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Ajad y su pistola de agua, el símbolo del drama humano de 1.300 metros que sigue creciendo en el Trampolín

Ajad y su pistola de agua, el símbolo del drama humano de 1.300 metros que sigue creciendo en el Trampolín
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Más de 2.000 personas, los más desgraciados de la pirámide de pobreza que es hoy Ceuta, viven como pueden en esta playa Leer

El pequeño Ajad, de seis años, juega en la orilla con un fusil fucsia y verde fosforito. Absorto en quién sabe qué fantasía infantil, parece ajeno al paisaje que le rodea: un millar de chabolas, casuchas y tenderetes repletas de inmigrantes magrebíes. El gentío no sólo recubre toda la arena de la Playa del Trampolín, sino que ya se extiende sobre los acantilados que la rodean. Son 1.300 metros ininterrumpidos de la miseria más abyecta.

Unos metros más acá, dos padres vigilan todos sus pasos. Son Hamza y Shedia, ambos de 35 años, que aterrizaron en el Trampolín hace apenas cuatro días tras casi un mes de trasiego por toda la ciudad. «Hemos llamado a todas las puertas, pero nadie nos acoge», se lamenta Hamza. «Nos dicen que todos los refugios están completos. Ya no sabemos a quién recurrir».

Los habitantes del Trampolín, unos 2.000 según un cálculo conservador, son los más desgraciados de la pirámide de la pobreza que hoy es Ceuta. En este arenal, icono indiscutible de la crisis migratoria, se instalan cuando los rechazan en los centros temporales que van improvisando las autoridades. O cuando, con mejores o peores modos, los cuerpos de seguridad los expulsan de otras ubicaciones, como la pedanía del Benzú o las zonas más prósperas de la ciudad.

Hamza ofrece asiento en una especie de cojín de algodón y narra la peripecia familiar. Hasta julio, llevaban una aceptable vida de clase media en Casablanca. Ambos trabajaban de comerciales para sendas multinacionales: él en Samsung, ella en Bosch. Sin embargo, una tragedia les rondaba: los cuatro intentos de secuestro que, según ellos, sufrió su pequeño en cuestión de meses.

El padre no acierta a señalar a un responsable de estos asaltos. Sólo sabe que los denunció a la Policía y no recibió ayuda. Tras hablar con su esposa, llegaron a una conclusión: su única salida era el destierro.

Así llegamos al 30 de julio, cuando Hamza ve la descomposición de la frontera hispano-marroquí en una avalancha de vídeos de Facebook. En cuestión de horas, recoge lo imprescindible, saca efectivo del cajero y conduce los 403 kilómetros que le separan de Ceuta junto a su familia. «Cruzamos nadando, rodeados de cientos de personas», cuenta el progenitor. «Mi única obsesión era que mi niño no se ahogase».

Vista general de la playa del Trampolín, este miércoles.MARCOS MORENO

Aunque los menores de edad suelen ser responsabilidad de las autonomías, el caso de Ajad es especial, pues está acompañado por sus progenitores. En estas situaciones, la competencia pasa al Gobierno central. La semana pasada, el 'mando único' de la crisis lanzó un dispositivo especial para familias en la zona de la Hípica que se llenó de inmediato. «Estamos estudiando estos casos especiales de familias completas para darles una solución y sacarles de la calle en el menor tiempo posible», cuentan fuentes del Ejecutivo.

Mientras llega esa ayuda, la familia del pequeño Ajad subsiste en un campamento que los inmigrantes, como sísifos en chanclas, construyen a medida que las autoridades lo desmontan. Ya van dos desalojos fallidos y la playa nunca ha estado más llena que ahora. «¿Dónde quieren que nos metamos?», cuenta Abdhel, argelino de 23 años, mientras acarrea cañas para construir su cuarta casucha, tras la demolición de las tres anteriores. Los últimos en llegar a la playa, en la madrugada del martes, fueron los 10 integrantes del grupo de Slimane, barbero de 24 años. Dice que una patrulla militar les expulsó del Benzú sin darles más explicaciones. Así que acabaron aquí, construyendo su tienda sobre los peñascos, sin más guía que la luz de los móviles que aún tenían batería. «Yo llegué desde Tetuán días antes de la avalancha, nunca imaginé que seríamos tantos», relata.

Desde su tienda se ve cómo una decena de inmigrantes trata de pescar con cañas improvisadas. El argelino Alí, de 25 años, ya ha atrapado cinco peces de unos ocho centímetros, que luego tratará de asar sobre unas brasas. Vino a Ceuta junto a su amigo Sofian, de 29, que se toma con filosofía su más que probable expulsión. «Soy socorrista, así que no me costó nadar 14 kilómetros en mar abierto para llegar aquí», relata. «Si me echan, me da igual: lo volveré a intentar».

Sofian viene de comprar leche en uno de los tenderetes que, como un zoco improvisado, han montado algunos acampados para ganar un dinerillo. Compran grandes cantidades de comida y tabaco en los comercios locales, que luego revenden con un sobrecoste superior al 50%. Un paquete de galletas de 1,20 euros del Carrefour, por ejemplo, cuesta 1,90 en el extraperlo del Trampolín. También hay huevos, atún, batidos, zumo y hasta bebidas energéticas.

Otro negocio próspero es el de barbero. Tras la comida y el techo, las dos prioridades de los inmigrantes son cargar el móvil y cuidar su aspecto físico. Muchos documentan su aventura europea con fotografías, sobre todo al anochecer, que luego comparten en sus redes sociales. El precio medio de un corte de pelo ronda los cinco euros, aunque hay puestos con mejor instrumental que cobran algo más.

El pequeño Ajad ya se ha convertido en uno de los habitantes más populares de este peculiar poblado. Docenas de ojos, además de sus padres, vigilan que nada malo le suceda. Es un chico avispado y cariñoso, cuyo sueño es jugar en el Real Madrid. Su gran pasatiempo es pedirle a su padre que le ponga en el móvil los goles de su ídolo, Cristiano Ronaldo.

Dice Hamza que se niega a ser como el protagonista de La vida es bella, un preso de los nazis que ocultó a su hijo los horrores que le rodeaban. Él prefiere contarle la verdad, aunque adaptada a su mentecilla infantil. «Es un niño muy inteligente y se da cuenta de todo lo que ocurre», dice el padre. «Por la noche, cuando llora, sólo le digo una cosa: 'Tranquilo, bebé, pronto estaremos en España'».

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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