Una de las grandes habilidades de Sánchez es su control del debate público, creando y moldeando interesadas corrientes de opinión, así como su dominio sobre el estado de ánimo de la derecha política y cultural española. Prueba de ello es el estado neurótico-depresivo en el que ha entrado parte de la familia popular tras las elecciones de Aragón. A pesar de que la victoria de Azcón ha sido clara e indiscutible -sacando ocho diputados a Alegría-, la derecha ha interiorizado el marco discursivo que más le interesaba al Gobierno y está debatiendo y peleándose entre sí sobre las relaciones del PP con Vox. Incluso se plantea la futura desaparición del PP como partido hegemónico del centroderecha español, cuando los resultados de las últimas elecciones autonómicas y los sondeos dicen todo lo contrario: es el PSOE el que afronta un problema existencial con Vox.
Aun con sus repetidos e infantiles errores, y sin tener definido un proyecto para España, la situación del PP -con la mayoría del poder local y autonómico en sus manos- es infinitamente mejor que la de sus socios europeos (empezando por el canciller alemán Merz) para hacer frente a la emergencia populista. A través de los gobiernos que controla, el PP puede combatir la demagogia antisistema con dos armas eficaces: la buena gestión -como la de Moreno Bonilla ante las riadas en Andalucía- y la integración de Vox en los diferentes ejecutivos para que asuman el inevitable coste de gobernar o, en su defecto, queden retratados como unos oportunistas.
El PP sigue siendo el receptor del voto central y templado. El de una mayoría de clases medias que trabaja, paga la hipoteca y demasiados impuestos, y que, por lo tanto, aspira a acabar con el sanchismo y revertir sus dañinas políticas; pero sin caer en una deriva nihilista que se lleve por delante el sistema democrático y social. En cambio, la situación del PSOE ante Vox es mucho más crítica: las elecciones de Aragón muestran que España avanza hacia un escenario «a la francesa», con Vox creciendo en sectores que tradicionalmente votaban a la izquierda, como la clase trabajadora y los jóvenes, que ven en el partido de Abascal una marca refugio del descontento social por la condena a una vida precaria.
Después de atraer al voto más radical de la derecha, lo que le permitió cimentar una sólida base electoral, Vox se ha lanzado a por el elector del PSOE -como hizo el lepenismo con el socialismo francés- con un programa ideológico antiliberal y contrario al libre mercado que, en muchos aspectos, se parece al de Podemos (del mismo modo que Le Pen coincide bastante con Mélenchon). Esta mutación de Vox, de partido de ultraderecha nacionalista a partido antisistema, sigue un patrón «rojipardo» en el que confluyen las derechas y las izquierdas radicales europeas -cuya principal víctima está siendo la vieja socialdemocracia-, y que teoriza el filósofo italiano Fusaro en Sinistrash (El viejo topo): «Debemos superar el callejón sin salida de la dicotomía entre derecha e izquierda para volver a conectar con las masas social populares».
Si afina, Vox puede lograr aquello que intentó Podemos: acabar con el PSOE por (gran) reemplazo. Y en seria competición con el propio Sánchez, quien para su supervivencia personal, al intentar que Vox crezca tanto que haga imposible a Feijóo construir un gobierno de coalición, está sacrificando al partido. Haría bien, pues, lo que queda de socialdemocracia sensata en entender rapidito que Sánchez es hoy el mejor aliado de Vox y el peor enemigo del PSOE.