Sebastián Latorre, jefe de la agrupación de Protección Civil de Adamuz, pasea con las manos metidas en el abrigo por los alrededores de la Caseta, epicentro de la solidaridad de esta pequeña localidad cordobesa. A escasos metros se para a hablar con sus compañeros de la policía local. Hace poco más de una hora que los Reyes de España han abandonado el pueblo tras su visita a la zona cero del accidente entre un Iryo y un Alvia que ha dejado decenas de muertos y heridos. La tranquilidad, si es que esta palabra existe estos días en este olivar andaluz, ha vuelto a esta zona del pueblo, tomada desde hace 48 horas por decenas voluntarios, personal de ayuda y periodistas.
Con la mirada todavía vidriosa, el cansancio en el cuerpo y la emoción en la voz, Santiago relata cómo lo que parecía una noche cualquiera de domingo en esta localidad del Alto Guadalquivir se tornó en una pesadilla que sus 4.000 habitantes nunca olvidarán. «Estaba en casa y sentí unas pocas sirenas», relata. «A los pocos minutos, me llamó el alcalde para activarnos e ir a la zona cero del accidente», agrega. «Pensé que era algo normal, un descarrilamiento pequeño, que había volcado un poco, pero al llegar al sitio impresionaba, sobre todo el montón de personas con maletas bajando. Al observar el volumen de gente pensé que esto no era normal», concluye.
Lo primero que vio Sebastián fue el tren Iryo con los vagones tumbados. Bomberos y sanitarios, subidos al lateral del vehículo, se afanaban en sacar a los pasajeros que quedaban en interior del convoy a través de las ventanas rotas. Sebastián y el resto de voluntarios ayudaron en esa labor. Cuando terminaron, se acercaron al tren Alvia, 800 metros más adelante. El horror se multiplicó. «Estaba totalmente destrozado, la situación era dantesca», relata. «La gente iba por el arcén, entre la oscuridad más, absoluta andando con las maletas e intentando llegar a la estación», añade.
Sebastián lleva toda la vida en el puesto de Protección Civil de este pequeño pueblo y tiene formación para accidentes, pero nunca esperó tener que vivir una catástrofe de este calibre. «Somos voluntarios, no profesionales», explica. En el pueblo está acostumbrado a tratar con algún «accidente de tráfico» o de los agricultores de la zona, que van y vienen cargados de aceitunas.
En tragedias como ésta se ponen a las órdenes de sanitarios y bomberos. En ningún momento le flaquearon las fuerzas ante la magnitud del desastre. «Nos inspiraban confianza los sanitarios, bomberos y Guardia Civil, les estábamos ayudando y ellos sabían lo que hacían», resume.
Entre las personas a las que atendió, se le quedó grabada la frase de una señora con la cadera rota a la que dio la mano para tratar de ayudarla y consolarla. «Me cogió y me dijo: 'La mano no te la suelto'», asevera. «Estoy aquí el tiempo que tenga que estar, no te preocupes», le respondió. La mujer, en estado de shock, le repetía que su marido había «muerto» junto a ella. «Le dije que estaba inconsciente, pero ella insistía: 'que no, que no, yo sé que no'». Con la piel de gallina, Sebastián todavía se emociona cuando recuerda estas palabras.
Dos días después de la tragedia, muchos siguen en estado de shock. Sebastián no es una excepción y es consciente de que su cuerpo y su mente todavía no han asimilado que ha vivido una de las mayores tragedias ferroviarias de este país y que el pueblo quedará ligado para siempre a ella. «Ha sido muy fuerte. Cuando baje la adrenalina no sé si tendré que ir a un psicólogo», reconoce.