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No hay nada parecido en el mundillo cultural a la gala de los premios Zenda, que este año no quiso perderse la Reina Letizia. Estaba todo el mundo, desde Ana Botín a Alberto Olmos, desde Bolaños a Jesús Fernández Úbeda. No hay muchos ... lugares donde se palpe respeto incluso entre acérrimos adversarios políticos, donde un ministro bronco y grandullón como Óscar Puente entregue un premio de literatura infantil a Najat el Hachmi.
Se me quedó grabada una frase de Vila-Matas sobre la literatura: «No es importante para casi nadie y por eso es interesante», como si se viviera mejor en el error. Y se vive mejor, o al menos no se vive mal. Y llega a haber belleza cuando se quiebran las viejas certidumbres.
La otra maravilla de la gala fue escuchar a David Summers cantar 'La carretera', aquel tema que le regaló a Antonio Vega, junto a su fiel Basilio Martí, un pianista que crea espacios nocturnos con las manos. En la letra de esa canción, creí yo toda la vida, un Summers maduro, cansado, que echa de menos las calles de Madrid y se siente solo, contempla en el espejo su retrato y recuerda al cantante adolescente que fue. Y le espeta (a sí mismo): «Sufre, mamón, devuélveme a mi chica».
Pero supe por él, hablando en el cóctel, que la compuso con 21 años. Se le cayó de un disco, en el que no pegaba, con temas como 'Las chicas cocodrilo' y así le llegó a Antonio Vega, que la hizo suya. Lo que Summers escribió fue un poema, al ver el futuro, y nos regaló una carretera que ahora tomo yo para salir de mi error.
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