José Luis Rodríguez Zapatero siempre tuvo mucha labia. Gracias a su habilidad y destreza en el uso de la retórica optimista, pacifista, feminista, luminosa y empática convenció a muchos auditorios. Desde los mítines de su partido a los encuentros con personas que, no compartiendo el ideario socialdemócrata, apreciaban la convicción de su relato. Pero nunca le había echado un discurso a un juez de instrucción. Ni sabía cómo se siente una persona acusada de delito siendo interrogada por un juez de la Audiencia Nacional. Es probable que el ex presidente creyera que sería capaz de convencer al juez con su firme elocuencia, su tacto y su delicadeza retórica. El ex presidente dispone de un ropaje institucional que le permite llegar a declarar ante el juez en coche oficial y escoltado por las Fuerzas de Seguridad. No para conducirle ante el juez, sino para protegerle como bien de Estado.
Pero el juez de instrucción José Luis Calama, un desconocido para los españoles hasta hace un mes, no fue sensible a la gramática inocente del declarante. Los jueces estarán acostumbrados a que todos los que pasan por su despacho para ser interrogados declaren su inocencia. Aunque llamar a declarar a todo un ex presidente, por primera vez en democracia, tiene que ser un trago.
Zapatero no cree en absoluto haber dejado de ser el Zapatero que era. Está acostumbrado a comparecer. Ante el Congreso, ante el Senado, ante los españoles en rueda de prensa, ante sus compañeros de la Ejecutiva Federal, ante el Grupo de Puebla, ante las cumbres europeas o iberoamericanas, ante los comunicadores más adversos.
Por lo que parece, el declarante salió de la Audiencia optimista, creyendo que la defensa de su inocencia le había salido tan bien como cuando se enfrentaba a Mariano Rajoy en los plenos del Congreso y desarmaba la ironía gallega con el humor del talante, o como cuando se llevaba de calle a los auditorios socialdemócratas y feministas. Sin embargo, el juez no fue sensible a sus encantos. Y al mismo tiempo que declinó quitarle el pasaporte, aplicando el sentido común, también aclaró que no había apreciado motivos en la declaración de Zapatero como para librarle de ninguna de las acusaciones que pesan sobre él.
Ni siquiera aportó claridad al espinoso y radiactivo ajuar de joyas propias de las familias reales que guardaba en la caja fuerte del despacho que le presta el PSOE. Las explicaciones que el ex presidente comprometió ante los españoles y que los socialistas esperaban como agua de mayo no se han producido. Hubo un comunicado despúes de la comparecencia en el que Zapatero pide confianza y fe a sus fieles. Las explicaciones de las joyas nadie las ha escuchado, pero el PSOE y el Gobierno están a la tarea de orillar las valiosas alhajas como si fueran una pequeñez, si se compara con el gigantesco fenómeno de que Sánchez y Zapatero sean combatientes contra Trump y precisamente por eso el ex presidente ha ido a parar a manos de la Audiencia Nacional. Yademás, que si Zapatero tiene esas joyas, con lo desprendido y austero que es, ¿qué no tendrá Aznar que dijo aquello de que el que pueda hacer que haga? Oel emérito, o Felipe González. Que abran sus cajas fuertes y las enseñen, claman las redes sociales devotas del ex presidente.
De todos los argumentos para justificar y no poner ni una pega al comportamiento de Zapatero, el mas exótico es el que insiste en decir que es igual que todos los demás ex presidentes y ex jefes de Estado cuando se retiran o los retiran. Precisamente él, que nos había convencido de que era distinto de los demás, despegado del dinero, de los lujos y de lo mundano.
Es probable que el ex presidente aún no sepa qué le está pasando. O tal vez está mal asesorado. O puede que crea que la batalla penal es parecida a las que ha librado contra sus adversarios políticos, internos y externos. Quién sabe. Nadie conoce a nadie.