Lunes, 08 de junio de 2026 Lun 08/06/2026
RSS Contacto
MERCADOS
Cargando datos de mercados...
Política

Y en el Movistar Arena se ovacionó a los poetas

Y en el Movistar Arena se ovacionó a los poetas
Artículo Completo 924 palabras
El encuentro de León XIV con representantes de la cultura, la empresa, la educación y el deporte fue, sobre todo, otro baño de masas con un espíritu menos rígido y más festivalero que sus antecesores Leer

De entre todas las posibilidades, la más difícil de anticipar fue la de esa ovación tajante cuando León XIV leyó en su discurso de cierre los nombres de cuatro poetas: Lope de Vega, santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz y Calderón de la Barca. Más de 12.000 personas ovacionando al Siglo de Oro y antecesores en el mismo recinto donde se despidió Joaquín Sabina hace unos meses. Ni en la Feria del Libro encuentras esto. Nadie lo vio venir. El Movistar Arena (el Palacio de los Deportes de Madrid, de toda la vida) no rugía de esa manera desde el último concierto de The Prodigy en diciembre de 2009. El aplauso de entrega lírica igualó por un momento a gentes de muy distinto proceder: Antonio Garamendi (presidente de la CEOE) y a Unai Sordo (secretario general de CCOO, al que le cayeron dos silbidos sueltos y pronto afeados), a Pepe Álvarez (ídem en la UGT) y a Carlos Crehueras (presidente del Grupo Planeta), a obispos y a cardenales, a curas con sotana, al señor que tenía al lado criticando al de CCOO y al que tenía al otro lado enviando fotos por el móvil compulsivamente. Tal fue la potencia vinculante de los poetas. El Papa, por el gesto que dejó asomar en ese momento, tampoco lo esperaba. En España renace furiosamente la poesía, aunque casi nadie la lea. Es la conclusión al vuelo.

La jugada de traer al Papa al Movistar Arena no tenía riesgo. la intención era sumar otro baño de masas con un espíritu menos rígido y más festivalero que sus antecesores. Un gran plató disimulado en escenario. León XIV aún está a buenas con casi todo el mundo. Antes de su aparición sonaba música de animación por los altavoces. Melodías felices y esperanzadas. Acordes en almíbar. En el escenario, los periodistas Lara Siscar (RTVE) y Carlos Franganillo (Mediaset), empezaron a dar cuerda al encuentro a las 17.08, hora punta de lipotimias fuera del recinto. Invitaron a ciudadanas y ciudadanos a contar experiencias propias y se escucharon defensas de la educación y sanidad públicas (Lucila Rodríguez-Alarcón), del teatro (Pedro Víllora), de la necesidad de la música en la vocación de un seminarista y guitarrista flamenco (José Ríos), de la asistencia al otro según un bombero (Iñaki Burgueño), de la gratitud y la entrega por boca de un joven con cáncer y la enfermera que lo asiste en el Hospital Niño Jesús de Madrid (Pablo Reneo y Carmen Molina)... A partir de entonces, la fe dio un salto cualitativo. Con el Concilio Vaticano II los templos se llenaron de guitarras y esa herencia se nota.

El Papa accedió por un costado del pabellón, a las 17.53, dando vuelo con la zancada a la sotana papal de 33 botones frontales, que representan los 33 años de vida terrenal de Jesucristo. Entonces, sí: el fervor se descapotó y este hombre silente, al que es fácil imaginar en soledad con las manos a la espalda caminando entre hortensias, hizo un paseíllo y dio la mano a unos 6.700 fieles, mil arriba, mil abajo. Ante algo así es difícil mantener la vanidad a raya. Los móviles le sobrevolaban el solideo y no perdió ni un segundo la sonrisa disimulando la tensión de estar en público. Después de apretar falanges subió al escenario. Alguna gente lloraba. Le pasaron su discurso, lo revisó y con ademán lento lo apoyó en el hueco que quedaba entre el reposabrazos del sillón y su cadera. Un detalle muy sport.

La gestualidad de León XIV es muy escueta, pero puede que ayer alcanzase un punto de emoción sin comprometerlo. Escucha y hace saber que escucha. Habla seguro de lo que quiere decir, sin resbalar con las ideas en ninguna piel de plátano. En medio del jolgorio, qué pensará un hombre que hace no tantos años convivía en pueblos difíciles, pobres, a desmano, asistiendo a ciudadanos invisibles y comunidades indígenas de Perú y que algunos mediodías encontraba la iluminación interior ante un arroz con muslo de pato asado y pastel de peras. La mística moderna está ya entre nosotros. El viaje de reconocimiento del Papa despliega conceptos donde a veces la Iglesia aún encalla: "Diversidad", "inclusión", "ética" y "respeto" (el tema de los abusos sexuales es el gran estigma negro).

De regreso a la realidad, Antonio Banderas reivindicó "el arte como alternativa a todas las violencias", León XIV asintió. Y de paso dio cuenta de su afición a la Semana Santa, de no sé qué hechizo y de que a los cinco años se le cruzó una palabra para darse respuesta a una duda y esa palabra precoz era "Dios". Admirable y todo muy cofrade. Pero este Papa, insisto, más allá de la parafernalia, tiene algo de enigma conservado entre mármoles y damascos vaticanos. Su condición agustina le permite enfriar emociones. La electricidad estática que genera cualquier concentración eufórica no parece afectarle. Salió del pabellón, tras bendecir al respetable y amasando el deseo de una sociedad mejor calibrada, con la sonrisa habitual: la de un Papa cuya misión, como los anteriores, es no perder definitivamente el pulso contra el tiempo.

Fuente original: Leer en El Mundo - España
Compartir