Domingo, 25 de enero de 2026 Dom 25/01/2026
RSS Contacto
MERCADOS
Cargando datos de mercados...
Internacional

Unamuno y su muerte

Unamuno y su muerte
Artículo Completo 1,019 palabras
Está documentado que fue vigilado, humillado y silenciado, pero la hipótesis de que el intelectual fuera asesinado sigue siendo más una conjetura sugestiva que una tesis sólida

Ampliar

Ilustración Felip Ariza

Jesús G. Maestro

Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada

Domingo, 25 de enero 2026, 00:03

... o fue víctima de un asesinato encubierto? La cuestión reaparece con la solemnidad inquietante de una revelación tardía, pero conviene preguntarse si estamos ante un avance real del conocimiento histórico o ante una reformulación narrativa de una vieja hipótesis sin fundamento.

A los lectores les gusta que sus héroes favoritos tengan una vida extrema y una muerte también espectacular. Se habla cada vez con más frecuencia de que la muerte de Unamuno, el 31 de diciembre de 1936, a las cinco y media de la tarde, en presencia del falangista Bartolomé Aragón, no fue natural, sino tal vez consecuencia de un «envenenamiento». No hay pruebas, por el momento, pero la sola ocurrencia ya despierta todas las curiosidades y sospechas.

El procedimiento suele ser reconocible. No se aportan hechos decisivos nuevos, sino que se presenta como vía abierta lo que siempre ha sido una conjetura minoritaria, reforzada mediante una estrategia retórica eficaz: invocar la autoridad institucional, acumular indicios débiles pero impactantes y sostener el relato con un suspenso casi novelesco.

Que una universidad investigue una posibilidad no la convierte en verdad; las instituciones académicas exploran hipótesis, no las sancionan por decreto. Y una suma de elementos explicables -vigilancia, cartas de temor, diagnósticos médicos imprecisos, ausencia de autopsia- crea atmósfera, pero no prueban nada.

Hablamos del horroroso año de 1936, en la Salamanca tomada por las tropas franquistas, y tras el espeluznante episodio que tuvo lugar el 12 de octubre de ese año en el paraninfo de la Universidad, en el que Unamuno advierte que «venceréis, pero no convenceréis, porque para convencer es necesario tener razón y derecho en la lucha, y vosotros no la tenéis».

Es indiscutible que Unamuno se convirtió en un problema político tras su enfrentamiento público con el nuevo poder en el otoño de 1936. Estaba vigilado, arrestado en su casa y completamente abatido. Nadie puede discutir ni negar tales hechos. Pero fundamentar a partir de ahí su asesinato es algo difícil de explicar por sí mismo.

El razonamiento implícito -había motivos, luego pudo ordenarse el crimen, y en consecuencia el crimen se produjo- incurre en una falacia clásica: confundir el móvil con la demostración. En historia, el motivo no basta. Se requieren capacidad, medio y rastro. Y aquí faltan dos de los tres. Y varias cosas más.

El gran punto débil de la tesis criminal es el mismo que sus defensores no logran resolver: el cómo. No se identifica el supuesto veneno (u otro medio o instrumento), no se explica el mecanismo de administración, no se aclara por qué el único testigo directo no levantó sospechas inmediatas, ni por qué el confinamiento, ya eficaz para silenciar al escritor, habría resultado insuficiente. Hablar de envenenamiento sin poder describir el agente, el procedimiento ni la ocasión concreta es historiográficamente endeble.

Se añade a ello el uso reiterado del diagnóstico médico que figura en el certificado de defunción: «hemorragia bulbar». El término es hoy impreciso en medicina y suena extraño, pero en la década de 1930 era habitual recurrir a fórmulas vagas para describir muertes súbitas de origen neurológico. La ausencia de autopsia, en plena guerra civil y tratándose de un anciano de más de setenta años, deprimido y sometido a un estrés extremo, no constituye en sí misma una anomalía concluyente.

Y surge otro problema de fondo: la tentación de convertir la historia en un relato o leyenda moral. La muerte natural de Unamuno resulta narrativamente insatisfactoria, prosaica, insulsa desde una perspectiva actual que exige emociones múltiples e intensas. No hay villano, ni crimen, ni reparación simbólica.

El asesinato, en cambio, ofrece un cierre perfecto: transforma al intelectual ambiguo en mártir indiscutible (conste que ya lo fue), simplifica sus contradicciones y lo purifica retrospectivamente. Que una explicación sea moralmente atractiva no la hace verdadera. Antes al contrario, la vuelve sospechosa.

Por otro lado, la apelación final a una posible exhumación plantea una paradoja inquietante. Si no aparece prueba alguna, ¿se disipará la sospecha o se reforzará?

Unamuno fue vigilado, humillado y silenciado. Eso está documentado. Que fuera asesinado no lo está. Hoy, esa hipótesis sigue siendo más una conjetura sugestiva que una tesis sólida, más un relato verosímil que una demostración histórica. Y convendría no confundir una cosa con la otra.

Miguel Quiroga de Unamuno, nieto primogénito del escritor, hijo de Salomé de Unamuno y del poeta (injustamente olvidado por todos) José María Quiroga Pla, fallecido en el exilio republicano para salvar su vida, tenía siete años cuando, aquel 31 de diciembre, Unamuno fallecía en la casa familiar de la calle Bordadores de Salamanca.

Miguel Quiroga, quien me ayudó mucho en la elaboración de mi tesis doctoral sobre la poesía de Unamuno, me contó personalmente cómo fue para él aquella tarde. Su abuelo murió repentinamente. Bartolomé Aragón se asustó muchísimo, porque la muerte sobrevino cuando estaba hablándole y Unamuno no reaccionaba. Sin embargo, en Salamanca me dijo su nieto que «todos pensaron que a mi abuelo lo habían matado». ¿Envenenamiento? ¿Hay mayor envenenamiento, individual y colectivo, que el de una guerra civil?

Límite de sesiones alcanzadas

El acceso al contenido Premium está abierto por cortesía del establecimiento donde te encuentras, pero ahora mismo hay demasiados usuarios conectados a las vez.

Por favor, inténtalo pasados unos minutos.

Sesión cerrada

Al iniciar sesión desde un dispositivo distinto, por seguridad, se cerró la última sesión en este.

Para continuar disfrutando de su suscripción digital, inicie sesión en este dispositivo.

Iniciar sesión Más información

¿Tienes una suscripción? Inicia sesión

Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
Compartir