A la izquierda, Rosa Eugui. A la derecha, su hermana María Luisa, desaparecida en el Alvia Madrid-Huelva. Cedidas
Política LA TRAGEDIA DE ADAMUZ Una tragedia y un 'milagro': Rosa pierde a su hermana en el Alvia y sobrevive su nieta. Iban a verla por la muerte de su maridoMaría Luisa (78 años) y Blanca (20) no sabían que iban en el mismo tren. Se enteraron por una llamada de Rosa. El accidente ocurrió cuando fueron a encontrarse. Rosa no sabe todavía si se llegaron a ver.
"Blanca se ha salvado. Es la alegría de mi vida. Tiene muchas fracturas, pero no corre peligro. Estoy deseando verla".
Daniel Ramírez Publicada 21 enero 2026 12:48hLas claves nuevo Generado con IA
Rosa, una mujer de Huelva, ha perdido a su marido por una enfermedad y a su hermana María Luisa en el accidente del Alvia.
Su nieta Blanca, que viajaba en el tren accidentado junto a su tía, sobrevivió a pesar de sufrir varias fracturas y haber quedado atrapada.
La familia Eugui, originaria de Pamplona, vivió momentos de incertidumbre hasta confirmar la supervivencia de Blanca y la probable pérdida de María Luisa.
A pesar de la tragedia, Rosa se mantiene esperanzada y agradecida por la vida de su nieta, resaltando el valor de la familia y la resiliencia ante la adversidad.
La persona que va a contar esta historia se llama Rosa, ronda los ochenta y vive en Huelva. Rosa desprende una luminosidad muy difícil de describir, pese a los acontecimientos que le han caído encima en los últimos días: la muerte de su marido, la de su hermana y el cuerpo fracturado de su nieta.
Conviene empezar por ahí, por la luminosidad de Rosa, porque es lo más importante del texto y porque, dado el cariz trágico de las muertes sobrevenidas en apenas cuarenta y ocho horas, lo normal sería acercarse a esta historia, a este reportaje, con una mirada sombría.
Pero Rosa se encarga muy pronto de diluir ese impulso lógico, racional. Lo hace con una actitud y una fuerza difícil de encapsular en unos cuantos párrafos. Una manera de estar que desarma.
La esquela es esta: su marido, después de toda una vida juntos, muere de una afección respiratoria en un hospital de Huelva. La familia viaja allí para arroparla. En el trayecto, muere María Luisa, la hermana de Rosa. Blanca, la nieta, sobrevive de milagro.
Rosa Eugui nació en Pamplona. Vive en Huelva desde 1972. Se enamoró de un chico de Huesca, se casaron y se fueron allí porque a él lo contrataron en Industrias Aragonesas.
Rosa llevaba varios días acompañando a su marido en el hospital Juan Ramón Jiménez, de Huelva. Tenía, como dicen allí –me explica–, “ocho mil goteras”. Muchas goteras, pero “controladas”. Hasta que se le complicó un catarro, un virus respiratorio.
A eso del 18 de enero, ella supo que su marido no salía adelante. Así que buena parte de su familia empezó a trasladarse a Huelva. Su hermana María Luisa y su nieta Blanca, Blanquita, iban en el Alvia. Y así, una muerte por enfermedad, la de su marido, dio paso en cuestión de horas a la muerte de su hermana… y a la resurrección de Blanca.
“Pero mi nieta, gracias a Dios, está bien. No sabes lo agradecidos que estamos de que mi nieta esté viva. ¡Está viva! Es muy duro lo de mi hermana, lo de mi marido también, aunque es distinto… Pero mi nieta, veinte años, todo por delante. Me da una fuerza… Tengo muchísimas ganas de ir a verla. Sólo de pensar en verla…”, cuenta Rosa este miércoles, ya varios días después del suceso.
La luz de Rosa tiene que ver con eso, con la enfatización de la supervivencia de Blanca por encima de la muerte de María Luisa.
No es que una cosa no duela. No es que una luz absorba toda la sombra. Como decíamos al principio, es difícil de explicar, pero es así. Rosa desmiga su relato de los últimos días envuelta en esa nube blanca de esperanza. Su voz, rasgada, desde el otro lado del teléfono, es como una nube que abraza y te hace sentir bien... y extraño.
“Damos gracias a Dios. Mi nieta está bien. Es una alegría inmensa. Blanca es muy divertida, muy simpática, siempre está alegre, contenta… ¿Sabe? Muchas veces verbaliza lo afortunada que se siente; la suerte que tiene en la vida”.
Y aquello ha acabado operando como una profecía. Blanca viajaba en uno de los vagones con más víctimas mortales.
Rosa todavía no ha podido ir a verla. Tiene detalles de lo sucedido a través de los padres de Blanca, pero ella no ha podido ir porque tenía que velar a su marido, enterrarlo y celebrar su vida juntos en un funeral. Ahora tendrá que hacer lo mismo con su hermana.
Rosa estaba en Huelva y Blanca estaba en el hospital de Córdoba. Ahora, cuando se escriben estas líneas, Blanca acaba de ser trasladada a Huelva. Por eso, poco después de colgar esta llamada, Rosa va a ir a ver a Blanca.
El primer rastro de lo sucedido lo tuvo Rosa a través del teléfono. Era la tarde-noche del accidente y estaba hablando con su hermana María Luisa, que iba en el tren.
–¿Sabes que Blanca está contigo? Va en el mismo tren.
–¿De verdad? No lo sabía. Ahora mismo la busc…
Y la llamada se cortó.
Rosa pensó que era la cobertura. En los trenes, muchas veces, falla la cobertura. Lo que estaba sucediendo era el impacto del Iryo descarrilado contra los vagones en los que iban su hermana y su nieta. Ni siquiera dentro del tren sabían qué es lo que estaba pasando.
Sobre los más graves, el aplastamiento, el amasijo de hierros. Sobre los leves o ilesos, un apagón, unas fuertes vibraciones, la caída de las maletas.
Rosa no sabe todavía si María Luisa llegó a ver a Blanca. No sabe si el accidente ocurrió justo antes o justo después. Quizá en el mismo instante. Puede que incluso estuvieran juntas.
Blanca, además, cuenta Rosa, no se acuerda de nada.
Lo que le pasó a Blanca, más o menos, sí lo sabe Rosa: sufrió varias fracturas. Quedó atrapada. Le dolía muchísimo el cuerpo. Ella sabía que estaba rota por varias partes. Un hombre, desde fuera, la vio.
No saben si es uno de los habitantes de Adamuz que acudió a ayudar o un pasajero bien parado.
Fue a sacarla y Blanca intentó disuadirlo: “No, por favor, que me duele todo. Espera a que vengan los bomberos”. Pero el hombre no se fio de lo que pudiera ocurrirle a aquel coche y la extrajo a través de la ventanilla. La tendió en el suelo, le puso una manta y esperó a los sanitarios.
Blanca –le han explicado a Rosa– irá recordando poco a poco.
La familia Eugui, una familia muy grande de Pamplona, de esas de muchos hermanos y de muchos primos, algunos muy longevos, se fue enterando poco a poco.
No fueron las noticias, ningún medio de comunicación. Lo supieron los padres de Blanca porque aquel hombre cogió el móvil de la chica para avisar a su familia, para decirles que había habido un accidente, pero que ella estaba bien.
La familia Eugui, la parte que vive en Pamplona, también estaba yendo a Huelva para arropar a Rosa, pero tuvieron que desviarse y detenerse en Córdoba. No sabían nada de la tía María Luisa. Conforme pasaron las horas, intuyeron que había muerto en el accidente.
En realidad, no hay confirmación oficial del fallecimiento. De los 42 fallecidos, se ha logrado identificar a 25. Todas las autopsias han terminado, pero falta cotejar el ADN de esos 17. Diecisiete familias desesperadas que circulan por hospitales, juzgados, el instituto de medicina legal…
María Luisa Eugui, 78 años, hermana de Rosa, está desaparecida, pero Rosa habla de ella en pasado. Sabe que se ha batido todo el terreno colindante y que no hay más supervivientes.
María Luisa, me cuenta Rosa, era numeraria del Opus Dei desde adolescente. Vivía en Madrid, aunque también vivió muchos años en Israel, donde se dedicó a la educación.
Rosa tiene seis nietos. Blanca y sus dos hermanas, además de otros tres. Repartidos entre Madrid y Huelva.
En una de las entrevistas que le hicieron, Julio, el chaval de 16 años, el primer rescatador, contó que no estaba sufriendo psicológicamente por lo visto. Le decía Sonsoles, desde el plató: “Habrás tenido que ver cosas tremendas”. Y él contaba que sí, pero añadía que también había visto “cosas muy bonitas”.
Los reencuentros, los rescates, los gritos de alegría al ver un vivo, los abrazos a los sanitarios.
Julio, como Rosa, o Rosa como Julio, enfatizan el lado luminoso, como un asidero, que aparece en esta tragedia de proporciones históricas. Y ante eso, llámese heroicidad o moraleja, uno queda desarmado. Porque lo mayoritario, lo lógico, lo racional, es volcarse en las imágenes con el ojo puesto en la tragedia.
Rosa es oyente de radio, lectora de periódicos. No ha dejado de asomarse a la información ahora que el accidente y la muerte la envuelven a ella. Es más, ha querido hablar con la radio que escucha, el periódico que lee; y resume en pocas palabras –tiene que ir a ver a Blanca– ese ambiente de familia, ese cordón umbilical que se genera entre medios de comunicación y ciudadanos en un momento como este: "Hablar reconforta, muchas gracias".
–¿Sabe? Blanca saca muy buenas notas en una carrera muy difícil.