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Llegaba uno a la calle Velintonia (a él le gustaba escribirla así, y no Wellingtonia, en curiosa rebelión antiacadémica) a primera hora de la tarde. Vicente recibía casi diariamente en dos sesiones. Una a partir de las tres y media o cuatro y, ... tras media hora de descanso que aprovechaba para merendar con su hermana, la segunda, que podía convertirse en tertulia con pocos amigos, si hacía buen tiempo, en el jardín trasero de la casa.
Era (lo es aún el casi decrépito edificio) una casita de tres plantas. Vicente y su hermana ocupaban la que estaba a la altura de la calle y, como el desnivel era grande, la cocina y el jardín se hallaban un piso más abajo, practicable también por un camino exterior. En la planta de arriba, con acceso independiente, había otra vivienda que la familia Aleixandre alquiló al matrimonio compuesto por Amanda Junquera Butler y Cayetano Alcázar Molina, catedrático de Historia Moderna, muy joven en la Universidad de Murcia y, desde el final de la Guerra Civil, en la entonces denominada Universidad Central. La amistad entre Vicente y Cayetano era evidente y el libro de éste 'En el centenario de Boscán', de 1945, es posible que se discutiera en el jardín de Velintonia, donde conservamos una foto de ambos.
El hogar de Vicente Aleixandre, que «se restaurará y abrirá poco a poco» hasta 2027, recibirá este mes las primeras visitas. El Gobierno regional lo declarará Bien de Interés Cultural para garantizar al máximo su protección
Alcázar, siempre de pensamiento conservador pero absolutamente fiel a su vocación académica, era un hombre del régimen franquista y llegó a ser director general de Enseñanza Universitaria y uno de los responsables de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, de Santander. Los dos, Aleixandre y Alcázar, sabían sin duda que compartir la casa, aunque no la vivienda, proporcionaba cierta garantía de seguridad a un lugar por donde pasaron frecuentemente García Lorca o Miguel Hernández, entre otros creadores no muy queridos por la nueva política. Y pronto, en los mismos años cuarenta, gentes que combatieron junto a la República o militaban en agrupaciones clandestinas: Gabriel Celaya, Leopoldo de Luis, Blas de Otero, Rafael Morales…
Desde los años treinta, el matrimonio Alcázar-Junquera era íntimo del compuesto por Antonio Oliver Belmás, mentor del primer Miguel Hernández, y Carmen Conde. Viajan juntos —lo harán hasta la muerte de Cayetano en agosto de 1958, y luego seguirán las dos amigas, con o sin Antonio, enfermo cardíaco—, también colaboran en la Universidad Popular de Cartagena. Al terminar la Guerra Civil, Antonio Oliver, marcado por su actividad política republicana, se convierte en lo que conocemos como «hombre oculto», sin asomarse siquiera a las ventanas, en una casa familiar en Murcia, sobre lo que escribirá Amanda Junquera un cuento incluido en el libro 'Un hueco en la luz' (1947), publicado bajo el seudónimo Isabel de Ambía. Para dificultar la localización del marido, Carmen Conde se refugia con Amalia en una casa que los Alcázar tenían en El Escorial. Javier Díez de Revenga proporciona una interesante serie de fotografías que muestra la amistad de los dos matrimonios y el de Dámaso Alonso con la también escritora Eulalia Galvarriato.
No deja de ser significativo que el libro de Isabel de Ambía/Amanda de Alcázar se edite, por indicación de Joaquín de Entrambasaguas, en el CSIC. Era éste amigo de Cayetano desde 1934, cuando coincidieron como catedráticos de la Universidad de Murcia; tras la guerra obtuvo la de Literatura Española de la Universidad Central y dirigía la 'Revista de Literatura' del CSIC, donde incorporó, en un encarte de papel amarillo, una amplia sección de 'Poeta en Nueva York', de Lorca. Muy comprometido con la rebelión militar, en 1939, se había hecho cargo de la imprenta valenciana donde se imprimió 'El hombre acecha', de Miguel Hernández y, antes de convertir todo en pasta de papel, guardó unos ejemplares, que luego negó tener. No se olvide que Entrambasaguas era un no desdeñable poeta surrealista, aunque tardío –que sin duda admiraba a Aleixandre–, y que la revista 'Espadaña', con motivo de su libro 'Voz de este mundo' (1946), ilustrado por Pepe Caballero, el pintor amigo de García Lorca, situó «en la extrema izquierda de la poesía española» y fue elogiado por Vicente Gaos o Ricardo Gullón.
Démonos cuenta de la complicidad y el cruce de amistades y protecciones. Oliver es quien lanza el primer libro miguelhernandiano, 'Perito en Lunas'; Vicente es amigo de Miguel que lo visita con frecuencia, los Alcázar colaboran en la ocultación de Oliver protegiendo a Carmen y, cuando se instalan definitivamente en Madrid, se van a vivir a la casa propiedad de Aleixandre; Carmen acude con frecuencia a Velintonia, para pasar la tarde con los Alcázar o con Vicente, o ambas cosas. Antonio, reincorporado a la vida normal, empieza a dar clases y monta una modesta editorial, para la que instala una oficina en el edificio de un teatro, en la madrileña calle de Alcalá, que publica a escritores caribeños y a hispanistas norteamericanos (con los que le ponen en contacto Entrambasaguas y Dámaso Alonso) que desean publicar en España y se pagan las ediciones.
Cayetano Alcázar encarga cursos durante el verano en la Universidad Menéndez Pelayo a Antonio Oliver y a Carmen Conde, asegurándoles ingresos importantes, también a Dámaso Alonso y Eulalia, íntimos de Aleixandre. Es también Entrambasaguas quien convencerá poco después a Luis Morales Oliver para que tome a Antonio Oliver como adjunto de Literatura Hispanoamericana, facilite la creación del Seminario-Archivo Rubén Darío que dirigirá Antonio y propiciará el acceso de Carmen para trabajar en las oficinas del Rectorado de la Universidad.
Fue sin duda en Velintonia, aunque no necesariamente en casa de Aleixandre, donde toda esta serie de ayudas y protecciones se pespunteó, poniendo por delante de la política, la amistad y la connivencia poética. Será ya a finales de los años cincuenta cuando muchas de estas relaciones se rompan porque las rencillas, más universitarias que ideológicas, de Dámaso Alonso y Entrambasaguas y el ingreso de Aleixandre en la RAE, donde nunca el catedrático de Literatura Española encontrará acogida, más la oposición de éste a que Oliver obtuviese, ya en los sesenta, la cátedra de Literatura Hispanoamericana, hacen imposible continuar la amistad.
Velintonia era un lugar apartado, fuera del tráfico ciudadano, donde se podía llegar sin que ningún vecino realmente curioseara
Hasta que se abrió la línea de metro circular, con estación cerca de Velintonia, llegar a la casa no era fácil. Había que descender, desde la glorieta de los Cuatro Caminos, la avenida de la Reina Victoria, bordeando las cocheras de los vagones del metro, hasta la llamada Colonia Metropolitana. Enfrente, el campo de fútbol donde jugaba el Atlético de Madrid, llamado antes Atlético Aviación. El entorno eran desmontes, solares donde los niños bajábamos a aprender a montar en bicicleta. Desplazarse hasta allá en invierno y, sobre todo regresar a casa, ya anochecido no era empresa cómoda. Esto es importante para comprender distintas relaciones de algunos escritores durante la primera posguerra y que, aunque pueda resultar enrevesado, he expuesto.
Velintonia era un lugar apartado, fuera del tráfico ciudadano, donde se podía llegar sin que ningún vecino realmente curioseara. Pero también significaba calles solitarias y frías. No había servicio cómodo de autobuses y, cuando Carmen pasaba la tarde allí, podía no tener prisa y quedarse en casa de los amigos Alcázar, porque llegar desde la Colonia Metropolitana hasta la calle Ferraz donde vivía era una verdadera aventura. No había, como un historiador no muy conocedor de Madrid y de las costumbres de los primeros veinte años del franquismo supone, ninguna relación inhabitual. Además, tanto Aleixandre, como los Alcázar y los Oliver disfrutaban de teléfono, lo que no era tan frecuente entonces.
El joven y entusiasmado poeta cruza la cancela y llama a la puerta. Nada más entrar, un enorme retrato que del rostro del poeta hiciese el pintor John Ulbricht parece vigilar. Lo recibió en la entrada, subidos los cuatro escalones, una doncella con mandilillo blanco que dirigía hacia la biblioteca donde, si era la primera reunión de la tarde, Vicente esperaba echado en un sofá y envuelto en una manta. Resultaba misterioso cómo lograba envolverse en ella de cintura para abajo sin que ningún cabo quedase por fuera ni una arruga distrajese la curva de su cuidadosa protección contra el frío. Al pasar delante del comedor, uno distinguía la silueta de la hermana recortada en la ventana del fondo. En esa habitación, los radiadores, entre los elementos verticales de hierro fundido, mostraban un curioso repositorio que permitía mantener caliente algún plato de alimento.
El poeta mexicano Carlos Pellicer fue a visitarlo en dos o tres ocasiones, con motivo de sus viajes a Madrid. Siempre acudió primera hora y acompañado por uno de los poetas amigos de Vicente. Tal vez, al ver entrar con fuerza la luz por la ventana frente al rostro del autor de 'Sombra del paraíso', el mexicano recitaría: «De todas las ventanas, que una sola / sea fiel y se abra sin que nadie la abra. / Que se deje cortar como amapola / entre tantas espigas, la palabra!». Luz y palabra. Amistad. Siempre poesía. Quietud.
Una vez, al salir, Pellicer no pudo dejar de preguntar a su acompañante: «Oiga, compañero, ¿Aleixandre camina?». Se llevaba a México la imagen del poeta acostado sobre un sofá que, por un especial mecanismo, doblaba uno de sus brazos para permitir que el largo cuerpo del poeta sevillano pudiera con comodidad extenderse. «Claro que camina –respondió el acompañante–; sucede que reposa todas las tardes».
Esa imagen de Aleixandre enfermo, que él mismo gustaba promover, se hizo famosa. Al poeta Justo Jorge Padrón, cuando trabajaba en la Fundación Nobel y los académicos suecos discutían la posibilidad del premio, uno de ellos le preguntó por una posible enfermedad seria de Vicente y si, de resultar elegido, acudiría a Estocolmo. Padrón, inmediatamente, comprendiendo que a aquellos académicos no les gustaba que un premiado no acudiese a la ceremonia, respondió descaradamente: «¡Cómo enfermo!, sale a correr todas las mañana por los alrededores de su casa». Aleixandre no fue nunca a Estocolmo, pero uno no puede menos que imaginar, como en un sueño cinematográfico, al poeta, con ropa deportiva, corriendo entre los bosquecillos de la ciudad universitaria.
Gracias a las frecuentes visitas y a sus oportunas preguntas, Aleixandre sabía lo que ocurría en el mundo literario. A veces no dejaba de sorprender
También pasaron por aquella casa, en la que habitaba desde 1927, poetas extranjeros a conversar con él. Recuerdo, entre otros, a Salvatore Quasimodo, quien tal vez le recitara: «E piú non sai se immobilità è vita / e norte moto», de su poema a Delfos, viéndolo vivo en su casi inmóvil vida. Y, sin embargo, en Aleixandre había una constante y amplia curiosidad por todo. Gracias a las frecuentes visitas y a sus oportunas preguntas, sabía lo que ocurría en el mundo literario. A veces no dejaba de sorprender. A mí me conocía desde la infancia, porque mi padre me llevó varias veces a su casa; supongo que nadie podría quedarse conmigo aquellas tardes. Empecé a visitarlo solo asiduamente cuando, ya estudiante universitario, me decidí a publicar poesía. Una vez, me pidió que llevase a mi hijo, de solo tres años, porque había conocido a mi abuelo, a mi padre y a mí y quería ver la cuarta generación. Ya apenas salía de la casa, pero recogía información hasta de lo menos importante. Los jueves por la tarde, eso sí, un taxi acordado lo recogía para acudir a la sesión de la Real Academia Española.
Para aquellos jóvenes que buscábamos la poesía en los años sesenta, conversar con Aleixandre, quien prestaba la misma atención e interés al «poeta desconocido», como aquel personaje del libro 'Los encuentros', que a Salvatore Quasimodo, ofrecía un magisterio fundamental. Contaba de sus compañeros de generación, siempre encontraba algo elogiable en nuestros primeros poemas, aconsejaba lecturas extranjeras, ponía en relación rasgos y caracteres que no habíamos descubierto o que nos parecían muy lejanos. No es fácil, tal vez ni siquiera posible, resumir aquellas conversaciones madrileñas, pero al pasar por Velintonia 3, hoy Vicente Aleixandre 3, nos detenemos y aún escuchamos por si algún eco de ellas quedase en los aires y por aquellas calles tranquilas.
Es hijo del poeta Leopoldo de Luis, catedrático emérito de Literatura en la Universidad Carlos III de Madrid, poeta, crítico literario, ensayista y traductor.
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