- ENRIQUE COCERO
Los derechos en democracia deben caer sobre toda la población y no debe haber más derechos para un colectivo que los que hay para todos.
El imperativo categórico de Kant es actuar de tal manera que tu comportamiento pueda convertirse en una ley universal. El problema está en que cualquiera puede pensar que su comportamiento da la talla, pero la filosofía del de Königsberg está tan engranada en el discernimiento y la ética que suprime cualquier tentación de soberbia.
Podría entrar ahora en qué es la ética, pero todos tenemos una idea: bien sea por mirarla de frente, bien sea por pensar que, en ciertas ocasiones, está distraída, o bien porque le hemos dado la espalda. En el momento que uno sabe que existe, es inevitable discernir qué es una ley que respeta a todos y qué no.
Lo demás es hacerse trampas al solitario, y aquí podemos considerar dos escuelas: la que se refugia en la moral y la que se refugia en la obediencia, ambas producto de la rendición a una autoridad. La primera es asumir lo que otros definen como "moral". La segunda es, como explicaba Hannah Arendt, convertir el imperativo categórico en "actúa de tal manera que tu acción sea propia de lo que el líder pudiera dictaminar". ¿Ven el peligro?
En ese peligro radica el pecado original de la izquierda actual: hoy la izquierda en países democráticos explota la necesidad de sentirse bien con uno mismo vía "ganar derechos". Los derechos en democracia deben caer en plano sobre toda la población y no debe haber más derechos para un colectivo que los que hay para todos. Por ejemplo, el matrimonio universal fue el aterrizaje en plano de un derecho: si una pareja heterosexual se puede casar, lo puede hacer cualquier tipo de pareja convencida de una vida bajo esa forma legal.
Pero la izquierda ha ido construyendo colectivos, asociando ofensas o discriminaciones y, acompasado, inventando derechos. Si creyeran en la igualdad no necesitarían los colectivos, sino que se preocuparían de garantizar los mismo derechos para todos.
En este sentido, no se alejan de la autosatisfacción de cualquier integrismo religioso: unos están en "lo correcto para una sociedad justa" y los otros en "lo correcto para una vida virtuosa", pero el principio es el mismo: "Somos mejores que vosotros". En cambio, ser liberal es algo así como "muy bien, pero no me des la chapa ni condiciones mi vida porque creas que tengas una moral inefable, que, por igualdad, yo defiendo que a ti tampoco te incordien."
La izquierda pretende que todo movimiento que realiza sea considerado virtuoso y, permítanme matar el suspense, no lo es. A fin de cuentas, lo que la derecha radical hace con la raza (sin considerar la clase social) es lo que hace la izquierda actual con la clase social (sin considerar la raza). El problema es que han inflado tanto la cultura de subvención que hoy la lucha de clases empieza en la clase media.
Otro caso es la regularización masiva de inmigrantes: ¿era un paso necesario? No, porque la regularización ya existía. Podría haberse acelerado siendo más eficientes, mejorando el proceso siguiendo las reglas vigentes, pero sabemos que la organización, coordinación y eficiencia no son las grandes fortalezas del Gobierno de Pedro Sánchez.
La izquierda lo puede vender como "moralmente necesario", pero no lo es (cuando hay un adverbio terminado en mente sospechen, porque suele ser innecesario y redundante, como en "absolutamente imposible": lo imposible no necesita matiz). De hecho, hay inmigrantes que llevan años con el proceso de regularización en marcha, sin poder ir a sus países de origen por exigencia de la norma y ahora descubren que una arbitrariedad ha dejado en nada ese esfuerzo. ¿Podrían haber sido beneficiados? Sí, si el proceso fuera eficiente, lo que permitiría una inmigración controlada y progresiva bajo los mismos supuestos y sin necesidad de "masividades" o efectos llamada.
También es cuestionable porque el Gobierno usa la inmigración para autofelicitarse por el crecimiento del PIB y del empleo, pero oculta el impacto en el PIB per cápita y en los salarios que, mes tras mes, se están hundiendo.
Se estima que hay más fijos discontinuos inactivos que activos (el Gobierno no da datos); en PIB per cápita europeo somos 15º, cuando en PIB y población somos 4º y, si divides y no se mantiene la proporción, algo no funciona. Además el SMI cada vez está más cerca de ser el salario más frecuente.
En consecuencia, Pedro Sánchez debería saber que cuando toma una decisión, por muy moral que aparente y mucho respaldo de los suyos que tenga (ese "dulce dormir" de la obediencia), no implica que la medida sea razonable, no sólo para España, sino para Europa. Puede que su vocación "internacionalista" no incluya "europeísmo", que prefiera impactar al que está lejos y que, al enterarse de sus medidas, diga "Ah... qué progresista", sin que le afecte ninguna de sus decisiones.
La traca final la tendremos cuando deje de gobernar: si destruyen documentación u ocultan datos al nuevo Gobierno entenderemos cómo se autoperciben, porque destrucción y ocultación son dos pruebas irrefutables de que uno sabe que no ha hecho bien las cosas.
Al ciudadano, por tanto, le quedan dos opciones: obedecer y asimilar su moral a la del gobernante o aceptar la ley mientras esté vigente (toda ley es arbitraria) y esperar el cambio al que exigir ese imperativo categórico del que hoy adolecemos.
Enrique Cocero, consultor y analista político.
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