigentes y ministros socialistas utilizaban la rojigualda en sus cuentas de redes sociales. Los mismos que criticaban a quien llevaba pulseras con la bandera nacional.
Pero ya se sabe que cuando la factoría de contenidos de La Moncloa lanza un mensaje, se pone en marcha todo el aparato de Ferraz, de los ministerios e incluso de los medios de comunicación adictos al sanchismo. Y en esta ocasión han encontrado un buen relato que, además, se ha fortalecido con el cambio de actitud de algunos de los socios comunitarios, que se han sumado a las críticas contra la guerra iniciada por Israel y Estados Unidos contra Irán. Los socialistas saben que cuanto más dure el conflicto y peores efectos tenga sobre la economía mundial, mayor éxito tendrá su movimiento del "no a la guerra". Así que, la operación marcha viento en popa.
La ofensiva está consiguiendo, además, volver a situar a Alberto Núñez Feijóo en una posición incómoda y a Santiago Abascal en una nueva galopada radical; algo que gusta mucho en el PSOE. La verdad es que el líder del PP suele fallar cuando se producen cambios inesperados de escenario provocados por Sánchez. Reacciona pronto, luego duda y más tarde intenta recuperar la iniciativa perdida. Esta vez le ha vuelto a suceder lo mismo y ha quedado desarbolado como otras veces.
La única oposición seria a la campaña del Gobierno ha sido la de sus antiguos socios de Podemos. Pablo Iglesias ha aprovechado la ocasión para criticar duramente la ofensiva desde su cómoda situación de activista y tabernero. Pero ha dado en el clavo al denunciar que mientras el "no a la guerra" se quede en un eslogan no servirá para nada. El exlíder de la formación morada defiende que mientras Sánchez ondea la bandera del pacifismo, sigue yendo de la mano de Estados Unidos con apoyo militar y que no dice la verdad cuando asegura que no permite a Donald Trump utilizar sus bases en España en su guerra contra Irán. Los datos dan la razón a Iglesias.
De cualquier forma, la campaña sigue adelante y consigue cada día más adeptos dentro y fuera de España. Lo que no se sabe es hasta cuándo durará ese estado de euforia contra los "demonios" de Washington y Tel Aviv. Aunque cada día hay más razones para oponerse a la guerra, no hay que descartar que el lema reciclado se vaya agotando poco a poco y acabe tan quemado como el "derecho a decidir" o el "España nos roba" de los independentistas catalanes.
Lo que sí ha conseguido, además de dar un poco de aire al Gobierno, es que se reabra el debate sobre la posibilidad de adelantar las elecciones generales. Durante el fin de semana se volvía a rumorear la convocatoria de un "superdomingo" en junio, haciendo coincidir las elecciones de Andalucía, Cataluña y España. Algo que ha desmentido rotundamente el aparato de La Moncloa y el propio Sánchez. Aunque ya se sabe que hay que negar ese tipo de decisiones hasta un minuto antes de que se produzcan.
En los círculos socialistas más cercanos al presidente se insiste en que piensa aguantar toda la legislatura pase lo que pase. Ni los casos de corrupción, ni su extrema debilidad parlamentaria que le ha impedido aprobar los presupuestos durante tres años le van a llevar a convocar unas elecciones que tiene perdidas. Según un analista sanchista, "el no a la guerra no es un eslogan para unas elecciones, sino la excusa para seguir sin convocarlas". Tiene sentido.
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