Hay presidentes que cuentan votos, otros que cuentan logros e incluso alguno que cuenta guerras. Nosotros tenemos uno que cuenta días. Sánchez iguala hoy a Zapatero en el número de días en el poder y ya es el tercer presidente que más tiempo ha estado en La Moncloa, sólo por detrás de Felipe González y José María Aznar.
Ahora ya no se lleva, pero hubo una vez en que la limitación de mandatos se consideró una virtud política. También en España, donde nunca se reguló por ley. La idea tuvo especial fortuna en los 90, en un principio como reacción a los 13 años de González en el poder, que se vincularon a la multiplicación de la corrupción y a la desconexión del partido gobernante de la sociedad, pero también a otros casos como el de Jordi Pujol, con 23 años al frente de la Generalitat catalana. Más allá, se consideraba que dos mandatos, ocho años, era tiempo suficiente para desarrollar un proyecto político sin derivar en burbujas monclovitas, aislamientos poco aconsejables y narcisismos no diagnosticados.
Aznar ha sido el único presidente que se comprometió a estar solo dos mandatos en La Moncloa y lo cumplió. Los demás siguieron un camino parecido, pero por circunstancias ajenas. Zapatero tomó la decisión de no presentarse a la reelección en medio de la crisis económica y ante el desgaste sufrido. Rajoy se tuvo que comprometer a estar solo ocho años porque le obligó Ciudadanos a cambio de apoyar su investidura, para terminar arrojando la toalla a un vaso de Macallan mientras se consumaba la moción de censura. Y Sánchez... Pues, ¡sorpresa!: proponía «limitar el mandato a dos legislaturas para la Presidencia del Gobierno» (ver tuit unos párrafos más abajo) y llevó la idea en su programa electoral, para olvidarse de ella en el mismo momento de poner un pie en Moncloa. Ahora ve el colmo del éxito político estar toda la vida en el poder.
Quienes conocen lo que se dice intramuros de la Presidencia del Gobierno cuentan que permanecer allí es la gran obsesión de Sánchez. Que no es ninguna caricatura. Esta idea concuerda con lo que un ministro me contó un día del verano de 2023, tras las elecciones generales. Estaba eufórico pese a que el PSOE había perdido y daba ya por descontado el pacto con Puigdemont. En un momento dado, empezó a echar cuentas: si llegamos a 2027, decía, habrán sido nueve años de Pedro Sánchez. El segundo presidente más longevo de la democracia.
Este diálogo me recordó a aquella anécdota que contaba Anson sobre Adolfo Suárez, cuando este era presidente del Gobierno y él dirigía la Agencia Efe. En torno al debate constitucional en 1978 sobre la limitación de mandatos, aseguraba Anson que Suárez le había llamado «agitado por una cólera poco frecuente en él» y le había dicho que «pensaba ganar todas las elecciones y ser presidente hasta 2010».
No sabemos si Sánchez quiere estar en La Moncloa esos 32 años que planeaba Suárez, pero sí que cuenta los días. En ese ranking que se ha montado en su horno de resistencia aparece ya en tercer lugar. Lidera Felipe, con 4.904 días en el poder, seguido de Aznar (2.905). Sánchez iguala hoy a Zapatero, los dos con 2.805 días, y después vienen Suárez (1.730) y Calvo-Sotelo (645). El 15 de mayo igualará a Aznar. He ahí una fecha fetiche para el sanchismo, un posible horizonte. Otro, más lejano, es González. Le alcanzaría en 2031.
Promesa de Sánchez de limitación de mandatos, allá por 2014.XLos 2.805 días de Zapatero y Sánchez son en conjunto más de 15 años en el poder y han configurado en gran medida lo que es España en este siglo XXI. El primero cogió un país en el mejor momento de su historia reciente y lo dejó en una catastrófica crisis económica, social y política de la que aún no hemos terminado de salir. Ahora hemos empezado a conocer sus negocios una vez que dejó el poder y el asunto pinta mal. El legado de Sánchez está aún por comprenderse en toda su dimensión.
Nadie logró nunca tanto cosechando minorías y perdiendo elecciones. Es muy recurrente en el discurso de Sánchez decir que la oposición no le reconoce como un presidente legítimo. Es mentira, pero se intuye en él una búsqueda permanente de legitimidad que le sirve de gasolina para seguir.
Otra cosa es que lo consiga. Esta semana será con toda probabilidad la del hundimiento del PSOE en Aragón, dos de dos después de Extremadura. El clima de descomposición es palpable y el aroma a final se cuela hasta en la última Casa del Pueblo. Pero el objetivo sigue siendo batir récords y esperar un milagro que cambie las encuestas. Iniciativas y artimañas no faltarán y al teatrillo de las pensiones de los últimos días me remito. Pero querer ser eterno tiene el efecto indeseado de que el público se conoce todos los trucos antes de que salgas al escenario. Sánchez sigue contando días, pero con los votos hace tiempo que no le sale la cuenta.