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Javier Durán, Erika Fuenmayor, Diana Herrera y Yanny Blanco, charlando en La Marquesa, un bar venezolano de Cruz del Humilladero. Migue Fernández Venezolanos en Málaga: entre el alivio y la incertidumbreSe fueron de su país de forma traumática y ahora están entre felices porque Maduro ya no sea presidente, resignados a seguir perdiendo recursos naturales, ahora en favor de Estados Unidos, y angustiados por el futuro
Domingo, 11 de enero 2026, 00:38
CompartirTienen historias traumáticas a sus espaldas. Son las que explican por qué un día abandonaron su país, Venezuela, para venirse a España. Javier Durán, que tenía una empresa de venta de automóviles, dice que se veía sometido a extorsiones económicas continuamente y que en 2017 le pillaron ayudando a los manifestantes contra el chavismo. Erika Fuenmayor, que regenta La Marquesa, un establecimiento especializado en gastronomía venezolana en Cruz del Humilladero, también dice haber sufrido amenazas para que abandonara un local comercial donde tenía su negocio y el intento de secuestro de su hija fue el detonante para que inmediatamente hiciera las maletas y se montara en un avión para cruzar quizás definitivamente el Atlántico. María (nombre ficticio), todavía en la veintena, era funcionaria del Gobierno y no podía soportar que una de las labores de la comisaría de policía en la que trabajaba fuera el cobro de 'vacunas' (sobornos). Yusmeiry Chavarri también fue funcionaria y hace seis años huyó de la corrupción y de las amenazas. Yanny Blanco era 'guarimbera' –así es como se llama a las personas que protestan contra el Gobierno– tras las elecciones de 2024 en las que Nicolás Maduro se arrogó la victoria pero que observadores internacionales, como el Centro Carter, certificaron que había ganado la oposición encabezada por Edmundo González. Blanco se sabía perseguida y tras pasar unos días refugiada en casa de su hermana, en cuanto que pudo se vino a España. Diana Herrera, de 19 años, sólo quería unas oportunidades para su hijo que sentía que no iba a tener en Venezuela y cuenta que en su periplo desde su ciudad hasta el aeropuerto la paró la policía y le miró el móvil donde buscando palabras clave en sus redes sociales le encontraron los mensajes anti-Maduro que circulaban por WhatsApp, motivo que los agentes le dijeron que le podía llevar al calabozo, cosa que evitó previo pago de 100 de los 300 dólares que llevaba en el bolsillo.
Control de móviles
Precisamente, esto que le pasó a Herrera hace unos meses y que tiene grabado en la memoria es lo que le lleva a no querer preguntar a su familia y a sus amigos que siguen en Venezuela cómo se sienten estos días: «Prefiero averiguar lo que sucede por las noticias; no quiero que ellos tengan conversaciones en el celular, porque sales a la calle, te lo piden y te pueden llevar preso», reflexiona. Así que los venezolanos con los que conversa SUR recomiendan a sus familiares y amigos que antes de salir a la calle borren los mensajes o que, directamente, dejen el teléfono en casa. Con todo, según Yanny Blanco, ahora mismo el país está «en calma», «los supermercados están llenos» y «hay gasolina».
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Erika Fuenmayor regenta La Marquesa Migue Fernández«Se ha abierto la posibilidad de que mis hijos, una vez sean profesionales, regresen a una Venezuela recuperada»
Este grupo de venezolanos que se reúne en La Marquesa, el restaurante que Erika Fuenmayor abrió en la calle Edison el pasado mayo, casi ocho años después de llegar a España, después de trabajar por cuenta ajena en la hostelería y de formarse en cocina, ella, titulada en publicidad y márketing, habla desde la emoción y desde la herida que produce siempre la emigración. Eso explica, quizás, que vean lo sucedido con ojos diferentes a los de los expertos en derecho internacional o las propias Naciones Unidas –cuya oficina de Derechos Humanos fue expulsada de Venezuela tras las denuncias constantes del deterioro de la calidad democrática del país–. Estas instituciones califican los acontecimientos, que la Administración Trump haya sacado por la fuerza a Nicolás Maduro, de violación de las leyes que rigen las relaciones entre países que dicen que ningún país puede inmiscuirse en los asuntos internos de otro y menos con violencia. «Ya no teníamos recursos legales para sacar al Gobierno», justifica Fuenmayor. Y Durán apostilla: «Se ha producido una gran degradación de las instituciones, no hay garantías, todos los poderes están tomados por el Gobierno y no existen los derechos». Fuenmayor, además, apunta que «Trump hizo esto no para liberar a Venezuela, sino porque Maduro tiene una causa por narcotráfico en Nueva York».
Maduro está fuera del Ejecutivo y del país y está encarcelado en Estados Unidos a la espera de juicio, pero quien ha asumido la presidencia, tal y como marcan la Constitución –que también establece que en treinta días habrían de celebrarse elecciones–, es su segunda, Delcy Rodríguez; el régimen que detestan continúa. Y conceden que así es: «En Venezuela existe un régimen autoritario. Un venezolano no puede alegrarse de que Maduro esté preso», reflexiona Fuenmayor, que justifica tal cosa afirmando que «el corte de cabezas» va a ser «paulatino», porque de otra manera el país entraría en una situación de caos, incluso de conflicto civil. Tienen esperanza en que la intervención de Estados Unidos pueda ayudar en el camino del país hacia la democracia. «Desde aquí se ve hermoso, pero ahí lo ven en silencio; parece que ahí no se puede ni llegar a pensar que hoy amaneció más bello porque ya Maduro no está», agrega, poética, Fuenmayor.
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Javier Durán señala las estrellas de la bandera de Venezuela, manifestando su temor a que la república se convierta en la estrella 52 de la estadounidense. Migue Fernández«Trump no es la panacea. Tememos el halconismo de Estados Unidos. No estamos en manos de Dios, sino del depredador más grande del planeta»
Pero también están llenos de incertidumbre: «Trump no es la panacea. Tememos el halconismo de Estados Unidos. No estamos en manos de Dios, sino del depredador más grande del planeta», dice Javier Durán. «A veces no sabemos si es peor el remedio que la enfermedad, pero es el precio que hay que pagar. Sabemos que gratis no va a ser», agrega. Esa misma frase, «no sabemos si es peor el remedio que la enfermedad», pronuncia, en conversación telefónica, Yusmeiry Chavarri, que dice tener una sensación «agridulce»: está feliz porque ha caído un «dictador», pero tiene pena porque siente que Venezuela es un país sin dueño y «como una prostituta de la que todos se aprovechan», haciendo referencia a sus recursos naturales.
Javier Durán lanza otro de sus temores: que la bandera de Venezuela con siete estrellas sea reemplazada por la de EE UU con su república convertida en la estrella número 51. No se les escapa que Venezuela es la primera pieza de dominó de más que caerán, que la Administración Trump ha rescatado la doctrina Monroe (por el presidente James Monroe que la proclamó en 1823 para repeler las ansias colonialistas europeas en el continente americano) en su versión más extrema –y rebautizada 'Donroe', por Donald– para extender su dominio sobre el hemisferio occidental, incluyendo Groenlandia, territorio bajo soberanía danesa.
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Diana Herrera Migue Fernández«Cuando los guardias vieron que el coche llevaba maletas, sospecharon que nos íbamos del país, nos pararon y me revisaron el móvil»
Y respecto a la sospecha de que EE UU ha entrado en Venezuela exclusivamente para hacerse con el petróleo y otros recursos naturales del país, Diana Herrera tira de ironía: «La gente trata de confundirnos, la izquierda está muy afectada porque Trump vaya a quedarse con el petróleo, pero es que nosotros, los venezolanos, no lo hemos visto, el país está destrozado». «Los venezolanos no hemos visto nada del petróleo: ha estado en manos de Irán, de Cuba, de Rusia, que lo han estado extrayendo en los últimos 25 años», reitera Erika Fuenmayor, que agrega: «Nos da igual que Estados Unidos se coja el petróleo para poner fin a esta pesadilla. Lo material es recuperable». Y aquí enlaza un «pero», la reflexión de Javier Durán, pese a recordar él mismo que EE UU siempre ha estado involucrado en la explotación del oro negro del país: «Veremos qué pasa cuando los venezolanos vean una tubería conectada desde su país hasta Alaska, cuando salgan cincuenta millones de barriles de petróleo de Venezuela». Augura, quizás, una reactivación del nacionalismo venezolano, una reacción contra el protectorado económico que hay quien –Brasil, por ejemplo– percibe que instaurará Trump sobre el Estado caribeño. Mientras, Yanny Blanco tiene fe en que se cumpla la promesa del presidente estadounidense de que los ingresos del petróleo venezolano reviertan en las infraestructuras del país.
No volverán a corto plazo
Están preocupados por los suyos que siguen en Venezuela, han convertido La Marquesa en un lugar de reunión para hacerse compañía, hablar de política y elucubrar qué puede suceder en el futuro –el día que amaneció con la noticia de la intervención americana aquello fue un hervidero, dicen–… pero no parecen tener muchas ganas de retornar a su país. Javier Durán, que lleva ya ocho años en España, que ha construido una red de apoyo para sus compatriotas, que tiene una empresa de portes y mudanzas en Málaga, dice que no quiere volver a empezar de cero en Venezuela, donde ya no le queda nada. «Llegas aquí y dos años se te van en la documentación. No tengo tiempo que perder: he pasado ya de los cincuenta», reflexiona. Erika Fuenmayor explica que como no se podía dedicar a lo suyo (publicidad y márketing) y en la Costa del Sol lo que más empleo da es la hostelería, se metió en eso. Al principio era 'office', pero pronto se metió en los fogones, llegó a ser jefa de cocina y en cuanto que pudo se endeudó para montar su propio negocio: «Vengo de una familia de comerciantes y sabía que iba a abrir mi propio local», comenta. Así que, dice, para ella «ya es tarde para volver y empezar otra vez de nuevo». Pero cree que la posibilidad que sí se abre es que sus hijos (ahora con trece años, llegaron con cinco), «una vez sean profesionales, puedan regresar a una Venezuela recuperada». O quizás ella, en su vejez, a una casa junto al mar. Mientras, seguirá cocinando las tortas tres leches o las marquesas cuyo perfeccionamiento ha logrado sin poder probarlas por su intolerancia a la lactosa. Nada se le interpone: llegó sin saber cocinar («se me quemaban hasta las ensaladas», bromea) y ahora tiene un negocio que prospera.
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Yanny Blanco Migue Fernández«A corto plazo no me planteo volver a Venezuela, aunque allí dejé mi apartamento y mis cosas. Primero tengo que esperar a ver qué pasa»
Pero hay quien no descarta volver a Venezuela, como Yanny Blanco. Aunque primero tiene que esperar a ver qué pasa: «Yo dejé mi apartamento y mis cosas allá», justifica. También desea regresar la antigua funcionaria de policía, aunque matiza: «Depende de la situación, de si cae toda la corrupción de Maduro hacia abajo».
«Toda mi familia está alrededor del mundo. Estamos todos regados por ahí», comenta, para finalizar, Erika. Sólo en España, hay más de 200.000 venezolanos con permiso de residencia, de los que algo más de 6.500 viven en la provincia de Málaga, según datos del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. Pero las cifras del censo elevan mucho la dimensión real de la comunidad venezolana: en 2025 alcanzaban los 692.316 en todo el país, de los que 17.319 están empadronados en Málaga, que es la novena provincia en venezolanos residentes tras Madrid (210.408 del total), Barcelona, Santa Cruz de Tenerife, Valencia, Coruña, Alicante, Pontevedra y Las Palmas. «Los venezonalos que estamos en España somos de clase media-alta. Algunos pueden ser repartidores, pero todos tienen carrera», zanja Chavarri. Hay quien echa de menos la Venezuela del pasado que recibía migrantes europeos. Y hay quien augura que en el futuro volverá a ser lugar al que ir, no del que marcharse.
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