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Vox es un partido tóxico para la democracia, como Bildu, ERC o Junts

Vox es un partido tóxico para la democracia, como Bildu, ERC o Junts
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La aguja de marearVox es un partido tóxico para la democracia, como Bildu, ERC o Junts
  • JAVIER AYUSO
31 DIC. 2025 - 01:27Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal,Jesus Hellin/STUDIO MEDIA 19EXPANSION

Con el inicio del nuevo ciclo electoral, se han vuelto a suscitar los debates sobre los pactos indeseables en las distintas comunidades autónomas y en España cuando se celebren las generales. Como siempre, desde la izquierda se llama la atención sobre el peligro de acuerdos entre el PP y Vox y el riesgo de un giro hacia la ultraderecha. Se olvidan, sin duda, de que el actual gobierno de coalición se asienta, entre otros, sobre tres partidos políticos igual de peligrosos. Es verdad que la formación que preside Santiago Abascal es tóxica para nuestros valores democráticos, pero no más que EH Bildu, ERC o Junts.

Desde 2015, en que entró en crisis el bipartidismo, el PSOE y el PP se han visto obligados a llegar a acuerdos indeseables con otras fuerzas políticas que reniegan de la Constitución de 1978. Durante décadas, socialistas y populares habían pactado con los partidos nacionalistas catalanes y vascos; pero eran otros tiempos en lo que no habían dado el paso hacia el independentismo radical, ni habían cometidos graves delitos. Eran pactos muy tasados que no ponían en peligro los cimientos institucionales de nuestro país.

Pero, con el paso del tiempo, esos grupos radicales de izquierdas, de derechas o separatistas han ido creciendo fijando unos precios inaceptables a los partidos mayoritarios, que se han visto arrastrados a la radicalidad. Lo más sensato hubiera sido dejar a un lado las exigencias envenenadas de esos grupos y dejar gobernar a quien hubiera obtenido más votos en las elecciones. De esa forma, socialistas y populares hubieran mantenido sus principios y sus programas políticos, en vez de renunciar a ellos por un puñado de votos.

Pero la irrupción de esos partidos trajo consigo una tremenda polarización y un frentismo que impide cualquier atisbo de negociación. El rival político ha pasado a ser un enemigo al que hay que aniquilar, aunque para ello haya que pactar con el diablo y abrazarse a quienes quieren destruir las bases de un sistema democrático que nos dimos todos los españoles hace casi cincuenta años.

Tras laselecciones autonómicas en Extremadura, Alberto Núñez Feijóo se ha dado cuenta de que Vox es un partido que ha venido para quedarse y que no deja de ganar adeptos. El PP tiene muy difícil obtener mayorías absolutas (todavía es posible en Madrid, Andalucía y Galicia) y no va a tener más remedio que pedir los votos a Abascal para lograr investir a sus candidatos y aprobar las leyes. El problema es que el partido verde está muy crecido y el precio que pedirá será cada vez más alto.

No hay que olvidar que el PP gobernó con Vox en múltiples comunidades autónomas y ayuntamientos y tuvo que aceptar unas exigencias intolerables en temas como la violencia machista, la inmigración, el cambio climático y algunos otros. El partido de Feijóo nunca había sido negacionista en esos asuntos y ha tenido que ceder para poder gobernar. En algún momento tendrán que fijar unas líneas rojas para no dejarse arrastrar por ese radicalismo ultraderechista tóxico. Sus líderes deben hacer memoria y recordar que sus mejores resultados electorales siempre han venido desde posiciones de centroderecha.

Estos posibles acuerdos en Extremadura, Aragón y Castilla y León serán utilizados, sin duda, por Pedro Sánchez cuando se convoquen las elecciones generales. Ya lo hizo en 2019 y 2023 con muy buenos resultados y lo volverá a hacer cuando haya que acudir a las urnas. Aunque el actual gobierno haya nacido de otros acuerdos igualmente tóxicos y, probablemente, más peligrosos para el devenir democrático en España.

Durante todas las campañas electorales desde que Sánchez recuperó la secretaría general del PSOE, no dejó de renegar sobre la posibilidad de llegar a acuerdos con Podemos, Bildu, ERC o Junts. Lo dijo por activa y por pasiva: "No pactaré con la izquierda radical ni con los independentistas". Eso sin contar que prometió no indultar a los sediciosos catalanes, ni mucho menos amnistiarles ("la amnistía no cabe en la Constitución"). Era consciente de la toxicidad de esos partidos políticos.

Pero bajo el lema de "hacer de la necesidad virtud", el líder socialista se fue tragando sus palabras y renegó de todas sus promesas con tal de llegar al poder y permanecer allí el mayor tiempo posible. Cuando a él y a sus seguidores se les llena la boca de invocar al miedo a la ultraderecha, alguien les podría recordar que aunque Vox sea un partido radical y defienda la memoria franquista, todavía no ha cometido ningún delito. En cambio, EH Bildu, ERC y Junts tienen un largo historial delictivo. Los cuatro son igual de tóxicos para nuestra democracia.

En estas circunstancias, ha resultado inspirador el mensaje de Nochebuena del Rey en el que ha vuelto a llamar la atención sobre el peligro del extremismo y el populismo creciente en nuestro país. PSOE y PP lo han aplaudido sin darse por aludidos, mientras que los aliados del Gobierno han puesto el grito en el cielo contra Felipe VI. Todo, por decir la verdad. El monarca alertó también sobre la "inquietante crisis de confianza" en nuestra democracia e hizo un llamamiento para recuperar la convivencia que cada vez está más erosionada. Es uno de los ejes de todos los discursos del Rey desde 2014, pero está vez ha puesto más énfasis en los riesgos que corre España si no recuperamos el espíritu de diálogo de la Transición que nos permitió avanzar hacia la democracia y el progreso económico y social. Es una pena que vuelva a predicar en el desierto.

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Fuente original: Leer en Expansión
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