- NAJMEH BOZORGMEHR
Lo que muchos imaginaban como una liberación indolora se ha transformado en un conflicto devastador que golpea infraestructuras vitales, sembrando el miedo a la desintegración nacional.
El poder destructivo de la guerra de Estados Unidos e Israel, sumado a la capacidad de resistencia de la República Islámica, ha encendido las alarmas incluso entre los que apoyaron la intervención.
Después de que miles de personas fueran asesinadas en una brutal represión contra las protestas antirrégimen en Irán en enero Mandana abandonó toda esperanza de reforma desde dentro. Llegó a la conclusión de que los líderes de la república islámica debían ser derrocados, incluso si eso significaba un cambio de régimen liderado por Estados Unidos e Israel.
Por eso, cuando ambos países atacaron el complejo del líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, el 28 de febrero, matándolo a él y a varios miembros de su familia, Mandana -que, al igual que otros entrevistados ha preferido recurrir a un seudónimo y mantener el anonimato- creyó que el cambio que anhelaba por fin había llegado.
Su experiencia en los aterradores días transcurridos desde entonces le ha hecho cambiar de opinión. Los ataques aéreos no sólo han tenido como objetivo instalaciones militares y altos cargos del régimen, sino que también han golpeado infraestructuras civiles.
Durante el fin de semana, Teherán quedó envuelta en una niebla tóxica negra después de que Israel bombardeara depósitos de combustible en los alrededores de la ciudad. El martes, explosiones masivas provocaron apagones generalizados.
"Se suponía que no nos iban a bombardear", lamenta Mandana con voz temblorosa tras una gran explosión cerca de su apartamento, en el centro de Teherán. "Nuestra ciudad, nuestro país, esto no debía ocurrir. ¿Cómo es posible que Venezuela haya presenciado un cambio de régimen limpio y sin derramamiento de sangre y aquí esté ocurriendo esto?", se pregunta.
La magnitud de la destrucción y la aparente resiliencia del régimen islámico, que designó a Mojtaba, hijo de Jamenei, como nuevo líder supremo en un claro desafío al enemigo, ha llevado a muchos iraníes a preguntarse si la injerencia externa es el mejor camino para terminar con el sistema.
Casi dos semanas después del inicio de la guerra, no existen indicios del tipo de disturbios contra el régimen que estallaron en todo el país en enero, antes de ser sofocados en una brutal represión que dejó miles de muertos. En cambio, muchos, incluso los más críticos con la república islámica, parecen haber cambiado de postura ante la destrucción y las amenazas de Donald Trump de atacar las instalaciones de electricidad si el régimen escalaba la tensión. El presidente estadounidense también afirmó que el mapa de Irán "probablemente" no será el mismo después de la guerra, lo que generó temores de que el conflicto pudiera desmembrar el país.
Un sociólogo en Teherán, crítico del régimen y la guerra, afirmó que existían pruebas de un creciente "sentimiento de nacionalismo que ha surgido a raíz de la guerra", como ocurrió durante el conflicto de 12 días entre Israel y Irán el año pasado.
"El miedo a la destrucción de Irán une cada vez más a la gente, que teme las consecuencias de un conflicto de tan gran escala", declaró el sociólogo, que también quiso mantenerse en el anonimato.
Los objetivos no militares se han convertido en daños colaterales, ya que los ataques aéreos tienen como objetivo comisarías de policía, instalaciones militares y funcionarios que viven en barrios residenciales. Más de 1.000 civiles han muerto y más de 8.000 viviendas han resultado dañadas o destruidas, según cifras oficiales. Las escenas de devastación -desde escuelas, una planta desalinizadora, aviones de pasajeros y monumentos históricos como el Gran Bazar de Teherán y el Palacio de Golestán- han conmocionado a muchos iraníes.
Las comunidades de expatriados han organizado grandes manifestaciones en las capitales occidentales, exigiendo el fin de la república islámica. Reza Pahlavi, hijo exiliado del derrocado Sha, también apoyó la acción militar y prometió regresar para liderar Irán una vez que caiga el régimen.
"Debería venir ahora con sus tres hijas y ver qué se siente al estar bajo la amenaza de las bombas", dijo una mujer que se opone al régimen actual, pero también se opone al regreso a la monarquía. "Quienes apoyaron la guerra deberían asumir su responsabilidad ahora. Pero dudo que lo hagan", añade.
Cuando muchos iraníes dejaron de lado su desilusión con sus líderes para adoptar gestos patrióticos durante la guerra de junio, el régimen lo presentó como una prueba de apoyo público e ignoró los llamamientos a las reformas una vez finalizado el conflicto.
Esta vez, los iraníes, traumatizados por la represión de enero, se han mostrado más reticentes, temiendo que las autoridades vuelvan a malinterpretar las expresiones de patriotismo o sentimiento antibélico.
Al norte de Irán, una mujer cuyo hijo murió en las protestas dejó de vestir de negro el día de la muerte de Jamenei, sintiendo que de algún modo se había hecho justicia.
En Teherán, otra mujer preparó un pastel para sus vecinos para celebrar la muerte del líder supremo. Pero quedó tan conmocionada por la magnitud de los ataques posteriores que acabó huyendo de la ciudad. La República Islámica, por su parte, no está dejando nada al azar.
Cada tarde, las autoridades movilizan a sus fieles en las plazas, valiéndose de la ruidosa minoría que apoya al régimen para proyectar una imagen de fortaleza. Además, recorren las calles en moto con altavoces que difunden cánticos religiosos a todo volumen.
"Estos son nuestros verdaderos partidarios", dijo una fuente del régimen. "Esta es una lealtad verdadera, arraigada en el chiismo, algo que los estadounidenses nunca podrán entender. Incluso si el líder muere, el sistema sobrevivirá porque el chiismo sigue vivo", añade.
La aparente resiliencia del régimen ante el mayor conflicto desde la guerra entre Irán e Irak de la década de 1980 ha llevado a algunos a preguntarse si incluso una guerra prolongada provocaría su desaparición.
Tras la elección de Mojtaba Jamenei como nuevo líder supremo el pasado lunes, sus simpatizantes también salieron a las calles en todo el país.
Pero Jamenei no ha aparecido desde que comenzó la guerra y aún no ha hablado con los iraníes sobre sus planes. Estados Unidos e Israel han amenazado con asesinar a quien asuma el poder. Su elección ha sorprendido a muchos iraníes contrarios al régimen, que temen un líder supremo que pueda mantener la línea dura de su padre, su gran resistencia a las reformas y su hostilidad hacia Occidente.
Su elección ha sorprendido a muchos iraníes contrarios al régimen, que temen un líder supremo que continúe con la línea dura de su padre, su resistencia a las reformas y su hostilidad hacia Occidente.
"Si las cosas siguen así, estaremos en una situación peor que antes de la guerra. Un país destruido; Jamenei reemplazado por otro Jamenei, 30 años más joven", sentenció Mahboubeh.
Mientras tanto, los monárquicos apoyan a Pahlavi y respaldan la intervención estadounidense e israelí a pesar de sus consecuencias. Sin embargo, los analistas creen que el monarca exiliado podría haber perdido el apoyo de los más recientes adeptos a su causa a medida que se impone la brutal realidad de la guerra. La mayoría de los iraníes que consideran imperdonables las matanzas de enero no saben cómo impulsar el cambio. Esto incluye a Sara, una profesora de 40 años que una vez deseó el derrocamiento del régimen, pero ahora reconoce haber cambiado de opinión.
Marjan, ama de casa, no pudo ocultar su emoción cuando se conoció la muerte de Jamenei. "Creía que marcaría el colapso del régimen. Ahora me pregunto, incluso si la República Islámica cae, ¿qué heredaremos: una tierra en ruinas?".
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