Viernes, 02 de octubre de 2026 Vie 02/10/2026
RSS Contacto
MERCADOS
Cargando datos de mercados...
Cultura

Santiago Lorenzo: «Si no metes odio en una novela te queda una bazofia»

Santiago Lorenzo: «Si no metes odio en una novela te queda una bazofia»
Artículo Completo 2,750 palabras
Es tan fácil salir del pueblo que lo difícil es quedarse: no hay ni cinco minutos de punta a punta. La frontera la marca una cruz de piedra del año 1796, erigida al borde de un camino que seguramente lleve a ninguna parte. «Pues esto es todo», dice Santiago Lorenzo (Portugalete, 1964), con los brazos en jarras y esa sonrisa de niño que está enseñando el fuerte. Aquí el GPS no funciona, tampoco hace falta. Hay una iglesia románica, una bodega abandonada, un estanque que ha vivido tiempos mejores y un montón de silencio. Paladas de silencio y tranquilidad. En cuanto a la vida, están las vacas, los patos y nosotros desafiando el vacío.«Ahora en el pueblo somos nueve, pero cuando llegué, hace casi cuatro años, éramos tres. Tres hombres solteros», suelta, y soltando llega la primera risotada del día. Luego dirá: «Pero a mí lo que me gusta es la gente, el género humano». Y tendrá sentido.—¿Por qué acabó aquí y no en otra parte?—¿En el pueblo? Pues estuve diez años en otro y luego me vine a este. En los dos sitios me pasó lo mismo: llegué y sonaba como Mahler. Parece muy chorra pero es la puta verdad [vuelve a reír y después deja un silencio]. También es cierto que buscas antes una casa que un pueblo, lo cual es un poco absurdo porque va a incidir mucho más en tu estado de ánimo el pueblo que la casa. Porque yo puedo vivir en cualquier lado, he vivido en sitios horribles y guardo un recuerdo maravilloso. No sé.Dice mucho eso, no sé, y luego viene con otra idea, otro recuerdo, otro artefacto, otra ocurrencia. Su duda es metódica. «Yo dejé el alcohol hace 21 años, pero tomo una copa al año. Te preguntarás: ¿Y cuándo es?, ¿en Nochevieja, el día de tu cumple? Pues no, es un día en el que de repente digo: '¡Es hoy!'. Esto es igual. De repente dije: 'Es aquí'».No diremos el nombre del pueblo por privacidad y porque tampoco hace falta: es uno de esos pueblos, simplemente, donde hay que querer vivir. No tiene nada que ver con Mardones, una localidad de tres mil habitantes horrorosamente fea donde sucede su nueva novela. «Esto tiene su encanto. Como todo el mundo salió pitando se mantiene la piedra, y la piedra nos gusta a todos, ¿no? La iglesia debe ser del siglo XIII. Y en cuanto algo es viejo, a todos nos gusta también. Y el lago ese ahora está muy feo, pero en invierno está bonito, y cuando nieva ni te cuento».Ya estamos en la puerta: «Pasad, he preparado café».***Conviene decir quién es el hombre del café. Lorenzo llegó a Madrid a los dieciséis años, estudió imagen y guion y dirección escénica y creó una productora, El Lápiz de la Factoría, porque Lorenzo es uno de esos hombres que hacen cosas con las manos. En 1995 produjo el corto 'Caracol, col, col', que se llevó el Goya, y en 1997 dirigió un largo, 'Mamá es boba', y en 2007 otro más del que prefiere no hablar, por el destrozo. Luego llegaron las novelas, que a su modo definen su mundo: 'Los huerfanitos', donde tres hermanos que se odian deben montar una obra de teatro para salvar sus vidas; 'Los millones', en la que a un miembro del GRAPO le toca la Primitiva pero no puede cobrarla porque no tiene DNI; 'Las ganas', sobre un hombre feo con síndrome de abstinencia sexual… Es todo un poco así: él, su literatura, su humor. Su gran éxito fue con 'Los asquerosos', la historia de un tipo que huye de Madrid por un crimen que no quiere pagar y acaba aislado y feliz, lejos de todo. Ahora publica 'Contenta' (Blackie Books, como el resto), donde una mujer recibe el encargo de hacer un vídeo para promocionar el turismo de Mardones, un sitio donde lo único que sobra, claro, es fealdad.—Después de pensar tanto en la fealdad, ¿dónde encuentra la belleza?—Recuerdo que en el año 89 un periódico escogió Baracaldo como uno de los peores pueblos de España para vivir. Y recuerdo que mucha gente dijo: a ver, aquí se vive muy bien, es verdad que hay un poco de humo, que estamos un poco apretados, que todo el pueblo está construido en una ladera, pero aquí estamos fenomenal. Es todo tan relativo… La única belleza objetiva es el modernismo. Todos los arquitectos 'lecorbuserianos' que montan cajas de zapatos y pastillas y tal viven en casas modernistas, por algo será. En el modernismo todo el mundo encuentra la belleza.—'Contenta' es una historia de perdedores, de gente que jamás tendrá la posibilidad de la victoria. La protagonista es una mujer miope y casi sorda que se dedica a la imagen y al sonido. ¿Qué puede salir mal?—Va sobre eso: incluso la gente que menos pinta tiene de merecer la pena merece la pena. Es mi experiencia. Y es preferible ir con esta actitud y considerar a todo el mundo para bien, aunque sea solo de primeras. Es preferible fracasar y llevarte el chasco a renunciar a toda posibilidad de contacto. No sé, yo tengo afición al género humano. Lo que pasa es que lo interesante es cuando la afición al género humano queda frustrada. En 'Los asquerosos' se odiaba bastante, y aquí también, porque una novela necesita conflicto y, por tanto, necesita personas que odien a otras o que amen a otras. La literatura necesita que alguien se ponga a odiar a alguien. Si no metes odio en una novela te queda una bazofia.«La única belleza objetiva es el modernismo. Todos los arquitectos 'lecorbuserianos' que montan cajas de zapatos y pastillas viven en casas modernistas, por algo será»—Hay mucho odio aquí, pero también un amor muy cervantino por estos personajes desastrados.—Hace tres años leí 'El Quijote', que es una cosa que yo no había hecho. Y toda la segunda parte es un relato de crueldad hacia unos personajes que el autor ama. Les hacen putadas todo el tiempo y la gente se ríe de ellos, porque han leído la primera parte... Es una puta genialidad. Quiero pensar que me influyó [y se parte]. Ya hay que ser cretino, pretender que vas a remedar a Cervantes… [y ahora se cambia el tono a serio]. Yo hice hace unos años una película que se llama 'Mamá es boba'… Es una película sobre una sociedad que se ríe de una mujer que es una limpiadora de suelos a la que convierten en una estrella de la televisión local. Siempre me ha interesado eso de la gente que se está riendo de otra gente, por la sencilla razón de que esta gente suele ser más risible todavía que los reídos. Y esto sin perjuicio de que haya mucha gente que se merece no solo que se rían de ellos, sino que les partan la cara. —En la novela la gente se quiere porque todos odian al mismo. Se unen y encuentran la cohesión por un odio compartido…—Todo el pueblo está como en un Fuenteovejuna, diciendo: «Bueno, tampoco pasa nada si a partir de hoy nos falta este, de hecho hasta estamos mejor» [ríe]. Fuenteovejuna es el gran ejemplo clásico, pero están sucesos como el gueto de Varsovia o como el 2 de mayo.De repente mira el reloj de la cocina y suelta: «¿Os importa que fume? Es que son las doce, y siempre fumo a esta hora». Se levanta, abre uno de los armarios y saca un puro. «En esta casa siempre hay stock».***Por toda la casa hay blocs de notas y lapiceros. «Nunca sabes cuándo se te va a ocurrir una pijada», se justifica. También hay mucho espacio: «Es lo único que sobra aquí». En la planta de arriba está el taller, en el que hay una mesa para escribir y otra para las maquetas; esta es tres veces más grande. Lorenzo tiene tantos trenes que ha renunciado a contarlos. ¿Cuánto tiempo puede estar con una maqueta? «No lo sé, en 2001 compré un barco del Mississippi, como de Mark Twain, y creo que no lo voy a acabar en la vida». Al otro lado de la ventana hay un jardín seco y una tienda de campaña: «Cuando hace calor es una gozada dormir al fresco». —¿Qué es lo más duro de vivir lejos de todo y de todos?—Nada. Lo duro sería no conocer tu perfil. Sería pretender vivir aquí sin conocerte. Me he encontrado muchos casos así, de gente que acaba marchándose porque ha visto una casa muy bonita en la revista 'Habitat' y se cree que le va a gustar vivir en el campo. Y no le va a gustar, claro. Y se ve mucho al revés, gente que llegó a una gran ciudad y la ciudad se los comió. Y es por no haber hecho esa reflexión de dónde quieres vivir realmente… Para mí no hay nada duro en vivir aquí, pero es personal e intransferible. Hombre, me gustaría que hubiera pastelerías. Y tiendas de maquetas, pero estamos muy lejos de conseguirlo.—¿Y aquí los días duran más o menos?—Duran exactamente igual. Exactamente igual. Lo mismo. Pero te lo estoy diciendo y me estoy dando cuenta de que creo justo lo contrario, que no duran para nada lo mismo. Es una pregunta complicadísima. —En la novela la protagonista acaba yendo al bar a matar las horas, que se le hacen larguísimas, pero en este pueblo no hay bar.—Ni aquí ni a muchos kilómetros a la redonda. Hay muchos pueblos sin bar en esta comarca. Igual es que se puede vivir sin bar, o igual se están vaciando porque no hay bar [y ríe]. Yo pasé mucho tiempo en bares como el del libro. Y me acuerdo mucho. Ese bar de al lado al que no iba nadie. Esos sitios con olor a sobaco, a tabaco… —¿A qué dedica sus días?—Pues me inflo a leer, estoy con las 'maquetuelas'… No sé cómo se me pasa el tiempo, pero se me pasa. Y eso que cada vez duermo menos. Se me pasan las horas como a un bobo. Pero esa era la idea al venir aquí.—¿Y cómo es eso de que su gran afición es el género humano? Nadie lo diría.—Me parece que lo único en que merece la pena pensar es en las personas. O sea, en la gente. En quién te cae mal, en quién te cae bien, en por qué. Es perfectamente compatible que tú estés pensando todo el día en el ser humano y en las personas aún estando solo. No sé. A mí no me gusta el fútbol, ni los deportes, ni el golf. Si te gusta el tenis, igual acabas jugando al tenis y consiguiendo una buena forma física. Pero si tu interés es el ser humano pues sacas estas mierdas [y señala su libro]. —El motor de la historia es la precariedad. Para empezar, la protagonista se va al pueblo porque no puede alquilarse un piso en Alcalá de Henares.—Todas las novelas y las películas que me gustan empiezan con una situación de precariedad. Soy absoluto fan de 'La gran evasión'. Eso sí que es precariedad. O la del 'Lazarillo', que a mí me parece el modelo de novela, junto con 'Robinson Crusoe', otra historia de precariedad… Es que sin precariedad ya me dirás que historia vas a contar. A mí lo que me choca es que luego esto se considerara como una novela social. No, es que es una cuestión meramente narrativa. Es tan fértil la precariedad… Y además, la hemos sufrido todos. Yo me imagino que muchas veces Mario Conde tiene que decir: «Joder, no me llega». También Mario Conde sufre la precariedad [ríe]. «No me llega, es que quiero quince metros de eslora, no diez».«No hay nada duro en vivir solo y lejos de todo. Lo duro sería no conocer tu perfil. Sería pretender vivir aquí sin conocerte»—Ha citado antes a Lope, a Cervantes… ¿De qué literatura se siente deudor?—Yo creo que me han marcado más las películas. Sí, eso de coger y que en un guion solo aparezca lo imprescindible y luego a partir de ahí dejar que entre el director de arte, la de vestuario, el de la foto y que se pongan a decorar aquello. Pero es cierto que sobre todo leo a españoles. Lo cual me gusta. Me parece una buena señal, como que te interesa tu país.Y entonces recita alguna de sus obsesiones, recientes y antiguas, enormes o no: Dionisio Ridruejo («es que yo lo admiro hasta personalmente; cuando estuvo en Carabanchel hizo amistades con los presos comunes, les encantaba el hecho de que el tío pudiera recitar a Garcilaso»), Julio Gil Pecharromán («ha escrito un ensayo sobre el montón de guerras que hubo entre el 18 y el 39… Es una gozada oírle y leerlo»), Isaac Rosa («me ha gustado mucho 'Las buenas noches'»), Juan Manuel Gil («me compré 'Majareta' por la portada y qué acierto»), 'Desperta Ferro' («qué gozada de revista»), Miguel Noguera («no es un escritor, pero es un genio en el sentido literal») y Galdós. «No es muy original, pero es que a mí el que siempre me ha gustado es Galdós. Y mira que hay pasajes para saltárselos, pero es fantástico. Ya empiezo a tener problemas para encontrar cosas de Galdós que no haya leído. Lo cual significa haberlo leído mucho, porque anda que no escribió, el cabrón. Se quedó ciego de escribir, mojando la pluma». —¿Ya tiene un método de escritura?—Pues se me ocurre una parida, la apunto en el bloc de notas, y cuando tengo un taco como de ocho centímetros empiezo a clasificar: acto uno, acto dos, acto tres... Y así va saliendo. Lo importante es que no me dé vergüenza lo que se publique, mimar el texto. Y cuando acabo lo quemo todo. Ahora me he puesto una chimenea y tengo unas ganas tremendas de que llegue el frío para estrenarla. Ahí va a ir todo el manuscrito de 'Contenta'. —¿Pero quema por afán de limpieza o de pasar página?—Por las dos cosas. Y porque es una gozada quemar. Yo estudié en un colegio del Opus, allí en Leioa. Y recuerdo que anotábamos los sacrificios en notitas de papel: si te levantabas media hora antes del despertador, si dabas diez pesetas en misa… Y al final de mes se rompía la hucha donde habíamos metido todas las notitas con los sacrificios y se quemaba el papel para que lo recibiera la virgen. Pues eso se me ha debido de quedar dentro [ríe]. Era una gozada calentarse con eso. Además, nunca sabes si va a ser la única utilidad que le vas a sacar a la novela. Que te caliente un poco los pies.***A la salida del taller de Santiago Lorenzo hay un pósit en el suelo con una flecha que señala la mesa de carpintería. —¿Y esto?—Es para recordarme que ahí hay un montón de cosas interesantes por hacer.

Es tan fácil salir del pueblo que lo difícil es quedarse: no hay ni cinco minutos de punta a punta. La frontera la marca una cruz de piedra del año 1796, erigida al borde de un camino que seguramente lleve a ninguna parte. «Pues esto ... es todo», dice Santiago Lorenzo (Portugalete, 1964), con los brazos en jarras y esa sonrisa de niño que está enseñando el fuerte. Aquí el GPS no funciona, tampoco hace falta. Hay una iglesia románica, una bodega abandonada, un estanque que ha vivido tiempos mejores y un montón de silencio. Paladas de silencio y tranquilidad. En cuanto a la vida, están las vacas, los patos y nosotros desafiando el vacío.

«Ahora en el pueblo somos nueve, pero cuando llegué, hace casi cuatro años, éramos tres. Tres hombres solteros», suelta, y soltando llega la primera risotada del día. Luego dirá: «Pero a mí lo que me gusta es la gente, el género humano». Y tendrá sentido.

—¿Por qué acabó aquí y no en otra parte?

—¿En el pueblo? Pues estuve diez años en otro y luego me vine a este. En los dos sitios me pasó lo mismo: llegué y sonaba como Mahler. Parece muy chorra pero es la puta verdad [vuelve a reír y después deja un silencio]. También es cierto que buscas antes una casa que un pueblo, lo cual es un poco absurdo porque va a incidir mucho más en tu estado de ánimo el pueblo que la casa. Porque yo puedo vivir en cualquier lado, he vivido en sitios horribles y guardo un recuerdo maravilloso. No sé.

Dice mucho eso, no sé, y luego viene con otra idea, otro recuerdo, otro artefacto, otra ocurrencia. Su duda es metódica. «Yo dejé el alcohol hace 21 años, pero tomo una copa al año. Te preguntarás: ¿Y cuándo es?, ¿en Nochevieja, el día de tu cumple? Pues no, es un día en el que de repente digo: '¡Es hoy!'. Esto es igual. De repente dije: 'Es aquí'».

No diremos el nombre del pueblo por privacidad y porque tampoco hace falta: es uno de esos pueblos, simplemente, donde hay que querer vivir. No tiene nada que ver con Mardones, una localidad de tres mil habitantes horrorosamente fea donde sucede su nueva novela. «Esto tiene su encanto. Como todo el mundo salió pitando se mantiene la piedra, y la piedra nos gusta a todos, ¿no? La iglesia debe ser del siglo XIII. Y en cuanto algo es viejo, a todos nos gusta también. Y el lago ese ahora está muy feo, pero en invierno está bonito, y cuando nieva ni te cuento».

Ya estamos en la puerta: «Pasad, he preparado café».

Conviene decir quién es el hombre del café. Lorenzo llegó a Madrid a los dieciséis años, estudió imagen y guion y dirección escénica y creó una productora, El Lápiz de la Factoría, porque Lorenzo es uno de esos hombres que hacen cosas con las manos. En 1995 produjo el corto 'Caracol, col, col', que se llevó el Goya, y en 1997 dirigió un largo, 'Mamá es boba', y en 2007 otro más del que prefiere no hablar, por el destrozo. Luego llegaron las novelas, que a su modo definen su mundo: 'Los huerfanitos', donde tres hermanos que se odian deben montar una obra de teatro para salvar sus vidas; 'Los millones', en la que a un miembro del GRAPO le toca la Primitiva pero no puede cobrarla porque no tiene DNI; 'Las ganas', sobre un hombre feo con síndrome de abstinencia sexual… Es todo un poco así: él, su literatura, su humor. Su gran éxito fue con 'Los asquerosos', la historia de un tipo que huye de Madrid por un crimen que no quiere pagar y acaba aislado y feliz, lejos de todo. Ahora publica 'Contenta' (Blackie Books, como el resto), donde una mujer recibe el encargo de hacer un vídeo para promocionar el turismo de Mardones, un sitio donde lo único que sobra, claro, es fealdad.

—Después de pensar tanto en la fealdad, ¿dónde encuentra la belleza?

—Recuerdo que en el año 89 un periódico escogió Baracaldo como uno de los peores pueblos de España para vivir. Y recuerdo que mucha gente dijo: a ver, aquí se vive muy bien, es verdad que hay un poco de humo, que estamos un poco apretados, que todo el pueblo está construido en una ladera, pero aquí estamos fenomenal. Es todo tan relativo… La única belleza objetiva es el modernismo. Todos los arquitectos 'lecorbuserianos' que montan cajas de zapatos y pastillas y tal viven en casas modernistas, por algo será. En el modernismo todo el mundo encuentra la belleza.

—'Contenta' es una historia de perdedores, de gente que jamás tendrá la posibilidad de la victoria. La protagonista es una mujer miope y casi sorda que se dedica a la imagen y al sonido. ¿Qué puede salir mal?

—Va sobre eso: incluso la gente que menos pinta tiene de merecer la pena merece la pena. Es mi experiencia. Y es preferible ir con esta actitud y considerar a todo el mundo para bien, aunque sea solo de primeras. Es preferible fracasar y llevarte el chasco a renunciar a toda posibilidad de contacto. No sé, yo tengo afición al género humano. Lo que pasa es que lo interesante es cuando la afición al género humano queda frustrada. En 'Los asquerosos' se odiaba bastante, y aquí también, porque una novela necesita conflicto y, por tanto, necesita personas que odien a otras o que amen a otras. La literatura necesita que alguien se ponga a odiar a alguien. Si no metes odio en una novela te queda una bazofia.

«La única belleza objetiva es el modernismo. Todos los arquitectos 'lecorbuserianos' que montan cajas de zapatos y pastillas viven en casas modernistas, por algo será»

—Hay mucho odio aquí, pero también un amor muy cervantino por estos personajes desastrados.

—Hace tres años leí 'El Quijote', que es una cosa que yo no había hecho. Y toda la segunda parte es un relato de crueldad hacia unos personajes que el autor ama. Les hacen putadas todo el tiempo y la gente se ríe de ellos, porque han leído la primera parte... Es una puta genialidad. Quiero pensar que me influyó [y se parte]. Ya hay que ser cretino, pretender que vas a remedar a Cervantes… [y ahora se cambia el tono a serio]. Yo hice hace unos años una película que se llama 'Mamá es boba'… Es una película sobre una sociedad que se ríe de una mujer que es una limpiadora de suelos a la que convierten en una estrella de la televisión local. Siempre me ha interesado eso de la gente que se está riendo de otra gente, por la sencilla razón de que esta gente suele ser más risible todavía que los reídos. Y esto sin perjuicio de que haya mucha gente que se merece no solo que se rían de ellos, sino que les partan la cara.

—En la novela la gente se quiere porque todos odian al mismo. Se unen y encuentran la cohesión por un odio compartido…

—Todo el pueblo está como en un Fuenteovejuna, diciendo: «Bueno, tampoco pasa nada si a partir de hoy nos falta este, de hecho hasta estamos mejor» [ríe]. Fuenteovejuna es el gran ejemplo clásico, pero están sucesos como el gueto de Varsovia o como el 2 de mayo.

De repente mira el reloj de la cocina y suelta: «¿Os importa que fume? Es que son las doce, y siempre fumo a esta hora». Se levanta, abre uno de los armarios y saca un puro. «En esta casa siempre hay stock».

Por toda la casa hay blocs de notas y lapiceros. «Nunca sabes cuándo se te va a ocurrir una pijada», se justifica. También hay mucho espacio: «Es lo único que sobra aquí». En la planta de arriba está el taller, en el que hay una mesa para escribir y otra para las maquetas; esta es tres veces más grande. Lorenzo tiene tantos trenes que ha renunciado a contarlos. ¿Cuánto tiempo puede estar con una maqueta? «No lo sé, en 2001 compré un barco del Mississippi, como de Mark Twain, y creo que no lo voy a acabar en la vida». Al otro lado de la ventana hay un jardín seco y una tienda de campaña: «Cuando hace calor es una gozada dormir al fresco».

—¿Qué es lo más duro de vivir lejos de todo y de todos?

—Nada. Lo duro sería no conocer tu perfil. Sería pretender vivir aquí sin conocerte. Me he encontrado muchos casos así, de gente que acaba marchándose porque ha visto una casa muy bonita en la revista 'Habitat' y se cree que le va a gustar vivir en el campo. Y no le va a gustar, claro. Y se ve mucho al revés, gente que llegó a una gran ciudad y la ciudad se los comió. Y es por no haber hecho esa reflexión de dónde quieres vivir realmente… Para mí no hay nada duro en vivir aquí, pero es personal e intransferible. Hombre, me gustaría que hubiera pastelerías. Y tiendas de maquetas, pero estamos muy lejos de conseguirlo.

—¿Y aquí los días duran más o menos?

—Duran exactamente igual. Exactamente igual. Lo mismo. Pero te lo estoy diciendo y me estoy dando cuenta de que creo justo lo contrario, que no duran para nada lo mismo. Es una pregunta complicadísima.

—En la novela la protagonista acaba yendo al bar a matar las horas, que se le hacen larguísimas, pero en este pueblo no hay bar.

—Ni aquí ni a muchos kilómetros a la redonda. Hay muchos pueblos sin bar en esta comarca. Igual es que se puede vivir sin bar, o igual se están vaciando porque no hay bar [y ríe]. Yo pasé mucho tiempo en bares como el del libro. Y me acuerdo mucho. Ese bar de al lado al que no iba nadie. Esos sitios con olor a sobaco, a tabaco…

—Pues me inflo a leer, estoy con las 'maquetuelas'… No sé cómo se me pasa el tiempo, pero se me pasa. Y eso que cada vez duermo menos. Se me pasan las horas como a un bobo. Pero esa era la idea al venir aquí.

—¿Y cómo es eso de que su gran afición es el género humano? Nadie lo diría.

—Me parece que lo único en que merece la pena pensar es en las personas. O sea, en la gente. En quién te cae mal, en quién te cae bien, en por qué. Es perfectamente compatible que tú estés pensando todo el día en el ser humano y en las personas aún estando solo. No sé. A mí no me gusta el fútbol, ni los deportes, ni el golf. Si te gusta el tenis, igual acabas jugando al tenis y consiguiendo una buena forma física. Pero si tu interés es el ser humano pues sacas estas mierdas [y señala su libro].

—El motor de la historia es la precariedad. Para empezar, la protagonista se va al pueblo porque no puede alquilarse un piso en Alcalá de Henares.

—Todas las novelas y las películas que me gustan empiezan con una situación de precariedad. Soy absoluto fan de 'La gran evasión'. Eso sí que es precariedad. O la del 'Lazarillo', que a mí me parece el modelo de novela, junto con 'Robinson Crusoe', otra historia de precariedad… Es que sin precariedad ya me dirás que historia vas a contar. A mí lo que me choca es que luego esto se considerara como una novela social. No, es que es una cuestión meramente narrativa. Es tan fértil la precariedad… Y además, la hemos sufrido todos. Yo me imagino que muchas veces Mario Conde tiene que decir: «Joder, no me llega». También Mario Conde sufre la precariedad [ríe]. «No me llega, es que quiero quince metros de eslora, no diez».

«No hay nada duro en vivir solo y lejos de todo. Lo duro sería no conocer tu perfil. Sería pretender vivir aquí sin conocerte»

—Ha citado antes a Lope, a Cervantes… ¿De qué literatura se siente deudor?

—Yo creo que me han marcado más las películas. Sí, eso de coger y que en un guion solo aparezca lo imprescindible y luego a partir de ahí dejar que entre el director de arte, la de vestuario, el de la foto y que se pongan a decorar aquello. Pero es cierto que sobre todo leo a españoles. Lo cual me gusta. Me parece una buena señal, como que te interesa tu país.

Y entonces recita alguna de sus obsesiones, recientes y antiguas, enormes o no: Dionisio Ridruejo («es que yo lo admiro hasta personalmente; cuando estuvo en Carabanchel hizo amistades con los presos comunes, les encantaba el hecho de que el tío pudiera recitar a Garcilaso»), Julio Gil Pecharromán («ha escrito un ensayo sobre el montón de guerras que hubo entre el 18 y el 39… Es una gozada oírle y leerlo»), Isaac Rosa («me ha gustado mucho 'Las buenas noches'»), Juan Manuel Gil («me compré 'Majareta' por la portada y qué acierto»), 'Desperta Ferro' («qué gozada de revista»), Miguel Noguera («no es un escritor, pero es un genio en el sentido literal») y Galdós. «No es muy original, pero es que a mí el que siempre me ha gustado es Galdós. Y mira que hay pasajes para saltárselos, pero es fantástico. Ya empiezo a tener problemas para encontrar cosas de Galdós que no haya leído. Lo cual significa haberlo leído mucho, porque anda que no escribió, el cabrón. Se quedó ciego de escribir, mojando la pluma».

—Pues se me ocurre una parida, la apunto en el bloc de notas, y cuando tengo un taco como de ocho centímetros empiezo a clasificar: acto uno, acto dos, acto tres... Y así va saliendo. Lo importante es que no me dé vergüenza lo que se publique, mimar el texto. Y cuando acabo lo quemo todo. Ahora me he puesto una chimenea y tengo unas ganas tremendas de que llegue el frío para estrenarla. Ahí va a ir todo el manuscrito de 'Contenta'.

—¿Pero quema por afán de limpieza o de pasar página?

—Por las dos cosas. Y porque es una gozada quemar. Yo estudié en un colegio del Opus, allí en Leioa. Y recuerdo que anotábamos los sacrificios en notitas de papel: si te levantabas media hora antes del despertador, si dabas diez pesetas en misa… Y al final de mes se rompía la hucha donde habíamos metido todas las notitas con los sacrificios y se quemaba el papel para que lo recibiera la virgen. Pues eso se me ha debido de quedar dentro [ríe]. Era una gozada calentarse con eso. Además, nunca sabes si va a ser la única utilidad que le vas a sacar a la novela. Que te caliente un poco los pies.

A la salida del taller de Santiago Lorenzo hay un pósit en el suelo con una flecha que señala la mesa de carpintería.

—Es para recordarme que ahí hay un montón de cosas interesantes por hacer.

Renovables y territorio: desmontar mitos para descubrir una convivencia que suma

Rabadán, director de las estaciones de servicio: «El diésel no registra grandes cambios al mantenerse los 20 céntimos»

El Kindle más ligero de Amazon está ahora con descuento

Carlos Herrera: «Tengo serias dudas de que los decretos de vivienda vayan a tener apoyos en el Congreso. Ha sido un postureo ridículo y una estafa a los votantes de izquierda»

Pedro Piqueras: «Los decretos de vivienda están bien»

Esta funcionalidad es exclusiva para usuarios registrados.

Santiago Lorenzo: «Si no metes odio en una novela te queda una bazofia»

Santiago Lorenzo: «Si no metes odio en una novela te queda una bazofia»

Fuente original: Leer en ABC - Cultura
Compartir