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Economía

Trump contra Roma: una oportunidad para Europa

Trump contra Roma: una oportunidad para Europa
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Sería deseable que se aprovechase la oportunidad para encauzar unas actuaciones coordinadas y conjuntas en política exterior. Leer
OPINIÓNTrump contra Roma: una oportunidad para Europa
  • MARCO BOLOGNINI
Actualizado 16 ABR. 2026 - 15:29

Sería deseable que se aprovechase la oportunidad para encauzar unas actuaciones coordinadas y conjuntas en política exterior.

Lo primero, cerrar la boca. Para que nos entendamos: no es un llamamiento a la censura ni al régimen estricto, sino una simple sugerencia para que salgamos del estado de estupor en el que estamos sumidos y que nos deja anonadados. Las últimas intemperancias verbales de Donald Trump nos han dejado, una vez más, boquiabiertos.

Los bombardeos verborreicos del líder estadounidense han llegado hasta la Ciudad Eterna. Los blancos, en esta ocasión, han sido el Santo Padre y Giorgia Meloni. En contra de toda previsión, el oxigenado mandatario se ha encontrado con un frente compacto y duro, secular y religioso, a defender los principios esenciales que vertebran a Italia y Europa.

¿Barbarie frente a civilización?

La tentación de aplicar categorías tan tajantes, omnicomprensivas y dicotómicas es muy fuerte. La responsabilidad de ello descansa por completo en un presidente ruinoso que, además, adolece de rasgos caracteriales aparentemente patológicos. No obstante, caer en la trampa generalizadora sería un error y una injusticia, pues en este caso la acusación de ignorancia y barbarie es algo achacable a un hombre en concreto y a su menguante grupo de secuaces.

Lo que no sobra es afirmar que Europa sigue siendo, con todos sus defectos, la cuna de la civilización moderna.

Para comprender de alguna manera el momento tan escalofriante que estamos atravesando y el auge de un sujeto como Trump, aconsejo la lectura de un reciente ensayo corto titulado La hora de los depredadores (Seix Barral), cuyo autor, el politólogo italiano Giuliano da Empoli, fue asesor del ex primer ministro italiano Matteo Renzi, y lo es actualmente del presidente galo Emmanuel Macron. Con ese currículo tan extenso y prestigioso, da Empoli ha vivido de cerca y sigue frecuentando los círculos del poder verdadero, los mentideros en los que, lejos de las cámaras y los periodistas, se fragua el futuro de un país, de un continente, o del globo terráqueo.

Donald Trump es uno de los depredadores protagonistas de su libro y de nuestras vidas. Según da Empoli, estamos pasando por un periodo "borgiano y maquiavélico" en referencia directa al Maquiavelo y a su príncipe ideal, ese Cesare Borgia que hizo de astucia, acción y crueldad, las señas identitarias de sus políticas.

A Trump le falta la finura borgiana, sin duda, pero cumple con el requisito fundamental que detecta el autor en los depredadores modernos. En su opinión, El Príncipe (obra de Maquiavelo) es el manual del usurpador, del buscavidas que anhela conquistar el Estado. Muchas son las enseñanzas que los Cesare Borgia de nuestros días pueden sacar de la obra del Maquiavelo, pero una en particular destaca por encima de todas las demás. La primera ley del comportamiento estratégico es la acción. En una situación de incertidumbre quién no actúa puede tener la certeza que los cambios que ocurran le perjudicarán.

Pero hay más. Para que la acción tenga una virtualidad rompedora, debe producirse de forma brusca, inesperada, hasta ilógica para la mayoría. Sin previa medición realista de las consecuencias.

Aprovechar el momentum

Como corolario a lo anterior, encontramos otra reflexión muy potente. Los depredadores, tal y como sucedió con Cesare Borgia, saben aprovechar el momentum, logran reemplazar lo existente y sin embargo no construyen bases de poder sólidas, ni afianzan consenso o políticas de largo plazo.

En otras palabras, detrás y después de ellos dejan el caos.

El cuadro parece desolador y difícil de arreglar: violencia y guerras hoy, desorden caótico mañana, a escala global.

Pese a ello, como ha ocurrido en innumerables ocasiones a lo largo de la Historia, llegan de la Europa mediterránea unos tímidos rayos de luz en la noche oscura.

El Papa ha tenido la valentía de cumplir con su mandato, recordando unos principios básicos de la cáritas y de la pietas entre seres humanos. Ha respondido con altura y con firmeza a los ataques vulgares de Trump.

Por su lado, Giorgia Meloni, movida (en parte) por unos legítimos cálculos políticos, ha demostrado tener tesón, solidez política y moral.

Frente a un depredador, se han alzado un líder religioso y una líder política cuyas reacciones podríamos tildar de felizmente inesperadas, máxime en lo que se refiere a la primera ministra transalpina, otrora sospechosa de exceso de cercanía a Trump.

A partir de aquí, y sumando de paso la derrota electoral de Viktor Orban en Hungría, ya tenemos más elementos concretos para confiar en una compactación del frente europeo en aras de recuperar los valores profundos que constituyen la esencia de nuestro continente y un antídoto frente al caos.

Al cabo de unos cuantos meses (¿años?) de pesimismo europeísta, tal vez vislumbremos razones para confiar en una Europa encaminada a reconstruir su amor propio, con dignidad y acciones concretas.

En este sentido, sería deseable que se aprovechase la oportunidad para encauzar unas actuaciones coordenadas y conjuntas en política exterior, sin que cada Estado miembro siga operando por su cuenta, sea intimando con la República Popular China, sea hablando por lo bajini con los rusos para mendigar suministros preferentes de gas. Hagámoslo si se quiere, pero como decisión estratégica conjunta de la Union Europea.

Por tanto, ¿Europa como faro en la tormenta actual? Contra toda previsión, así podría ser si sabremos aprovechar las circunstancias.

Es más. Allende los mares, en Estados Unidos, hay una parte significativa de la opinión pública harta del trumpismo y que también mira hacia Europa, en búsqueda de nuevas referencias éticas, políticas y morales que representen algo bueno, racional y humano entre tanta sordidez, locura y violencia.

La pelota (menuda pelota...) está en nuestro tejado.

Marco Bolognini, abogado

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Fuente original: Leer en Expansión
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