- JAVIER AYUSO
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La presidenta del Parlamento europeo ha hecho un llamamiento a "resetear la UE" completando el Mercado Común, la Unión de la Energía; reforzar el papel de la UE en el comercio global, un pacto europeo por la inmigración y una política de defensa propia, sin excluir a la OTAN.
El segundo mandato de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos está sobrepasando todas las líneas rojas imaginables, tanto en política nacional como internacional. El inquilino de la Casa Blanca lleva un año imponiendo la ley del más fuerte en su país y en todo el mundo, con un estilo autoritario y unas formas de matón del lejano oeste. Poco le importan las leyes de EEUU o el derecho internacional; su único objetivo parece ser convertirse en el líder más poderoso de la historia de la humanidad y para ello no duda en atacar y despreciar a todas aquellas personas, instituciones o países que no doblen el espinazo ante él. Y, de paso, seguir enriqueciéndose él y su familia.
En este contexto, Europa está siendo una de las zonas de influencia más perjudicadas por los abusos de Trump, tanto a nivel político, como económico y social. Los líderes del Viejo Continente nunca se imaginaron hasta dónde podían llegar las agresiones del otro lado del Atlántico y no han sabido reaccionar de la forma que correspondería a la que es la tercera potencia mundial. La Unión Europea y Reino Unido están sometidos por Estados Unidos y no encuentran la fórmula para enfrentarse a un reto que puede acabar con ellos. ¿Cómo puede la UE combatir el nuevo orden mundial que está imponiendo la Casa Blanca?
La intención del presidente de Estados Unidos es desmontar el orden mundial que se creó tras la Segunda Guerra Mundial e impulsar otro en el que todo gire alrededor suyo. Apoyado por su poderío militar y su capacidad de presión política y económica, está debilitando al resto de las áreas de influencia y limitando el reparto del poder mundial entre su país y China. Una estrategia que tiene un claro perjudicado: Europa.
Ya en su primer mandato, Trump torpedeó algunos de los pilares del diálogo transatlántico y las instituciones multilaterales. Pero a la segunda está imponiendo una nueva forma de hacer política que rompe con las tradiciones de las democracias liberales. Con la Unión Europea, inició una doble ofensiva basada en la exigencia de que aumente la inversión en Defensa y Seguridad, junto a la imposición de durísimos aranceles comerciales. Y la respuesta de Bruselas y de las principales capitales europeas fue de una extrema debilidad; algo que fue animando al líder norteamericano para seguir apretando las condiciones de unas relaciones que dejaron de ser entre iguales. Luego llegaron sus nuevas condiciones para seguir apoyando a Ucrania frente a Rusia, que provocaron un espectáculo bochornoso de sumisión de los líderes de la UE en la Casa Blanca. Una cesión tras otra.
En medio de esa vergonzosa pleitesía de la UE al presidente de Estados Unidos, sucedió la incursión del ejército norteamericano en Venezuela y el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro, incumpliendo todas las leyes internacionales sobre soberanía política de los estados. Los líderes europeos se limitaron a escenificar una ligera muestra de disgusto, como si la detención de un dictador que había falseado las elecciones para permanecer en el poder justificara unos hechos que deberían repugnar a cualquier democracia en el mundo.
Y, claro, Donald Trump se fue creciendo día a día hasta anunciar formalmente (ya había jugado con la idea) su intención de hacerse con Groenlandia. En un nuevo ejemplo de desprecio al derecho internacional y a sus socios históricos, el presidente afirmó que se iba a quedar con la enorme isla nórdica, perteneciente a Dinamarca y por lo tanto la Unión Europea, "por las buenas o por las malas". "Si no me la quieren vender", decía, "mi ejército la tomará por la fuerza". En esta ocasión, se produjo una respuesta algo más firme, aunque el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, salió en defensa de Trump sin importarle que solo la amenaza realizada suponía el fin de la Alianza Atlántica.
Todas estas agresiones han llegado en un momento de máxima debilidad en la Unión Europea, cada vez más desunida y con líderes de un nivel bajísimo, más preocupados por su supervivencia política interna que de afrontar los retos de la Unión. Comparar a Helmut Köhl, François Miterrand, Margaret Thatcher, Felipe González, Giulio Andreotti o Jacques Delors, que dirigían Europa en los años ochenta, con quienes ocupan sus sillones en la actualidad, resulta descorazonador.
Sin embargo, la UE no puede permanecer de brazos cruzados ante la constante agresión de Estados Unidos, que puede acabar convirtiéndola en un parque temático. Es imprescindible que se produzca una reacción unitaria en la línea expresada por dos importantes líderes italianos en sendos informes sobre el futuro de Europa y su competitividad. Mario Draghi y Enrico Letta expresaron unas recomendaciones ambiciosas para que Europa recupere su papel histórico, pero han pasado los meses y Bruselas sigue sin reaccionar.
Ayer, la presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola, en una intervención en Madrid con motivo del 40º aniversario de la adhesión de España a la Comunidad Europea, hizo un llamamiento para "resetear la UE para afrontar los retos comunes". Se trataría de ofrecer una respuesta de unidad, rápida y decidida, "porque no podemos permanecer de brazos cruzados, tenemos que levantarnos".
Entre las exigencias de Metsola destacan completar el Mercado Común, configurar una auténtica Unión de la Energía, implementar el pacto europeo sobre inmigración, reforzar el papel de la UE en el comercio global con alianzas con Canadá, México, India y Mercosur y, por supuesto, desarrollar una auténtica política de defensa europea, que no excluya las relaciones con Estados Unidos y la OTAN. Es urgente reaccionar.
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