- JAVIER AYUSO
La izquierda radical no se puede plantear un nuevo liderazgo sin que se celebren unas elecciones primarias en las que participen los afiliados a todas las fuerzas que se sumen al proyecto. Yolanda Díaz está quemada.
Las formaciones de la izquierda a la izquierda del PSOE escenificaron el pasado sábado un nuevo movimiento de refundación en un acto en Madrid en el que se pudieron ver más tácticas electorales que un proyecto claro y definido. Líderes de Izquierda Unida, Más Madrid, Movimiento Sumar y los Comunes hicieron un llamamiento a la unidad, bajo el lema de "Un paso al frente", e invitaron al resto de los partidos, incluido Podemos, a sumarse a una carrera para intentar evitar otro batacazo en las urnas cuando se celebren las próximas elecciones generales.
Con la ausencia de Yolanda Díaz, cinco líderes de la izquierda radical quisieron mostrar una cierta euforia, con sonrisas y abrazos, pero sin programa, ni liderazgo, ni marca. Allí estaban Antonio Maillo, Lara Hernández, Rita Maestre y los ministros del Gobierno Mónica García y Ernest Urtasun, que intervinieron a favor de la unidad de la izquierda y que no dudaron en criticar a los socialistas, con los que llevan años gobernando. Era todo demasiado teatral, dirigido a un público que llenó las salas del Círculo de Bellas Artes y que se dejó ilusionar por las arengas de sus líderes.
A los convocantes no les importó reconocer que el proyecto está todavía verde y que sin el concurso de los partidos de la izquierda nacionalista e independentista del País Vasco, Cataluña, Valencia, Galicia y Baleares será difícil avanzar en las urnas. Unos días antes, el líder de ERC en Madrid, Gabriel Rufián, se había preguntado "¿qué hacemos?" y había propuesto una especie de coalición plurinacional en la que todas las fuerzas concurrentes renunciarían a presentarse en algunas circunscripciones para favorecer al partido con más posibilidades. Una idea que nació muerta y que fue negada hasta por Oriol Junqueras, el jefe de Rufián en Barcelona.
También sobrevolaba en el histórico edificio de Madrid el fantasma de Podemos, que ya había anunciado su rechazo a dar un paso al frente de la mano de Sumar, una formación que los había fusilado hace apenas dos años. Ione Belarra, Irene Montero y su muñidor, Pablo Iglesias, hoy dedicado al activismo televisivo y tabernario, no quieren saber nada del proyecto. Prefieren permanecer como un grupo minoritario en las Cortes y ejercer una oposición dura y agresiva, aunque no habría que descartar su desaparición política en las próximas elecciones si el resto de las fuerzas de la izquierda radical son capaces de agrupar una coalición potente y estructurada.
A estas alturas, sigue siendo un misterio cómo una fuerza política como Podemos ha sido capaz de pasar de 70 a cuatro escaños. La respuesta hay que buscarla en uno de los principales males de la política en España: el hiperliderazgo de sus cabezas de lista. Si a eso unimos las luchas fratricidas entre unos líderes a los que les importan más los egos y los puestos orgánicos que su propio proyecto, nos encontramos ante un suicidio colectivo como el sucedido en la formación morada.
Probablemente para evitar los egos y las luchas por el poder, los impulsores del acto del sábado optaron por dejar para más adelante los nombres de las personas que liderarán el proyecto, e incluso las siglas de los partidos que se sumarán al mismo. Eso no quiere decir que algunos de los que subieron al escenario no tengan pensado optar al puesto.
La idea es que cada uno de los cinco ponentes pronunciara el discurso que quisiera, sin negociaciones previas, ni coordinación de mensajes. Lo único importante era despertar una cierta ilusión, incluso euforia, ante la posibilidad de volver a unir a las izquierdas para revertir el camino trazado hacia la irrelevancia. Todos hicieron un llamamiento a no resignarse, "a sacudirse la tristeza", y a buscar la mayor participación. "Aquí no sobra nadie", dijo Mónica García, "necesitamos cada voz, cada átomo progresista en todos los españoles".
Las más de 600 personas que llenaban la sala, y otras cientos en otra que tuvieron que habilitar, se mostraron entusiasmadas ante los mensajes de unidad. Era un público entregado, pero que mostraba las carencias de la izquierda para poder recuperar el tiempo y el poder perdido. No había jóvenes. Tras las movilizaciones del 15-M, Iglesias y el resto de los fundadores de Podemos consiguieron movilizar a varios millones de jóvenes desencantados e indignados con la política en España. Poco más de diez años después, los votantes de entre 18 y 28 años no eligen las papeletas de la izquierda; ni siquiera las del PSOE. Las encuestas dan vencedor a Vox en ese tramo de edad, con un 38%.
Esa será una de las tareas más importantes de este nuevo movimiento político, y de los socialistas, si aspiran a mantenerse en el poder tras las próximas elecciones generales. Aunque para ello tendrán que analizar los problemas que sufren los jóvenes y lo que piensan respecto a los principales asuntos de interés general.
Todos los estudios sociológicos muestran la derechización de una juventud que no se siente satisfecha por su situación vital. Han tenido más oportunidades para educarse, pero no encuentran trabajos a la altura de su formación, ni la posibilidad de emanciparse por la carestía de la vivienda, tanto en compra como en alquiler. Y esa frustración la pagan con quienes ostentan el poder, que son las izquierdas.
Además, los ideales que surgieron del 15-M ya no están presentes entre los jóvenes. La igualdad, el medio ambiente e incluso el feminismo no están entre los valores más importantes de unas generaciones que buscan más el bienestar individual y la satisfacción de sus deseos de forma inmediata.
Todo ello, movido por una avalancha de redes sociales en las que ni el PSOE ni los partidos a su izquierda han sabido penetrar. Por el contrario, los ultraderechistas de Vox incendian cada día las redes con noticias, verdaderas o falsas, sobre los problemas que viven los jóvenes.
Pasada la sacudida del sábado, las fuerzas de izquierdas han vuelto a su día a día con sus dificultades de siempre. El primer problema, aunque no lo quieran reconocer, es estar en el Gobierno. Sus críticas a determinadas decisiones oficiales carecen de credibilidad desde el momento en que ocupan cinco sillones en el Consejo de Ministros. Y todos sus logros en políticas sociales, que son muchos, son opacados por la propaganda de La Moncloa. Pedro Sánchez quiere ser el protagonista de todo lo bueno que hace el Ejecutivo -la semana pasada se presentó en la firma de la última subida del Salario Mínimo Interprofesional (SMI)- y se escabulle hábilmente cuando hay que dar la cara ante los problemas.
Sin embargo, Sumar no tiene incentivos para salir del Gobierno. Las fuerzas de la izquierda necesitan tiempo para formular un programa electoral convincente, creíble y viable, además de definir la estructura orgánica de la nueva coalición y elegir a quienes la vayan a liderar. A estas alturas, no se puede plantear un nuevo liderazgo sin que se celebren unas elecciones primarias en las que participen los afiliados a todas las fuerzas que se sumen al proyecto. Yolanda Díaz está quemada y el resto de los ministros tampoco presentan credenciales ilusionantes. Buscar un nuevo líder es una tarea difícil, pero necesaria.
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