¿Salvar a México para salvar a España? O al revés, ¿salvar a España para salvar a México? No se trata solo de historias y debates del presente, pues fue el 16 de septiembre de 1808 cuando el vizcaíno Gabriel Joaquín de Yermo y ... Bárcena, acompañado de unos 300 civiles de su confianza, dio un golpe de Estado para resolver la crítica situación política en la que se encontraban.
La metrópoli española había sido invadida por las tropas de Napoleón, tras la nefasta y corrupta gestión de Manuel Godoy. Sus designados para los cargos en Indias, lo contrario a la estricta meritocracia del reinado de Carlos III, eran miembros de camarillas, comisionistas y redes de favoritos, incluyendo a su cuñado Branciforte, inepto y ladrón.
Desde 1802, su designado como virrey en México era José de Iturrigaray, un militar gaditano de origen navarro, que practicó tanto el servilismo hacia los ricos criollos mexicanos, como un populismo basado en continuas fiestas y espectáculos para entretener a la plebe.
En este libro del gran americanista y mexicanista Jesús Ruiz de Gordejuela, basado en una investigación de archivos impecable y muy bien escrito, se muestra quién era Yermo y cómo se convirtió, primero en el líder de los hombres que depusieron y capturaron en palacio al virrey acomodaticio, después en líder orgánico del realismo social y monárquico mexicano. Lo narrado no tiene nada que ver con la habitual y cansina mitología nacionalista e indigenista, que ha ignorado una figura tan fundamental en esta coyuntura trágica.
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Como evidencia la investigación de Ruiz de Gordejuela en páginas fascinantes, Yermo era natural de Sodupe y, como tantos vascos entonces y después, siguió la carrera del comercio con abnegación y constancia. Los acontecimientos y la mentalidad desvelan al ser humano de carne y hueso. Contempla la tibieza del virrey Iturrigaray en el apoyo a la resistencia patriota española contra la invasión francesa, su manifiesta deslealtad al escatimar el envío de fondos, y tiene claro que hay que deponerlo por traición, antes de que liquide las instituciones y la legitimidad de la monarquía.
Su originalidad reside en una asombrosa capacidad de liderazgo y de movilización de hombres y recursos, que sobrepasa ese formato binario, tan falso, que presume la oposición de 'españoles' (malos) contra 'americanos' (buenos). Todo es mucho más complicado —y multiétnico—.
Lo narrado no tiene nada que ver con la habitual y cansina mitología nacionalista e indigenista
Primero, Yermo participa en la deposición de Iturrigaray, con posterior remisión a España a ser juzgado y rendir cuentas. Morirá condenado. Segundo, en 1810, cuando la insurrección indígena comandada por el cura de Dolores Miguel Hidalgo amenazaba con destruir las ciudades y sumir al virreinato mexicano en la anarquía, Yermo arma junto a su hermano una milicia constituida por los esclavos que poseía, a los que otorga la libertad. En la inmediata batalla del Monte de las Cruces, sostenida entre las fuerzas del ejército insurgente y los leales a la corona española, el hacendado vasco y sus hombres, ahora conocidos como los 'lanceros' (o negros) de Yermo, tuvieron una importante intervención.
El ejército insurgente de Hidalgo no asaltó la capital y eso la salvó. La inmediata organización de milicias realistas, los 'Voluntarios distinguidos de Fernando VII', viene a demostrar que Yermo tuvo razón. Fue el primero que vinculó la lealtad a España y a la corona con el orden étnico y social. Su fallecimiento en 1813 a causa de una pulmonía dejó ocho hijos y un noveno que nacería pocos días después. Uno de sus descendientes llegaría a santo.
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