- JOAQUÍN TAMAMES
El debate sobre la independencia de los bancos centrales ha cobrado renovada relevancia en un contexto internacional marcado por presiones políticas crecientes, inflación persistente y tensiones geopolíticas.
El análisis del Banco Central Europeo (BCE) titulado Why central bank independence matters (Por qué importa la independencia del banco central), elaborado por Alexander Jung y publicado a finales de diciembre, ofrece una defensa sólida y empíricamente fundamentada de este principio, apoyándose en el estudio de 155 bancos centrales en los últimos 50 años.
La conclusión es muy clara, en el sentido de que los bancos centrales independientes son más creíbles y, por tanto, más eficaces, a la hora de garantizar la estabilidad de precios, sin que ello implique costes apreciables en términos de crecimiento económico.
La lógica económica que sustenta la conclusión del informe es bien conocida, pero conviene recordarla. La independencia protege a la política monetaria del llamado problema de inconsistencia temporal: mientras los gobiernos tienden a priorizar objetivos de corto plazo -como estimular el crecimiento antes de elecciones y reducir los gastos financieros de las hipotecas de los votantes-, los bancos centrales deben actuar con luces largas, dado que los efectos de la política monetaria se transmiten con retrasos significativos.
El BCE argumenta y convence de que allí donde los bancos centrales están blindados frente a interferencias políticas, la inflación se mantiene más próxima a los objetivos y la credibilidad institucional es mayor.
El marco teórico resulta especialmente pertinente al observar el esfuerzo realizado por la Fed bajo el liderazgo de Jerome Powell. A pesar de las reiteradas y ofensivas presiones públicas de presidente Trump para forzar recortes de tipos con fines políticos, la Fed ha mantenido su autonomía operativa y su compromiso con el mandato de estabilidad de precios y pleno empleo.
Ese comportamiento ha reforzado, de momento, la credibilidad de la institución y ha enviado una señal sobre la solidez del entramado institucional de EEUU, hoy en entredicho por los desmanes de la presidencia Trump 2.0.
La lección es extensible no solo a la política monetaria. La independencia no debe limitarse a los bancos centrales, sino que es un principio esencial para todas las instituciones clave de un estado moderno.
Otras instituciones
Tribunales, reguladores, supervisores financieros y autoridades estadísticas solo pueden cumplir su función si están protegidos de presiones partidistas y dirigidos por profesionales de primer nivel, que no deban favores a nadie y que no sean comprables en la refriega política.
La erosión de esa autonomía debilita el Estado de Derecho, distorsiona la asignación de recursos y termina afectando negativamente al crecimiento y a la cohesión social. Es lamentable que en 2026 haya necesidad de recordarlo, también en España, donde el continuado deterioro de la independencia de las instituciones desde 2018 es muy evidente.
En este contexto, adquiere especial relevancia el debate europeo sobre el futuro liderazgo del BCE. La posible candidatura de Pablo Hernández de Cos, exgobernador del Banco de España, como presidente del BCE a partir de 2027 es una excelente señal. Tal designación reforzaría la percepción de España como un país con peso institucional y credibilidad técnica dentro de la Unión Europea, además de subrayar el valor de una carrera profesional basada en el rigor, la independencia y la excelencia técnica.
La independencia -argumenta Alexander Jung- no implica ausencia de rendición de cuentas. Por el contrario, una mayor transparencia y control democrático refuerzan la legitimidad de los bancos centrales y disminuyen o eliminan la tentación de interferencia política.
La experiencia de las últimas cinco décadas muestra que debilitar esa independencia tiene un coste elevado en términos de inflación, volatilidad y pérdida de confianza.
En definitiva, defender la independencia de los bancos centrales es defender la estabilidad macroeconómica y, en un sentido más amplio, la arquitectura institucional que sostiene a las democracias avanzadas. En un mundo donde las presiones políticas sobre las instituciones son cada vez más intensas, esta defensa no es solo técnica sino profundamente política en el mejor sentido del término.
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