- IÑAKI GARAY
Había un tipo en el instituto a finales de los setenta al que llamábamos el chino.
No es porque tuviera los ojos rasgados sino porque se declaraba mahoista y llevaba siempre encima un macuto de color verde caqui en el que parecía guardar las escrituras de una comuna. El chaval era intenso y enarbolaba la bandera de la República Popular con el orgullo de quien cree estar en posesión de la verdad.
Luego se enteró de que casi dos décadas antes aquel tipo regordete al que idolatraba por esnobismo había provocado una hambruna que había matado a decenas de millones de personas y tuvo una crisis existencial.
Quizá el chino aprendió en aquel momento a no fiarse de la propaganda y ahora, ya entrado en los sesenta, sea un tipo comprometido, pero informado. Tal vez sepa que China practica desde el dogma comunista el capitalismo en su acepción más brutal. Esa en la que la economía de mercado es una fe inconfesable y los derechos de los individuos un lujo prescindible.
El sector privado es allí cada vez más potente y los beneficios no son un problema, hasta el punto de que ya es el país con más millonarios por detrás de Estados Unidos. Para que esto sea posible ha ayudado mucho que no existan los sindicatos. O mejor dicho, que existan unos sindicatos paternalistas que se podrían comparar perfectamente con las organizaciones verticales que existían en otros momentos de la historia en España. Si esto no es consolidación del Estado de Derecho, como dice Yolanda Díaz, que venga Dios y lo vea. Entiéndase la ironía.
Es cierto que casi cualquier bandera que la izquierda patrimonializa en occidente está replicada en China, pero en versión cartón-piedra. Así, se puede encontrar un movimiento feminista embridado y supeditado a los intereses del Estado, en el que ninguna mujer puede decir nada que se salga del guión sin ser reprimida. Algo similar ocurre con el ecologismo.
A los dirigentes chinos la alarma del cambio climático les resulta impostada. Seguramente están preocupados por la contaminación de Beijing , pero no atienden a profecías sobre el alzamiento de los mares y la multiplicación de las catástrofes naturales, que consideran tediosas. Eso les ha animado a quemar carbón como si no hubiera un mañana. De las 8.000 millones de toneladas de carbón que se queman en el mundo cada año, 5.000 millones arden en China, mil millones más que hace solo cinco años. Estos datos son los que impulsan al secretario del Tesoro norteamericano, Scott Bessent, a afirmar que "el vehículo eléctrico chino -ese que está invadiendo Europa y hundiendo al sector automovilístico local- es, en realidad, un vehículo impulsado por carbón".
Para que se hagan una idea, en 1995, cuando se aprobó el protocolo de Kioto, China emitía a la atmósfera la misma cantidad de gases de efecto invernadero que Estados Unidos y Europa. Hoy, treinta años después, China emite la suma de Estados Unidos, Europa e India. Si a estas alturas del artículo Sánchez cree todavía que estar al lado de China es estar en el lado correcto de la historia, le interesará saber que en ese país hay 58 reactores nucleares en funcionamiento y otros 28 en construcción, que le van a permitir ahorrar emisiones y depender menos del petróleo. No todo va a ser malo.
La desobediencia civil organizada que es el santo y seña de las organizaciones de izquierda en Occidente allí es una quimera. En China no hay okupas y cualquier planteamiento woke está directamente cancelado y reprimido desde el Estado. La homosexualidad es legal, pero no se reconoce el matrimonio entre personas del mismo sexo.
El movimiento LGTBI no tiene ningún tipo de protección. La idea que prevalece con estos temas es tremendamente pragmática. No se desaprueban, pero de ningún modo se promueven. Te dejamos ser, pero no se te ocurra molestar. Por inconsistencias de la vida, la sociedad china, bastante conservadora y sometida a una dictadura y a unas prácticas similares a las que ejercía el franquismo, es considerada por Sánchez y por buena parte de la izquierda una referencia. Eso que ahora él se ha atrevido a definir como el lado correcto de la historia.
La mayor parte de los líderes que tiene la izquierda en el resto del mundo serían portavoces forzosos del régimen o no serían. Y Gabriel Rufián estaría encarcelado o algo peor, a la vista de la brutalidad con la que se reprime a los movimientos separatistas en el Tíbet o Xianjiang , con penas para sus responsables que van desde largas condenas, hasta cadena perpetua o incluso la muerte. Como Xi Jinping no los necesita para gobernar no se contemplan indultos ni amnistías. Los socios de Sánchez tendrían un escaso recorrido en China.
Economía y guerra
Tener abiertos los cauces diplomáticos con cualquier país en el mundo y colaborar económicamente puede ser aconsejable, pero de ahí a decir que China está en el lado correcto de la historia hay una gran distancia. Entre otras cosas porque China no es ningún amigo invisible para España.
La balanza comercial de España con Estados Unidos es deficitaria, pero nuestra tasa de cobertura está en torno al 53%. Es decir, exportamos a Estados Unidos el equivalente al 53% de lo que importamos. Con China tenemos bastante peor suerte. Les vendemos del orden de ocho mil millones de euros, pero importamos productos de aquel país por valor de más de 50.000 millones. Y no parece que eso vaya a cambiar de forma radical. De hecho nos compran carne de cerdo, pero porque han tenido una peste porcina que ha diezmado su cabaña. Si Trump, con sus aranceles a toda máquina, comercialmente es un halcón, China es un dragón.
Esa potencia es la misma que está detrás de un patógeno tan sospechoso como el Covid, la que desarrolla capacidad militar en el mar de China Meridional para extorsionar a Filipinas, la que extiende su sombra sobre Taiwán, esperando el momento, y la que mantiene vivo al régimen de los ayatolás y a cualquier otro que le sirva para horadar el modelo de democracia liberal.
Todo esto es lo que lleva a la conclusión de que el ataque a Irán es solo una pequeña parte de la guerra que Estados Unidos está librando ya con China por la hegemonía mundial. Y que forma parte de otros episodios que van desde la carrera espacial, hasta el interés por Groenlandia, pasando por la incursión para derribar a Maduro en Venezuela. El síndrome de China es lo que, en esta nueva versión de la guerra fría no declarada, condiciona toda la actuación de Trump desde que volvió al poder como el elefante que entra en la cacharrería.
En estas condiciones no tiene ninguna explicación que un líder occidental viaje a China como ha hecho Sánchez para blanquear a ese peculiar régimen diciendo que está en el lado bueno de la historia. A no ser que crea que nunca hay que cerrarse puertas. Eso le interesará a él, pero no a España. Cuando James Carville, el asesor de Clinton, dijo su célebre frase "es la economía, estúpido", quiso sintetizar en pocas palabras el interés de la gente. Es posible que ahora lo correcto sea gritar "es China, estúpido", por si aquel chico desinformado del instituto aún no se ha enterado.
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